lunes, 27 de febrero de 2012

Tranquilizante

He soñado con La Coruña. Nunca he estado en esa ciudad pero sabía que era ella porque cuando sueñas, todo lo sabes, aunque la realidad te lo desmienta, aunque no exista. Yo sabía que era La Coruña como otra vez, en el borde de un acantilado, sabía que si saltaba volaría. Y así fue, salté y me fui volando hasta que me aburrí de dar vueltas por el aire y me desperté.

Ya despierto, o eso creo, después de desayunar y aún en pijama, sentado frente al ordenador para leer la prensa, con el último sorbo de café en los labios, a veces sé que va a sonar el teléfono, aunque luego en realidad no suene. Lo sé y ya está. La realidad me desmiente, o eso cree ella, por eso no le hago ni puñetero caso y voy a lo mío. Otras veces no lo espero y suena, por joderme, supongo, pero tampoco me preocupo mucho porque que sucedan o no las cosas depende más de mí y de mis deseos que de la realidad tiránica. La realidad soy yo, como el Rey Sol, pero ninguno de estos asistentes de cámara que me ayudan con la camisa, parece enterarse. Me aprieta, me duermo, despierto, me tranquilizo, veo luces, veo sombras, se disipan, se vuelven nubes, es de noche y es de día. Buenos días... hasta mañana.

 Salvador Dalí - Cisnes reflejando elefantes

viernes, 17 de febrero de 2012

Apuntes

He imaginado las mejores novelas del mundo, lo que ocurre es que cuando salía de la ducha olvidaba anotarlas antes de que se me olvidaran para siempre. La de novelas que habrá completadas, pero aún por escribir...

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¿Qué pienso cuando te escucho? Nada. Sólo recuerdo. Tus canciones son mi pasado. Si tuvieras silencios serían quizás mi futuro, o mi billete de tercera hacia la parte trasera de mi vida. Ya no hay revisores en los trenes. Ya no hay a quién echarle la culpa de las paradas pasadas.

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He estado enredando y mejor que me hubiera quedado quieto. Solía echar una risas por Twitter con un profesor de Filosofía de Zaragoza al que no conocía de nada. Hace tiempo que no coincidían nuestros mensajes, y me he enterado indagando en su perfil de Twitter que hace un mes tuvo un accidente de moto y se ha matado. Me siento extraño, la verdad. Hoy eres una frase en una red social y mañana eres un cadáver. La vida o la vives hoy o mañana sólo serás un silencio absurdo que quizás nunca se haga atronador para nadie. Era majete, y de Osasuna. Yo gritaba gol en 140 caracteres y él me retuiteaba, decía, para picar a sus alumnos maños. Y así íbamos haciendo, chorrada va chorrada viene, alguna con más enjundia, alguna con algo de indignación, alguna con letra y música. ¿Cuánto tardamos en darnos cuenta de que hay voces que se han ido callando en el camino? La de objetos personales que dejamos entre los vivos cuando morimos. De tanto que dejamos por todas partes, y como no conocemos cómo son las presencias o las voces, incluso puede que haya gente que nunca se percate de que ya no estamos entre tanta foto, estado, pensamiento o botella con mensaje lanzada contra la marea en la que nos novemos a diario. Jodida vida ésta en la que dejamos de ser inmortales como mucho a los 20... Me da la sensación de que siempre vivimos en una prórroga, que es imposible hacer ningún plan porque todo es tan precario, tan inestable, tan ahora es blanco y dentro de dos segundos es negro, que quizás nunca se lleve a cabo nada de lo que planeaste con tanto mimo. Vivimos como gilipollas para morir como gilipollas. Pues vale... La existencia de algo, incluidos nosotros, es absurda, por lo que perder el tiempo en odiarse o en cultivar enemigos, por ejemplo, o en dejarse las uñas para conseguir diez metros cuadrados más de casa o de garaje, es una soberana estupidez. Y así estamos, hasta que no estemos. Vivimos como locos para ganar experiencia y conservar recuerdos en el mejor de los casos, y cuanto más cargada tenemos la cabeza de todo ello, la muerte los esparce por el aire como quien tira un puñado de harina contra el viento. Toda la vida corriendo para morir siempre, tarde o temprano, a un metro de la meta. De la vida sólo merece la pena los besos y subir el volumen de la música hasta no escuchar nada del exterior.

