domingo, 20 de mayo de 2012

Un cine de domingo

El sopor del domingo y la supresión de todo camino de ida. El sopor de una tarde y la supresión del suelo, poniendo los pies sobre la silla o tumbado en el sofá, con la televisión apagada. Escucho música con los cascos puestos y pienso que si por mi fuera, la escritura pasaría del estado gaseoso al sólido sin tocar el líquido. El líquido se bebe. Punto. Pensar y que se quede escrito en una hoja de Word sin tocar una tecla más. Tengo las teclas desgastadas, y la barra espaciadora pulida sólo por el lado derecho, de tanto darle unicamente con esa mano

Domingo de mayo. Sólo escribo de los domingos. Si tuviera archivos los repasaría para ver cuántos domingos tengo rellenos de letras, pero como sólo tengo memoria ni lo intento. El domingo sin fútbol (ayer se terminó hasta la Copa de Europa) es una misa sin pan y vino. Con el sopor y la pereza, no sé por qué, me da por recordar el cine que había bajo la casa donde viví mi infancia, y que está cerrado desde hace 15 años. Aún tiene el cartel de la película de "El paciente inglés" en la cartelera. Está todo quieto en ese sitio, pero todos los días inexplicablemente suben y bajan la verja metálica como cuando estaba abierto. Nadie sabe nada. Todo son rumores sobre quién es el dueño, qué quiere hacer con él o cuántas veces se lo han intentado comprar para poner tal o cual negocio. Al final todo se queda como estaba, en silencio, y con la verja subida por los días y bajada por las noches. A veces pienso que dentro se quedaron espectadores y que todas las noches ven las películas que el tiempo dejó atrapadas.

El primer recuerdo que tengo de ese cine es el precio de una entrada: 175 pesetas. Bajaba muchos domingos con mis primos. Ir al cine en la niñez era lo que luego fue salir de copas salvajes en la juventud hasta las tantas, pero sin resaca.

En ese cine todo es domingo siempre, incluso a cualquier hora del sábado, o del viernes, o de la tarde de los miércoles. Todo es domingo y quieto y con olor a cerrado sobre la moqueta, sobre el tapizado azul de las butacas, sobre el ambiente. El proyector tendría que sacar el cuchillo para atravesarlo y hacer que se viera algo de nuevo, estampando la luz contra la tela de una pantalla que a estas altura del domingo no sé ni de qué color será. Amarilla, supongo, porque el tiempo siempre pasa de color amarillo. Y el polvo, siempre hay polvo que nadie sabe de dónde viene. El polvo es la nieve del tiempo, o simplemente su naufragio. No sé. Cuaja sin necesidad de frío, sólo necesita silencio. 

Las palomitas que vendían en máquinas estaban en una bolsa de plástico alargada con las letras en rojo, como rojos son siempre son los regalices que aún hoy comemos cuando vamos a ver una película de intelectuales, porque no meten ruido ni masticándolos con violencia. Los domingos en los calendarios también están en rojo. 

 Fotograma de "Viaje a la luna" (Georges Méliès,1902)

domingo, 13 de mayo de 2012

Lutecia

Al final me compré el libro "Vuelo Nocturno" de Antoine de Saint-Exupéry en la estación de Montparnasse. Hacía calor, había palomas dentro del vestíbulo y una FNAC pequeña con no muchos libros. París bien vale una... lo que quiera. París vale lo que le salga de las narices. Es uno de esos sitios que marca el precio que le da la gana. Sólo te queda pagar el peaje. La ciudad termina por sepultarte y todos los pulsos que haces con ella, por ver dónde ir o dónde comer o hasta dónde llegar, los pierdes. Ciudades como ésta te dejan de rodillas, hacen contigo lo que quieren, te llevan a donde les de la gana y te dejan ver lo que no les importa enseñarte. Las ciudades como París son un puto andén torcido, como el de la foto, que te devora sin dientes, succionado por un espeso aire que juega contigo como si fueras una entrada de museo tirada al suelo. 

Ha sido un viaje de mañanas muy tempranas, con la luz de primavera en las aceras y viendo cómo se van despertando las calles. Europa nos tiene engañados, no es verdad que amanezcan tan pronto. Siete y media de la mañana, y el vagón del metro está completamente vacío. Aquí no se entra a trabajar tan temprano como nos cuentan. A veces pienso que o nos infravaloramos o hay otros que se dan unos aires que nada tienen que ver con la realidad. Madrid a estas horas ya lleva un par de cafés en el cuerpo y varias generaciones de cadáveres de Dámaso Alonso transportadas de nicho en nicho.

