sábado, 12 de octubre de 2013

Periódico puro

Un trueno, un silencio y un relámpago y un silencio más profundo y un estruendo en mitad del salón. Mirar fuera, por la ventana desde donde has estado cenando y charlando y tomando una copa y otra más y saber que tienes que volver a casa andando bajo esa amenaza, es una sensación poco confortable. La calle es un lugar incómodo, ondulado y en espiral, por el que caminar no es sencillo. A veces te cambian hasta las aceras que pensabas que conocías y te pierdes en tus propios espacios. Las ciudades cambian tan rápido que no puedes ni vivir tranquilo durante la cena. "Ya nos veremos" dices, pero piensas que quizás sea la última vez. Sales a la intemperie como quien se acerca al abismo donde abajo está el mar desquiciado que pega contra las rocas. Antes había mapas pero el presente es más torpe, a estas horas, sólo guardamos en los bolsillos teléfonos apagados, sin batería. Llamarías a un taxi, pero han quitado todas las cabinas. La noche es un ir improvisando derrotas y cruzas en diagonal por un paso de cebra medio borrado, dejando atrás la seguridad de las carcajadas con los amigos.

Pero no todo es tan inestable. Cuando tomabas el postre, las rotativas comenzaron su lucha contra la desorientación, poniéndolo todo a girar en una órbita conocida. Se convertirán en referencias del caminante como una hoja con las soluciones de la sección de pasatiempos.

Salen los periódicos calientes empaquetados y se distribuyen, o eso dicen. Quizás sea un sueño, y no lo siembren todo antes de que nos echemos a la calle. Quizás las pilas de diarios en las puertas de los kioskos, las panaderías, los comercios de latas de conservas, las librerías que aún venden prensa, no hayan llegado hasta allí sino que brotaron, en lo que dura el trayecto de la madrugada quieta y el quieto amanecer. El despertar y el último trayecto del trasnochador huelen a tinta impresa.

Sin los periódicos, los días no empezarían ni terminarían. Sin los periódicos, las calles se quedarían sin poner, y las seis de las mañana serían siempre las seis de una mañana cerrada para siempre, perdida entre dos luces que no dicen nada porque nada existiría.

Volver a casa un domingo cuando sólo tienes ganas de dormir nunca hubiera sido posible sin las referencias de los fardos a cinco columnas, en cada puerta, bajo aquel porche, en aquella acera como un camino de migas de pan. Te van acompañando de la mano hasta llegar a casa, recoger el periódico del felpudo y dejarlo sobre la mesa de la cocina. Ya estamos de nuevo los dos a salvo, ya podemos soltar el aire retenido, de nuevo en el hogar. Lo abres, buscas la cartelera cinematográfica para ponerle nombre a la noche y te acuestas feliz. Ya han publicado el título de tu periplo.




 Leonora Carrington - El laberinto

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