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El frío es como las luces frías. El frío es como las noches frías. El frío es como un suelo de baldosas frías. El frío es del color de los empastes de plata de antaño, que se mascaba y seguía sabiendo toda la boca a frío durante semanas.

Frida Kahlo - Viva la vida

domingo, 12 de febrero de 2012

Osasuna - F.C. Barcelona: Rojillos on the rocks

Sí, cáspita, sí; o córcholis. Gol, y gol y gol. Tres goles como tres carámbanos de hielo perfectos en esta noche pamplonesa más fría que una cascada congelada. La hemos vuelto a liar, para que hablen de nosotros, cuando nadie nos esperaba ni estábamos invitados a una fiesta que no era la nuestra, en teoría. En tu fiesta me colé y me bebí el ponche entero, a morro, y cuando no te lo podías creer, porque me veías vestido como viste el servicio, de rojo invisible, invité a bailar a la chica más guapa y me dijo que sí, y ahí te quedaste mirando, incrédulo, preguntándote qué es lo que realmente ha pasado. ¿Que qué ha pasado? Un ciclón de sábado noche que te ha descabalgado de tu carrera hacia un título.

El frío es silencio, hasta que te lo sacas del cuerpo como siempre hacemos en el Reyno de Navarra, metiéndole a la circunstancia vida a cubos, como quien prende un incendio regando el campo con queroseno. Aquí animamos y apretamos porque como te quedes quieto mueres por hipotermia. El Barça no se enteró y salió mudo y para cuando quiso encender la calefacción ya perdía por dos goles del resucitado Lekic. Dos goles de Lekic... asombroso.

Sí, bien, bien, muy bien, recórcholis, caracoles qué partidazo, qué gran partido jooo..lines. Y le bailamos al Barça toda la primera parte como quien no hubiera hecho otra cosa durante toda su vida. Tango, vals, chachachá, de todo. Incluso el baile de la alpargata sanferminero. Luego me he tenido que ir a cenar a casa de unos amigos, que me habían invitado a un cumpleaños, y para no quedarme completamente incomunicado, la segunda parte me la he tenido que imaginar como he podido. Me he puesto en el lado de la mesa frente a la televisión, sin voz, y con la página de los resultados del teletexto viendo números, como cuando no existía Internet, imaginando historias, sufriendo como un atormentado, viendo cómo caían los goles y sintiendo los minutos segundo a segundo. 2-1. La resignación de quien piensa que esta historia va a terminar mal, como tantas veces. 3-1. La tranquilidad contenida de quien intuye que perder, ya no parece que vayamos a hacerlo. 3-2. El miedo, la tensión, el pánico de quien quiere que todo termine, pero ni sabe ni puede ni conoce nada más que lo que intuye: quedan unos cuantos minutos y se nos va hacer muy largo, mucho. Quiero que esto termine, y mientras en la mesa discutían sobre qué es el arte, apareció la palabra fin en la pantalla con el resultado que todos conocemos. Hemos ganado, y todo es paz y la mente se me expande y casi floto entre los langostinos... Hemos ganado al F.C. Barcelona. Increíble. Y volviéndome hacia los comensales, con el tenedor a punto de meterle un rejonazo al jamón, que no se habían enterado de mis cuitas, porque pasan del fútbol, he dicho: ¿El arte?, ¿no sabéis que es el arte? Sencillísimo: morirte de frío... eso es helarte, y me he metido en la boca un trozo de jamón que me ha sabido a gloria. Me han mirado como quien mira a un amigo excesivamente conceptual y han seguido a sus cosas. En el fondo soy un intelectual, a mi forma, pero un intelectual. Cuando ha terminado la velada he vuelto a casa corriendo, para saber qué es lo que había pasado realmente. Una intriga insoportable se había apoderado de mí.

