lunes, 19 de marzo de 2012

U2: Zooropa

"Zooropa" es una premonición. La palabra parece una mezcla ente Europa y un zoo. Zoo, que seguramente tenga el origen en la canción del anterior disco "Achtung Baby", Zoo station, dedicada a la berlinesa estación Zoologischer Garten, en la que (tampoco parece dejado al azar) para la línea de metro U2. Europa hoy es un zoológico que tiene su capital en Berlín y a la que se llega con el metro U2. 

"Lemon", canción, U2, grupo, se cuela de noche en una mesa de salón a oscuras con un mantel de diseño finlandés. Lemon, de ácido amarillo que traspasa la tela de la camisa que aún no me he quitado. Ya son las tres de la mañana. Está todo templado y el vaso vacío. El sueño dormido por la cafeína de un par de Coca-colas a desmano. Lo siento. Es tarde si tienes que hacer pronto algo. Es pronto para la tarde. Es pronto para casi todo lo que puedes escribir pasado mañana. Es un incordio el cosquilleo de los recuerdos. Es una putada tener una educación sentimental impartida por perdedores. Los perdedores son fascinantes triunfadores a la larga, cuando ya no existen. Los ganadores me caen mal.



Quizás sean demasiados “samples” con distorsiones de radios mal sintonizadas, Zooropa, el disco entero, no sólo la canción. El futuro seguía imaginándose en analógico. Lo digital no admite puntos medios. O cero o unos o nada. Si no se escucha perfecto no se escucha. Antes era todo más poético. Los ruidos del soporte subrayaban la melodía. Hace tiempo que no escuchaba este disco. Hace tiempo que ya no se ve la nieve en la tele cuando desconectas el cable de la antena.

"Stay (Faraway, so close!)", canción: London, Belfast and Berlin... Tengo que ir a Belfast. Hace mucho que quiero ir a Belfast para ver los barrios y las esquinas en las que se apostaban los paracaidistas ingleses apuntando a las calles con armas de asalto, los murales pintados en las casas, las pedradas y las balas. Esa ciudad que tiene pinta de ser fea como un dolor (lo desconozco) es uno de los sitios donde la historia del siglo XX, en su último cuarto, se entretuvo más de la cuenta. Cuneta de la historia. ¿Trasera? ¿Trastienda? ¿Rebotica? Hoy ya solar de la historia, con las farolas apedreadas. Ya no rueda nadie en ese plató. Se pasó de moda, como la Almería de los indios y los vaqueros. Se dejaron de hacer películas, como en tantos sitios.

"The first time"... ¿violines de fondo o sólo es un espejismo? Otra canción, claro. Mismo disco. Piano enérgico, como lo tocan los que lo han aprendido de oído. Parece la segunda parte de otra: "All I want is you", del Rattle and Hum. Ésa sí que tiene violines. Muchos. Está bien creerse dentro de una cofradía en la que todos los miembros, a los que por otra parte no conoces, han descifrado ese mismo secreto quizás completamente falso.

"Dirty day", título penúltimo de Zooropa. Ese jodido órgano que suena es el principio del fin. Música ambiental para consultas de dentistas horteras que terminaría con el rimbombantemente vacío "No line on the horizon". U2 tiene hoy la reputación destruida. A conciencia. En Youtube hay mil rumores nuevos pero en ninguno vuelven a bajar desnudos al barro de la tierra. No remontarán porque no quieren caer ahí.

Internet ha matado, supongo que para bien, la dictadura del corpus de discos canónicos. Tenemos acceso a muchísimo material grabado que antes sólo estaba al alcance de lo que se llamaba “coleccionistas”. Los coleccionistas han perdido su aura de superioridad. Casi nada es exclusivo ahora.

Tengo, o tenía, que quizás me lo hayan tirado ya, un cartel original que pegaban por las calles del Zoo TV Tour, el primer concierto que recuerdo haber visto en VHS. Mañana si lo encuentro lo enmarco, aunque esté deteriorado, o precisamente por estarlo. Lo guardé hace más de 20 años para colgarlo en mi casa cuando me independizara . Llego tarde hasta para mis propias promesas.

domingo, 11 de marzo de 2012

De París al cielo

Bueno, la perspectiva a largo y medio plazo es desesperante, pero como hace tiempo que vivimos a corto o muy corto plazo, hay que buscarle las vueltas a la miseria y dejar de ahorrar para el panteón. Dentro de algunos años todos seremos humo y nadie nos preguntará por aquel mayo de 2012 que decidiste quedarte en casa en vez de, como acabo de hacer, reservar un billete en el TGV desde Hendaya para darme un paseo por París

