lunes, 19 de diciembre de 2016

Volar

Desde el monte de San Cristóbal
Cuando se me cerró la puerta para siempre sentí una tristeza devastadora, una tristeza demasiado profunda para definirla: oscura, densa, insanamente cálida. Una tristeza única, desgarradora, irrepetible, pero también me pasó otra cosa. Me senté en la biblioteca como pude a terminar el libro de Frankl, en los auriculares sonaba en Radio 3 algo que habíamos compartido y entonces ocurrió algo curioso mientras miraba, sin aliento, el cielo del atardecer. De repente dejé de tener miedo a volar. El acojono que me daba imaginarme a los mandos de un trasto que despegara había desaparecido. Desde siempre he sentido fascinación por los aviones y por fin he decidido que ya va siendo hora de intentarlo. Aunque me cueste uno o dos años voy a aprender a volar. Primero intentaré sacarme la licencia de ultraligeros y después, tras despegar y si tengo ganas, el título de piloto privado. 

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