Estoy leyendo las crónicas como si lengüeteara pasteles en el mostrador de una confitería de lujo, todos, uno a uno, relamiéndome la comisura de los labios para no dejar ni un punto y seguido que echarme al coleto. Solo en casa del pobre se sabe valorar estas noches de magia y sorbete de limón como se merecen: aullándole a la luna y saltando por las aceras congeladas como un demente.

El Barcelona se ha vuelto mortal, como a Superman cuando le quitaron los poderes y los golpes le hacían por primera vez heridas. No sé, parece que se les está descosiendo el traje y tienen la desorientación producto de la sorpresa de quien era intocable y ahora le sangra la nariz por dos roces leves. Me he acordado del último Barça de Cruyff, el de José Mari y Sánchez Jara, pero quizás sea ir demasiado lejos en una descomposición que pese a que se intuye, aún no huele tan mal como aquel equipo de mediados de los noventa, cuando todo se fue al traste: equipo, entrenador y al poco, el presidente. Es fácil decirlo porque no estoy en su piel, pero si yo fuera Guardiola, quizás no renovaría y dejaría el mito arriba, donde todos lo vean, sin mancha, casi perfecto, y descansaría una gran temporada mientras recuerdo la creación de mi obra, perfecta, para disfrutarla como sospecho que no ha tenido tiempo de hacerlo durante todos estos años. Los ciclos no son eternos, y cuando se sube, siempre se baja. El problema es reconocerlo, diagnosticar correctamente: ¿es la bajada o sólo un pequeño valle? Dicho de otra forma, ¿es un resfriado o una pulmonía irreversible?

Osasuna ha hecho que la liga, esa cúpula de cristal bajo la que jugamos, haya saltado en mil pedazos, dejando todo revuelto, con una corriente de aire nuevo que hace que todos los papeles que estaban escritos, todos los resultados colocados desde que empezara la temporada, todas las crónicas, vuelen, hacia el país de nunca jamás. Somos el perejil de todas las salsas. Je. Tres puntos más al zurrón, tres puntos menos que nos faltan para los 42.

domingo, 5 de febrero de 2012

Pista de despegue

No hay como que te caiga una nevada encima o su sucedáneo, un frío con temperaturas máximas bajo cero, para que enclaustrado, mirando por la ventana, sólo sueñes con las ciudades que más te gustan, escapando de ahí, del hoy, del ahora, como alma que lleva el diablo. Pirarte lejos, al París de la parada de metro de Odeón, o a la Roma de la Vía Cavour con el coliseo al fondo o al Londres de los pubs que rodean el Museo Británico o al Nueva York del Madison Square Garden o al Santiago de Chile de la calle Huérfanos, la de las librerías, o al Dublín de la Oficina de Correos de Michael Collins en O'Connell Street, o, qué más... al Helsinki del estadio de las Olimpiadas del 52. Ciudades lejanas que se ven desde un salón que da a una calle de Pamplona que tiene un supermercado, un paso de cebra en dos alturas, una especie de entrante que es un aparcamiento de muchos coches, cuando hay coches y no sólo huecos y líneas borrosas, vacías, dejando el suelo al aire con  todos los desconchados desnudos sobre el asfalto.

