sábado, 24 de noviembre de 2012

El parque de atracciones

Es una escombrera, su mirada, y su forma de mover los brazos al hablar, una pala mecánica de demoler edificios. Es un tipo extraño, pero no porque no supiera utilizar el GPS, simplemente porque no tenía destino al que ir. Gritaba, parecía que le gritaba a alguien. 

Yo le miraba desde el banco de un parque, justo un segundo después de que sonara mi móvil, anunciándome otro mensaje. Antes teníamos cucuruchos de castañas, ahora buscamos calor en un trasto que vibra pero que no funciona. Ni me inmuto. Hay días que se te cae el frío encima y no te lo quitas ni prendiendo fuego a la mitad del mobiliario urbano que te rodea. 

El tipo extraño seguía intentando explicarle a alguien algo. Era todo muy normal, nadie le prestaba atención porque tenía la mano en la oreja, como sujetando algo, como si él también tuviera una conversación a distancia. Yo le miraba, le seguía mirando, porque conocía el truco pensando que alguien más se daría cuenta. Pero me evadí sin encontrar a nadie. Me había dado por pensar en cómo se viviría con frío perpetuo en las uñas, pero llevaba guantes y lo que realmente tenía que hacer era discurrir cómo usar la pantalla táctil del teléfono sin sacármelos. El mensaje seguía sin ser leído. De vez en cuando volvía a dar señales de vida, volviendo a vibrar. Tiene un mensaje sin leer. Y a mí que coño me importa. Sacó el bolígrafo, la libreta y fue anotando frases que describían al vociferante individuo que tenía enfrente. La tecnología no cura las ganas de calentarse las manos mientras piensas, mientras observas, mientras te quedas en la parte oscura del bar, contra la pared, recortado, bebiendo de una copa de vino, una cerveza de botellín, ayer fumando un cigarro y llenándolo todo de humo, analizando el teatro del absurdo que se desarrolla ante él. 

La vida se mueve. A la izquierda hay una calle por la que aún pasan coches, a la derecha un café con una terraza vacía y muchas mesas dentro, codo con codo y jaleo. Mucho. Hay calor y bruma de leche hirviendo, espuma blanca que te la cobrarán. No está mal, pero dentro hay que posar demasiado para que dejen de mirarte como a un bicho raro, por eso hoy decide no entrar y seguir pasando frío, escuchando el sonido que hace al pisar fuerte el individuo que grita como si fuera a talar árbol con las uñas, contra el viento, dándole la espalda y enseñando un abrigo caro, sucio y en un par de puntos desgarrado. Nada serio, nada de broma, nada de nada. Los aullidos son terribles. 

 La gente le rodea, pero sigue sin asustarse pese a que los gritos aumentan y los aspavientos ya son cuchillas de guillotina sin guillotina. Cortan todo, de cuajo. Yo lo miro, y anoto, le dejo desquiciarse para llevármelo completo en mis líneas azules sangre, rojo vida, muerte negro, en la libreta llena de garabatos y diagramas y códigos postales con direcciones a las que ya nunca mandaré una carta. Las direcciones ya no existen físicamente. Quiero a ese tipo para mi novela y me lo llevo. 

El individuo baja la mano, el tono y los gritos se vuelven susurros. La ciudad se le aleja con espanto, entre gritos, asustada de ver a un tipo con las manos por los muslos hablándole al silencio. Guardo mi libreta, enciendo un cigarro (porque en mis piezas fumaré siempre), me levanto, lo miro todo por última vez, indiferente mientras me subo los cuellos del abrigo. Me abro un libro y me alejo leyendo, dándole la espalda a tanta violencia. La sociedad es tan violenta que se cree perfecta. Ése es su error. A algunos nos importa una mierda. Fin de la conversación 

 Roy Lichtenstein - "Pistol" & "Half face with collar"

No hay comentarios:

Publicar un comentario