martes, 9 de diciembre de 2014

Un final feliz

Hagamos una cosa, tú explícame todas las canciones y yo intentaré descifrarte paisajes y piedras. Es fácil, nos cogemos un coche, metemos lo imprescindible en el maletero, lo llenamos todo de discos y de mapas con los que perdernos y salimos. Por la mañana, con la primera luz, recorriendo carreteras solitarias, cruzando pueblos como quien cruza la tostada del desayuno con la cuchara llena de mermelada. Es fácil. Sólo hace falta lo que nos sobra: ganas de hacerlo. El viaje es sencillo, ir avanzando sin prisa. Detener el coche frente a los edificios para cruzarlos con los dedos leyendo el relieve, arrastrándolos por la piedra, como la cuchara en la tostada, como se cruzan los pueblos al atardecer. El viaje como recorrer con las yemas tu espalda, cruzándola en diagonal o con mil curvas para que termine lo más tarde posible. 

Yo te cuento lo que sé y tú me enseñas todas las canciones que no había escuchado nunca pero que sabías que me gustaban. Siempre sabes las cosas que yo aún no sé que me gustan. Mientras, fuera va moviéndose el mundo, subimos lomas y se ve un campo dorado aún sin cosechar. Oscila. A la derecha un castillo en lo alto de un monte y tú me preguntas qué se ve desde allí, y yo sé que lo que se ve es lo que ya has visto mil veces: el futuro. Más allá se ve un mar de vides que te enseño, con la mano haciéndote visera en la frente para que puedas recorrerlo todo. Allí a lo lejos hay una muralla y lo que parece un monasterio. Vamos, me dices, y cerramos las puertas del coche, aceleramos y detrás se queda una pequeña nube de polvo que en nada volverá al suelo. Nos olvidamos de lo que queríamos ver y charlamos sobre libros y párrafos. Hablamos sobre comas y símbolos de exclamación. Yo conduzco, tú ríes. Delante un desvío que decidimos no tomar. El GPS se reposiciona y continuamos por donde nos parece. Hablamos sobre escribir un libro, una guía de viajes sobre las carreteras que nadie tendría que conocer, para que no se estropearan nunca. Y claro, no lo escribiremos jamás. La carretera es nuestra. El libro también. Y el tiempo. 

Atravesamos la tarde como quien corta la porción exacta de un bizcocho que vamos a merendar. Que no caiga ni una miga para que nadie nos encuentre y nos estropee las vistas.

Allí hubo una batalla, te señalo con el dedo, justo al lado de aquel río que baja como yo bajaría con mis labios por tu cuello. Fue el comienzo de una era y el final de un imperio. Me dices que se parece a una canción que me pondrás en el coche, cuando volvamos a cruzar provincias sin destino. Y seguimos mirando. Hasta que el sol va descendiendo y nos volvemos al coche y tú pones la canción y yo pongo mi mano en tu muslo, con el horizonte rojo y buscamos un hotel donde pasar la noche, de camino hacia ninguna parte.

Hace tiempo que ya hemos llegado al destino, justo en el momento de salir de viaje.

Roy Lichtenstein - Sunrise

2 comentarios:

  1. Me ha encantado, al punto de tener que leerla dos veces seguidas.
    Genial, de verdad.
    :)

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