Tercer viaje a la capital de Francia, y mi mayor preocupación es elegir bien el libro que pienso zamparme en las casi seis horas de tren. Si me fuera mañana, creo que elegiría el "París era una fiesta" de Hemingway, que no he leído, por no romperme mucho la cabeza, pero con dos meses por delante me da que la cosa no va ser tan sencilla. Podría releer "Los tres mosqueteros", ya que mi tren sale de Gascuña, y recrear el viaje que le llevó a D'Artaghan a la corte de Luis XIII, o quizás, por fin, buscar un libro de Fernando Arrabal, si es que existen porque a veces lo dudo, y pasear por la ciudad en la que vive con los ojos al acecho, por si aparece tras alguna esquina. Puede que para la vuelta no tenga tantos problemas porque antes de salir de la estación de Montparnasse, tengo casi decidido entrar en alguna librería y comprarme "Vuelo nocturno" de Saint-Exupéry en francés.

Cuando vuelves a las ciudades que ya conoces, sin la necesidad de andar como un turista hortera, de cola en cola de museo, es cuando empiezas a disfrutarlas de verdad. Puedes sentarte en alguna terraza a ver pasar la vida sin la sensación de estar perdiendo el tiempo. Puedes ver la luz de París con calma, en las diferentes horas, incluso si te apetece, contar los adoquines de las avenidas principales. Puedes hacer lo que te apetezca porque ya no tienes encima la dictadura de las guías. Eres libre para deambular, para buscar las anécdotas, para centrarte en los detalles imperceptibles. Yo, concretamente, puede que me acerque al cementerio de Père-Lachaise, a pasearme entre tanta historia y tanto intelecto, a ver si se me pega algo.

lunes, 5 de marzo de 2012

Domingología

Los domingos son más domingos cuando llueve después de la hora de la comida. Nunca sabes qué hacer esas tardes y menos cuando llevas todo el día en pijama y con la cabeza embotada, como un tambor de jabón de lavadora. Te duchas para sacudirte la apatía y sales al mundo por inercia, a ver el ambiente, a sentirlo y a intentar quitarte el dolor de tarro, caminando hacia donde siempre vas cuando no tienes destino. Recto, siempre, hacia el centro de la ciudad, aunque no llegues ni a la periferia porque te metes en la única librería que está abierta hoy, a dar tumbos entre estanterías. No voy a comprar nada, por eso pongo cara seria. Fruncir el ceño en plan sesudo, circunspecto, casi contrariado es la mejor forma de garantizarte una tarde feliz. Que te dejen en paz en las tiendas es lo más parecido al nirvana en la tierra. Aprieto la mandíbula para poder descojonarme tranquilamente, para mantener la placidez. Premio Óscar al mejor actor secundario coño, o al menos una nominación, pienso. Todo es un papel, salvo cuando estás realmente de mala hostia, pero ahí no tienes ganas ni cuerpo para ver libros porque sólo con la mirada podrías hacer que ardieran las hojas.

A veces se te olvida colgar el personaje y te lo llevas puesto sin darte cuenta, por ejemplo a barras de bar en las que pides cañas a camareros que no tienen ninguna culpa y quedas como un cretino. Nadie es perfecto. Pienso que para alegrarme es el momento adecuado de pillar una guía de viaje y así tener la sensación de que tienes cita para dejar este tedio. Hasta julio no me toca salir volando, pero la intención es lo que cuenta. Desisto. Ya he dicho que no voy a comprar nada. Qué no, coño. Nada. Sigamos: librería, náufragos por los pasillos, silencio, calor agobiante y poca cosa. Me entran una horrorosas ganas de escribir, lo que sea. Darle a la tecla para sacarme el achicharre que me ha entrado. Escribir es un exfoliante perfecto.

Salgo después de repasar las novedades y se me quita de golpe todo: las ganas, las no ganas y la tontería intelectual. El frío, la lluvia y el viento que pega de frente hace que pasear sea como verte en medio de una expedición al peor de los recuerdos. Caminar así te obliga al exilio interior, a meterte dentro de los hombros a parapetarte contigo contra ti. Todo es inútil. El vendaval siempre encuentra una rendija por la que colarse y arañarte la piel. Tengo que ser fuerte y dar la vuelta completa a la manzana, que no se diga.

