domingo, 29 de enero de 2012

Delirium tremens

Morir es descolgar por el respaldo de la silla un brazo mientras tu cabeza se desinteresa por el cuello: copas de vino y música como mortaja. Toda la música del mundo que acuda a nuestra muerte, y todas las copas de vino llenas hasta los bordes, dejándolas caer cuando se deja de respirar, contra el suelo, rebotando, hasta que el tintineo sea perfecto. Ninguna copa de cristal se rompe cuando alguien muere. Seguro.

Así empezaba el párrafo que tenía en la pantalla del ordenador cuando ya era noche hermética y no había más ruido que el sonido histérico de los acúfenos de mi cabeza.

¿Qué hora es?

El párrafo seguía delante y habían empezado a sonar, sin que yo supiera cuándo, tres acordes de guitarra que me habían resucitado. Por poco la casco.
Se levanta de la silla y deja la copa silenciosa en la fregadera. Mañana tendrá resaca, si es que la muerte no le encuentra sin sonido mientras duerme. Por el pasillo, aún despierto, enciende un cigarro en sueños, por decir que hoy no era él, sino un yo pasado, hasta de moda. Hoy me fumaría dos paquetes de tabaco, por llevarme la contraria, dice, y en el cuarto de baño, sin mirarse en el espejo se lava los dientes con el agua corriendo todo el rato.

¿Dónde estoy?

El suelo es tan irregular como el de una caja de huevos. Una jaula de grillos sin grillos es el techo, piensa, y las paredes. No seré yo quien haga nada por salir de este encierro se dice mientras palpa la barandilla de la escalera, camino del piso superior de la casa. Además, seguro que me entra hipo mientras repaso con el dedo todos los barrotes, buscando el débil, antes y después de que yo lo imaginara todo.
¿Es real esto que siento? ¿Y en realidad, qué siento? Siento todos las copas y sus miradas en mi sien, cuando me recuesto sobre el teclado a esperar cómo todo se termina. Mientras me voy a dormir, me voy escribiendo para seguir creándome, con la banda sonora de una canción sin fin a la que le van bajando el volumen para dejarla allí, donde alguien escucha lo que ya nadie puede oír nunca. Dan ganas de saltar para ir tras el sonido, pero no saltes. Saltar no te servirá de nada para escuchar algo. Entornar los ojos tampoco, como queriendo mirar lejos. Estás sentado y caminando, escribiendo y leyendo. Despierto y dormido, fuera y dentro.

El ordenador sigue encendido, con el cursor parpadeando.

¿Quién soy?

Una náusea y un rifirrafe de sonidos entre su boca y sus ojos lo están bilocando. Si supiera algo de cómo se sueñan los sueños no le costaría definirse hoy, que va arañando las paredes y chocándose con todas las esquinas de una casa completamente redonda. Si supiera algo de música, podría llegar a saber por qué algunos ingenieros de sonido en algunas canciones te meten algo de voz por un oído y otra ráfaga de un redoble por el otro. Nosotros ya no sabemos ni cómo suena nuestra voz cuando la escuchamos en los sueños. Quizás sea de escribir mucho. Está en la cama mientras teclea dos puntos o tres, justo en el momento de subirse la sábana hasta la barbilla.

La pantalla se funde a negro, pero no muere, sólo reposa al otro lado del telón.

La noche pasó. Al final todo se ha calmado y sólo siente una resaca mortal y cuando mueve el ratón del ordenador sobre la pantalla todo se resume en este párrafo final ¿Cuándo dejamos la ola del tiempo, con lo bien que posábamos ahí para las fotos, y nos fuimos al lado más resguardado de la orilla, parapetados por rocas de toneladas de años, amedrentados al descubrir que no existen las certezas?

¿Quién eres? Ya es por la mañana y la cabeza está viscosa. El espejo tiene vaho. No sé ni qué escribí ayer, ni siquiera sé si era yo, o quién lo dejó escrito por mí, y para qué.