El aire es húmedo, llueve y va a llover más, a trompicones seguro, nada insufrible. Todo es tibio, y cuando paso por delante del Museo Rodin, ya hay una cola bastante larga. Es miércoles, nueve de la mañana, y frente a la entrada del Museo del Ejército que hay en Los Inválidos, un militar con cara de crío pone expresión de intrépido, defendiendo el acceso de turistas grasientos con chanclas que no saben diferenciar una bayoneta de un mortero. El turismo tendría que estar prohibido. ¿Qué mira un turista? Nada. Un turista sólo quiere decir que ha estado en los sitios en los que, realmente, no ha estado, porque no los ve. El turista lo jode todo. ¿Por qué no hacen réplicas de ciudades en mitad del desierto para meterlos allí y que dejen de dar el coñazo por las calles? En el Museo de Orsay la masa te empujaba para sacar un foto sin flash, movida, a un cuadro para irse a molestar al siguiente sin abrir los ojos, chocándose contra todo.

Paso al lado del ayuntamiento, giro por la calle Rivoli y camino hacia la plaza de la Bastilla. He cruzado frente a Notre Dame horrorizado por la fealdad de los que hacen turno para entrar. Quasimodo resucitado en cada uno. Aprieto el paso para salir de ahí. Las gárgolas han bajado al suelo. Es espantoso. Huyo. Me paran varios franceses para preguntarme por direcciones del barrio. Lo siento, no soy de aquí, contesto en el mejor francés que puedo. Ahora sí que soy capaz de continuar. Podría pasar por uno de ellos. He pasado la prueba. No soy uno de esos cabestros con chancletas. Es mayo, es París, es miércoles y no hacen más de 22 ºC y chispea. ¿Cómo puede haber gente en chancletas y bermudas? Para guillotinarlos en la plaza de la Concordia y exponer sus cabezas en los aeropuertos. Llevo una guía pequeña escondida en el bolsillo del abrigo que miro con disimulo cuando necesito encontrar un cruce de calles o una dirección de metro. Es mi única concesión a la grotesca causa de los guiris.

He quedado para cenar en un restaurante del Quartier Latin. Me encanta viajar para vivir las ciudades.

jueves, 3 de mayo de 2012

El skrik de Munch

Si fuera una palabra sería anodino. Anodino día, los que son fiesta en mitad de la semana, que no llega a la categoría de resacoso. Como mucho se queda en espeso: una masa fina de croquetas. Sale el sol en esta tarde amortiguada por unos sentidos sobre utilizados ayer. Poco más. Si pudiera, leería pero no estoy. No me encuentro. No tengo brazos ni ojos. No tengo orejas con las que sujetar las gafas. No tengo libros nuevos. Tengo una biblioteca y no sé por dónde empezar.

Lo anodino es lo que el cielo refleja de los charcos, lo que las suelas de los zapatos arrastran por los pasos de cebra, por las escaleras que bajan a los aparcamientos, el humo que sale del tubo de escape de un coche aparcado en doble fila. Mientras se va desenganchando la tarde -se hace tarde para la tarde- el frío llega a los dedos y a los pies. No termina de entrar el calor por ningún lado, sólo nos entra el frío. Frío y algo más de luz, poco más. Tedio... Tedio nos entra por los lagrimales.

Tedio es otra palabra que te agarra por las solapas contra la pared, dejándote oscilando, con los pies sin tocar suelo, como un cuadro de tema anodino. Tedio, ya sólo escucharla asusta. Se expande y se te viene encima, como una masa viscosa que va a dejarte pringado y pegajoso contra el suelo. El tedio no te da nada, salvo sueño. Te lo quita todo en cada paso que intentas dar, arrancándote calzado, calcetines y dejándote descalzo pocos metros después de salir del portal. El tedio te mata de aburrimiento. El tedio son las calles de las que no te dejaban salir en la infancia. Hoy se ha vendido El grito -Skrik, en noruego- de Edvard Munch (uno de los cuatro que tiene pintados. De haberlo sabido seguro que hubiera pintado cien) por 91 millones de euros. Ese cuadro no es ni anodino ni tedioso. Ese grito se desplaza por el aire con sus ondas de frecuencia pintadas de negro y azul y naranja bien visibles. Ese grito huele, sabe a sal de mar, crea mareas y olas. Ese grito te rompe los cristales de las gafas y te raja las lentillas en los ojos, para impedirte parpadear, como a casi todos de sus personajes. En Oslo la gente tiene que estar muy sola. Habrá que ir por allí algún día para hacerse una idea y escribirlo. A veces me alegro mucho de vivir en un país mediterráneo, aunque en realidad estemos tocando el Cantábrico a diario. Quizás el Cantábrico y el Mediterráneo sean en verdad el mismo mar visto a diferentes horas del día o de la noche, con una cantidad de alcohol en la marea variable. El mar del Norte es otra cosa: tiene humo de hielo congelándose.Y aunque te parezca blanco color bruma de niebla es vapor de putrefactos, caldera a presión de muchas atmósferas, negra como negro es el calor de su superficie.

 Edvard Munch - El grito