Es la manzana más surrealista de Pamplona. Hay un cine de seis salas, un pasadizo que le llaman de la Luna en el que se juntan jóvenes con un aparato de música para bailar dando vueltas con la cabeza en el suelo, una librería que abre los domingos frente a un restaurante mexicano que tiene una botella de tequila enorme en la puerta como reclamo publicitario, un pub irlandés, un tanatorio en el que siempre hay gente en la puerta fumando y llorando y una cafetería que se llama Alivio... alivio de luto, supongo. Al lado de la cartelera de los próximos estrenos está la salida de los coches fúnebres.

Para rematar el asunto tenemos un hotel de cuatro estrellas grande y blanco, aunque me he fijado que ya empieza a necesitar una limpieza concienzuda, y una estatua dedicada a la Tramontana. Sí, al viento mediterráneo, a ese mismo... y no me pregunten por qué, que yo tampoco le veo sentido alguno. Alguien habría cobrado alguna comisión, seguro. Aquí nos dan otros aires: el cierzo, el bochorno y el siroco (a algunos en cuanto empiezan los sanfermines). A todo ese mejunje he dado la vuelta y he enfilado el camino de vuelta a casa, que no está la cosa para alardes, sin darme cuenta de lo prodigioso del lugar. La cotidianidad mata todo sentimiento de sorpresa, hasta que te paras y lo piensas, como cuando repites mil veces una palabra para romperla y que signifique algo nuevo.

 René Magritte - Golconde

jueves, 1 de marzo de 2012

Un escritorio en el autobús

Hace tiempo, cuando el ordenador fallaba, me ponía de los nervios pensando que iba a perder todo lo que tenía dentro. Durante tres días no me ha arrancado el trasto, quedándose como en Babia, atontado perdido, de resaca, con la pantalla azul y la flechita del cursor pululando por ella sin nada que toquetear. Sólo conseguía ponerlo en marcha en el modo a prueba de fallos y no me inmuté, porque tenía la intuición de que por sí solo se iba a arreglar, como así ha sido. Los ordenadores hace tiempo que van por la vida como si los usuarios fueran ellos y los usados nosotros. No me molesto en discutir con él porque no me hace ni puñetero caso y sospecho, que cuanto más agobiado me ve, más disfruta haciéndose el muerto. Los ordenadores son como los gatos, te permiten vivir en su territorio. Eso es todo. Aún no somos sus esclavos porque puedes lanzar a los dos, gatos y ordenatas, por la ventana, pero en lo demás ganan ellos, sin opción a réplica porque no te van a escuchar nunca.

La primavera ha llegado hoy a Pamplona, con 22 ºC de golpe y se puede conducir con la ventanilla bajada, como en las películas y anuncios de la televisión, sacando la mano para jugar con el viento como si fueras un alerón de avión sin destino, experimentando con la sustentación y la “entrada en pérdida” como un dios que mueve sus canicas dentro de una bolsa de tela negra que es lo que nosotros llamamos Universo.

 Ha comenzado a mayear antes de que hayamos entrado en marzo. En mayo nos caerá las del pulpo porque nada es gratis y todo tiene factura a 30, 60 o 90 días, o dentro de diez años, da igual, pero llegará un día en el que el tío del mazo vendrá a cobrarnos todos los servicios de golpe. Hace tiempo que intento deberle a la jungla lo menos posible, para minimizar los riesgos de que la jungla te devuelva un zarpazo donde más te joda.

 En el horizonte ya huele a alergias y a bichos que zumban en la oreja cuando sesteas. Todo son olores. Hoy me he montado en tres líneas distintas de autobús y cada una tenía su olor. Tres autobuses de ida y tres de vuelta, diferentes. y tres olores. ¿A qué olemos? A pasado. El olor es siempre pasado, como la respiración. El futuro es inodoro.

 He vuelto a leer en el trasporte público, como lo hacía hace tiempo y me ha gustado tanto como recordaba que me gustaba antes. Mientras leía me daba la sensación de que en los autobuses siempre se lee el mismo libro. También me pasa eso en las cafeterías, y en la cama, y en los paseos de invierno de tres de la tarde y en las mañanas cuando cortan la hierba en los parque y riegan y huele a verano húmedo con hierba recién cortada, como si mascaras un chicle de clorofila nueva en cada mordisco. Creo que en realidad lo que me pasa es que leo siempre el mismo libro, un libro que de una u otra forma trata de un escritor que escribe un libro. Tanta endogamia no puede ser buena, además de que termina por no saber diferenciar un libro de otro, injustamente. Hoy no sé ni dónde he estado y por eso doy la vuelta al libro que tengo sobre la mesa, porque siempre dejo los libros con la portada hacia abajo, para saber cuál es su título:

Diarios (segundo volumen 2004-2007) – Iñaki Uriarte.

  André Martins de Barros - Une page de tournée