Tú y yo a la vez, y nuestras sombras y nuestras vías muertas que nadie va a recorrer jamás nos juntan en una sola persona, de nuevo. Soy tú con resaca que es la mía, le dice, se dice.

Nuestro escritor entra en la cocina.

- Te invito a un café.
- Mejor a un té, anda.
- ¿Con limón o leche?
- Contigo, a ver si nos arreglamos de una vez por todas y no nos dislocamos más.
- A ver...

 Frida Kahlo - Las dos Fridas

viernes, 6 de enero de 2012

Quizás aprenda inglés

Son las 4:22 del 1 de enero. En Tokio veo que ya se han levantado para comer: 12:22. En Nueva York aún no se han atragantado con las uvas en Times Square porque allí todavía son las 22:42. El mundo se nos ha quedado maravillosamente pequeño. A golpe de tecla viajas y vuelas, conoces y disfrutas. Mi mundo es Occidente. Lo demás no me interesa mucho. A golpe de tecla ves y escuchas. A golpe de tecla aprendes. Quizás aún sea pronto para decir que el mundo es un lugar en el que merece la pena pasar el resto de la vida, pero se le acerca cada vez más. Nos vemos cara a cara con más frecuencia de la que nos habíamos visto nunca. Nos observamos también de espaldas, claro, y unas ciudades a otras buscan con disimulo mirarse el escote. No nos entendemos completamente, pero compartimos casi todo sin darnos cuenta. Hace frío, pero no tanto. Un gorro y una bufanda esta noche son demasiado, dos guantes, también. Paro, a dormir. La escritura de madrugada sale arrugada por las esquinas. Es tarde y pronto a la vez.

2012 empieza como si no empezara nada. Ya es casi cinco de enero y sigo escribiendo mi borrador de año inútil, como el que nos espera. "The king of limbs" de Radiohead puesto. El cantante se acorrala en las canciones por él mismo, contra una pared de cristal, como de rodillas y mirando al cielo, elevando salmos responsoriales con su garganta de poseso o condenado o atormentado buscando el perdón de los dioses en los que no cree. Lo dejo. Sigo en otro rato...

Hoy es día de Reyes, hace frío y eso que aún no se esconde el sol, metiendo luz entre los edificios del barrio. En la parada del autobús un chino juega con su móvil, o eso parece, y habla solo. Supongo que habla solo... ¿o será como cuando me miraban hablando por teléfono con los primeros manos libres en forma de auricular con micrófono en el cable, y también pensaban que yo hablaba solo? El chino mueve el móvil frenético, absorbido, y se queda sentado en la parada cuando el autobús llega. Me monto, pago uno con veinte y se cierran las puertas. El chino sigue sin levantar la mirada de la pantalla. Yo llevo gafas de sol y las manos en los bolsillos. Me siento de espaldas a la marcha, como los pesimistas miran al futuro. Arranca, se va el autobús, se queda el chino atormentado, me levanto los cuellos del abrigo y desaparece todo, casi hasta el invierno.

Sigo escuchando el último disco de Radiohead, ya en casa. Se ha hecho de noche. Me gustan las partes intrascendentes de las canciones de este disco. Lo que intenta ser sublime, no lo consigue, se queda en parodia. Qué bien se escucha todo en estos auriculares nuevos que me han regalado. Todos los detalles de esa voz que arrastra demasiado la tristeza que no me acabo de creer del todo. Todas las notas sostenidas más allá de lo necesario. Todo. Y todo pasa, nada permanece. Todo pasa, sin hacer ruido. Todo pasa, sin que te enteraras ni de cuando llegó ni de por dónde se fue. Quizás haya que fijarnos en lustros o décadas, para no caer en la monotonía de los años, tan cortos, con lo inabarcables que eran antes. A ver si llega pronto, con la parsimonia y la lentitud de cuando eres un niño, la primavera. Lo queremos todo. No sé. Se han terminado las navidades. Quedan 50 semanas para las siguientes.

Feliz año 2012. Despacio, con tranquilidad, con bruma y luz de farola.