Edvard Munch - Snow landscape from Kragerø, 1912

Cuando no puedo moverme mucho, por la razón que sea, añoro las salas de espera de los aeropuertos, y cuando estoy en ellas, lugares completamente adimensionales y atemporales, desearía que se pasara el trance cuanto antes. Nunca me he sentido más irreal que en un aeropuerto haciendo una escala. Munich... creo que fue uno de los últimos, aunque en realidad podría haber sido el inexistente de Cuenca o el aeropuerto fantasma de Castellón. Munich... ¿He estado en Munich? Como mucho en su aeropuerto, podría decir, si es que su aeropuerto es un lugar real, que a veces lo dudo. En esas situaciones me gusta pegar la cara contra los cristales, como los niños en las jugueterías repletas de objetos de Navidad, y mirar despegar y aterrizar aviones, adjudicándoles orígenes míticos y destinos completamente surrealistas: éste es un avión fenicio que vuela a la revolución francesa, por ejemplo, que los pordioseros se han quedado sin mano de obra para alimentar a todo trapo la guillotina de la Plaza de la Concordia (manda huevos con el nombre. Concorde... como el avión).

Concorde. Muerto el avión se jodió el transporte supersónico. Lo vi dos veces, en el aeropuerto parisino Charles de Gaulle, haciendo bonito, quieto, de exposición, ya jubilado, mientras mi avión rodaba tranquilo tras el aterrizaje, camino del muelle de descarga y en Heathrow, la primera vez que fui a Londres, enano, como si se pudiera pisar, casi ridículo, hasta que te enteras de que a pleno pulmón era capaz de ir más rápido que la bala disparada por un fusil: Mach 2, que en cristiano y siendo generoso, es dos veces la velocidad del sonido, unos dos mil doscientos kilómetros por hora más o menos.

El Concorde es el sueño de los niños de nuestra generación: Londres – Nueva York en tres horas y media. Éramos la generación de la velocidad, cada vez más, hasta que se estrelló y nos tuvimos que conformar con los cacharros panzudos y lentos de la americana Boeing y de la europea Airbus. Transportes de ganado para turisteo de chanclas. No es que importe mucho ya, porque todo ha cambiado, pero, como le dije a un policía que me paró para multarme por sobrepasar el limite de velocidad rebasado por mucho, no es que me guste llegar antes a los sitios, que me da igual, lo que me mola es llegar a ellos rápido, que es una cosa completamente distinta. Eran otros tiempos. Otra educación y otras fantasías. Otras convicciones también. El progreso, el futuro llegado el caso, para nosotros iba a ras de mar y levantaba estelas de agua cuando pasaba. Fuimos la generación de las centellas. Por eso, el Concorde rompió todos los récords, como el de cruzar el Océano Atlántico en menos de tres horas a 18.000 metros de altura. El Concorde lo rasgaba todo, como la vez que escuché el estallido de un caza rompiendo la barrera del sonido, contra la noche en un a terraza que miraba al mar, mientras fumaba y miraba las luces estroboscopias de aviones que iban hacia Barcelona. Me gustó escuchar semejante bombazo porque lo reconocí al instante. No me era ajeno. Mi mundo era así. Hoy la velocidad está mal vista, como tantas otras cosas que han sido nuestros referentes. Nuestras normas. Nuestras límites civilizados que no había que traspasar. Salvando las distancias es como con las alcoholemias actuales. Cuando yo me saqué el carné de conducir podías circular con una tasa de 0,7. Hoy con esa misma cantidad eres detenido y juzgado por peligroso borracho al volante. ¿Qué hago con aquella noche que recuerdo en la que di casi 0,7 y me fui a casa como un buen ciudadano? No sé... hoy hubiera sido señalado por la calle, como un asesino en potencia. A la mierda con el presente y el pasado porque no hay forma de juntarlos jamás. Volvamos a los sueños...

Las hileras de asientos de una terminal medio vacía es como una biblioteca a la que se le han quitado los libros, pienso. Miro por la ventana de casa y las marcas de rodadura en la nieve las imagino de viajes que han partido, rumbo a las ciudades que añoramos y que no podemos visitar tan a menudo como queremos. Hace frío, mucho, un frío de cojones a las dos de esta madrugada, y tomo conciencia gélida, de que nos hacemos mayores más rápido de lo que pensamos. El tiempo es un deshielo. Mírate al espejo y déjate de chorradas ya. Ya no es tiempo de aplazar despegues. Yo quiero viajar más, mucho más, completamente más. Entrando en pista...