domingo, 10 de junio de 2012

El mundo del libro

Volver a vender libros un montón de años después es un alivio. Retomar la vorágine de novedades, aprendiéndolas casi tan rápido como tener que olvidarlas para hacer espacio a las siguientes es una rutina de lo más confortable.

Toda rutina es un lugar físico, con sus baldosas y sus interruptores, y al que me ha tocado a mi, me gusta volver. Una librería es un espacio donde la rutina es ver como el paisaje cambia a una velocidad endemoniada. La rutina es en cierta forma una ausencia de ella.

Mi primer trabajo fue vender libros y me decepcionó. No podía soportar que la literatura fuera tratada como mercancía por los comerciales de las editoriales. Hoy deseo que esos mismos comerciales a los que casi despreciaba por equiparar los libros a los calcetines, me anuncien todas las campañas que van a desplegar en prensa, radio y televisión. La única forma de que sigan ofertando buenos libros que casi nadie compra es que se vendan otros como rosquillas. Ya no me hago ilusiones, por eso he empezado a adorar las rosquillas, aunque no me las coma.

Volver a una librería es reencontrarte con tus cosas de toda la vida, con tus pequeñas coincidencias que te hacen gracia, con tu mundo enigmático, con tus certezas más falsas que ganar un partido de fútbol por medio gol de diferencia. Todo seguía ahí, bajo las sábanas que lo cubrían para evitar que el polvo lo arruinara por completo. Algunas de esas señales que sólo veía yo, lejos de desaparecer, con las nuevas tecnologías se han actualizado, volviéndose modernas. Hace una década, misteriosamente, cada vez que abría un libro para ver el año de nacimiento de un autor me encontraba casi siempre con el 51 del anterior siglo. Hoy, en un par de semanas que llevo mirando solapas, la fecha que más se repite es la de 1969. En diez años hemos avanzado 18. ¿Llegará un momento que los libros me vengan del futuro? Me quedan 8 años para publicar algo. Todo es posible aún.

Otra de las certezas con las que me he reencontrado, injustamente olvidada, porque me podría haber librado de varios años de tedio, es que mi trabajo preferido sería escribir las fajas para los lomos de los libros. Una ocupación sencilla y poco laboriosa, porque estoy seguro de que unas sentencias son intercambiables con otras. Si alguna vez tengo una librería, las quitaré y las sortearé al azar entre todos los volúmenes. Estoy seguro de que nadie notará la diferencia. Lo cierto es que deben de ser importantes, porque es el único elemento de mercadotecnia en el sector que lejos de desaparecer ha aumentado. No hay libro que no tenga su fajita con entrecomillas.

 La verdad es que nunca he comprado un libro por una de esas cosas, es más, me molestan, se enredan, se caen. Ni las leo. Debo de ser un mal profesional del gremio porque desprecio el único esfuerzo que las editoriales hacen por ayudar a vender las obras que imprimen.

 Charles Wysocki - Remington the Well Read

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