domingo, 17 de agosto de 2014

Recordar los veranos

Abre el folio, como si eso fuera posible, fuera de un ordenador. Despliega el folio, escribe o siente o vive, o desparrámate por él. Es verano y se llena de vida el papel con decirlo. Escribes verano y aquello pasa de blanco a translúcido de crema solar, sudor, risas y cerveza derramada. El verano hace con tus sensaciones y tus recuerdos lo que quiere. Recuerdo, o algo así, llegar a Benidorm a las siete de la mañana en un autobús que cruzó España de noche y encontrarme allí con mis amigos que volvían de alguna discoteca a darme la bienvenida, gritando a conciencia, moviéndose deprisa, alguno sobre un carro de un supermercado. Toda borrachera que se precie tiene que llevar a alguien en un carro de la compra. Me llevaron a casa, se durmieron y me fui a ver un poco todo aquello. Añoraba, más que estar durmiendo, la resaca con la que se iban a levantar. Cuando eres joven echas de menos cosas rarísimas. 

Compré el periódico, a saber cuál, y me senté en una terraza a beber cerveza como si no hubiera nacido para otra cosa. Nacer para beber cerveza, y me la bebí, una detrás de otra mientras leía un periódico mirando al mar. Yo era un novato y mis amigos que, a esas horas, poco más de las once de la mañana, dormían la mona, eran unos profesionales con tres días de experiencia. Necesitaba ponerme a la altura de sus resacas y seguí leyendo y comiendo los cacahuetes que me ponía el camarero con cada cerveza. Hasta que, pasadas las doce y media me cocí como un estudiante inexperto. Paseé, feliz, solo. Paseé como se pasea en verano. Atento a la chicharra y deslumbrado por los mil reflejos del sol en el mar. Un señor, que reconoció el periódico, ahora sé que era el del pueblo, me dijo que era de Olite y que llevaba allí disfrutando de la vida desde que se había jubilado hacía como 15 años. Hoy estará muerto, como lo estaremos todos al final del relato, pero entonces también estaba feliz, y moreno. Muchísimo. Hay que ver cómo de morenos se ponen algunos abuelos. Me dijo que disfrutara de todo, como si no lo hiciera, pensé, y que no me preocupara de las cosas que no merecen preocupación, como si tampoco cumpliera con ese precepto. El abuelo se fue a bañarse y yo continué mi soleado periplo medio extasiado, con 18 años recién cumplidos. Comí en un Burger King y compré un montón de latas de cerveza de medio litro antes de volver al apartamento.

Acabo de recordar que entonces fumaba y que, cada vez que quería recordar un lugar, encendía un cigarro feliz, reteniendo cada aspecto que me rodeaba como si me ayudara a ello la nicotina. Temperatura, horizonte, dimensión de la sonrisa, tenía un extraño síndrome de Diógenes con situaciones placenteras. Hoy las he olvidado casi todas, pero de aquel abuelo me acuerdo como si lo tuviera en cinta de vídeo. Los recuerdos van a su aire. 

Siempre es sábado en los recuerdos y en aquellos en los que quizás lo fuera, más. Aquel sábado me senté en la mesa del balcón y contemplé el mar, y abrí latas como quien abre todos los compartimentos del mundo para que entre la vida. Saqué un libro de la maleta y leí de nuevo. Ventile, te dices, ventile hacia adentro y llénese de agradables recuerdos que sospecho que
necesitaré cuando vengan mal dadas. Para cuando fueron despertando mis amigos yo ya sólo intuía, mirando el azul del cielo y del mar, que aquello un día serviría para salvarme la vida, o la página en blanco de un artículo, otro verano de otro siglo. Al final todos conseguimos bajar a la piscina de resaca y nos bañamos y nos reímos y después fuimos a cenar y después empezamos de nuevo, para terminar todos juntos, ya sin nadie al que recoger por la mañana, descojonándonos. Siempre he sabido reconocer los extraños momentos de felicidad.

Al fondo hoy hay una canción irlandesa que suena como si nevara. La vida… esa cosa. Dentro de 20 años tendré 57, si los tengo. A ver cuánta vida a la vida soy capaz de acumular para hacer soportable la vida cuando no pueda ser vivida.

René Magritte - La condición humana