miércoles, 14 de diciembre de 2016

Tardes

Tarde de lectura y café y estrellas en la mesa

Volvamos a jugar. ¿Qué hay tras esta imagen apacible? Volvamos a descubrir los reversos. ¿Puede esta imagen ocultar una ausencia absoluta de sosiego? Claro.

Para llegar al café cogimos el coche y volvimos a trazar las curvas como si fueran estocadas de esgrima. La música retumbaba y con las luces largas apartábamos a los que usaban el carril izquierdo solo para adelantar. Fuera. Largo. Aparta. Vete de aquí. Volvamos a la adrenalina, dije, y a punto estuve de frenar el coche en seco en el primer estanco que vi antes de salir de la ciudad. No lo hice, seguí con el pie a fondo, de semáforo en semáforo. Ya no hace falta fumar, basta con estarse callado y muy serio, apretando las mandibulas.

No recordaba el placer de sentir cómo más allá de las 4500 vueltas la inyección se frena para que no revientes el motor. Solo ahí subía de marcha. Dos, tres... freno y vuelta a empezar. Llevaba las gafas de sol metálicas pero entornaba los ojos porque el puto horizonte se nos viene demasiado deprisa en estas circunstancias. Es curioso cómo solo en una situación tan extrema como en esta furia consigue concentrarse y olvidar el mundo que hay detrás, delante y a los lados, para sentirlo de forma global, esférico, girando en su cabeza. Más. Quiero más y sigo.

La carretera está llena de niebla pero se la sabe de memoria. Volvamos a conducir con los ojos cerrados, sintiendo el coche en la piel de las manos. Los dedos recorren el volante suave pero firme. Creo que aprendí a acariciar conduciendo, piensa. Hay más información en una ligera vibración que en todo el cuadro de mandos. Y a ese estudio se entregó desde entonces. Entra en la curva, ahora, gira, no hace falta que fuerces el coche para llevar el agarre al limite, tienes espacio. Deja que la fuerza centrífuga te saque un poco, no huyas. Controlas la trayectoria porque la calculas. La velocidad es muy alta pero no es problema. Es solo una variable más que vuelves a introducir después de mucho tiempo. No vas al limite. El límite es cuando el espacio corre y la velocidad se ensancha, dejándote sin opción a nada racional.

Traza siempre por el mejor punto, sigue trazando y moviendo el coche para que jamás se salga de esa línea. Quizás por eso la ansiedad siempre se me ha pasado al volante, porque es todo física. Las letras desaparecen y con las letras todos esos pensamientos recurrentes y claustrofóbicos. A más de 180km/h la realidad es pura matemática: operaciones, vectores, fuerzas, fórmulas, números, resultados. La realidad más allá de esa unidad de desplazamiento es donde se calma, se sosiega. La velocidad es tranquilizadora y pacífica. La adrenalina solo está en la aceleración y en la frenada. Piensa en un avión, en la potencia del despegue y la violencia del aterrizaje y la calma  cuando vas surcando nubes a máximo rendimiento. Luego el café y la lectura, y la foto, para revolverte por dentro, agitarte, desquiciarte, muy quieto, en tu silla de una cafetería, sin quitarte ni abrigo ni bufanda, en el centro de una ciudad. Siempre es más peligroso esa quietud de cafés solitarios y esas lecturas de posguerra pero a nadie parece importarle. Nadie te dice que te vas a matar cuando te ve leyendo, aunque estés podrido, como un geranio al que ya se lo han comido por dentro las orugas.

1 comentario:

  1. Y esto es... Matrix? Vives dentro de su cabeza? (de una amiga ;)
    De El Escorial a Alcalá de Henares, pasando por Toledo, para conseguir la calma. Ni pastillas rojas ni azules, sólo la sensación de libertad al volante.
    El nudo de vuelta al bajar a tomar un café. Te ahogas.
    Arrancar de nuevo para desatar el nudo. Inundarlo hasta deshacerlo, mientras conduces. Y no, no te altera los sentidos para conducir.

    ...

    No, no sé explicarlo como tú; por eso me gusta leerte :)

    Todo pasa. Se lo dirás a tu amigo de mi parte?

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