jueves, 3 de mayo de 2012

El skrik de Munch

Si fuera una palabra sería anodino. Anodino día, los que son fiesta en mitad de la semana, que no llega a la categoría de resacoso. Como mucho se queda en espeso: una masa fina de croquetas. Sale el sol en esta tarde amortiguada por unos sentidos sobre utilizados ayer. Poco más. Si pudiera, leería pero no estoy. No me encuentro. No tengo brazos ni ojos. No tengo orejas con las que sujetar las gafas. No tengo libros nuevos. Tengo una biblioteca y no sé por dónde empezar.

Lo anodino es lo que el cielo refleja de los charcos, lo que las suelas de los zapatos arrastran por los pasos de cebra, por las escaleras que bajan a los aparcamientos, el humo que sale del tubo de escape de un coche aparcado en doble fila. Mientras se va desenganchando la tarde -se hace tarde para la tarde- el frío llega a los dedos y a los pies. No termina de entrar el calor por ningún lado, sólo nos entra el frío. Frío y algo más de luz, poco más. Tedio... Tedio nos entra por los lagrimales.

Tedio es otra palabra que te agarra por las solapas contra la pared, dejándote oscilando, con los pies sin tocar suelo, como un cuadro de tema anodino. Tedio, ya sólo escucharla asusta. Se expande y se te viene encima, como una masa viscosa que va a dejarte pringado y pegajoso contra el suelo. El tedio no te da nada, salvo sueño. Te lo quita todo en cada paso que intentas dar, arrancándote calzado, calcetines y dejándote descalzo pocos metros después de salir del portal. El tedio te mata de aburrimiento. El tedio son las calles de las que no te dejaban salir en la infancia. Hoy se ha vendido El grito -Skrik, en noruego- de Edvard Munch (uno de los cuatro que tiene pintados. De haberlo sabido seguro que hubiera pintado cien) por 91 millones de euros. Ese cuadro no es ni anodino ni tedioso. Ese grito se desplaza por el aire con sus ondas de frecuencia pintadas de negro y azul y naranja bien visibles. Ese grito huele, sabe a sal de mar, crea mareas y olas. Ese grito te rompe los cristales de las gafas y te raja las lentillas en los ojos, para impedirte parpadear, como a casi todos de sus personajes. En Oslo la gente tiene que estar muy sola. Habrá que ir por allí algún día para hacerse una idea y escribirlo. A veces me alegro mucho de vivir en un país mediterráneo, aunque en realidad estemos tocando el Cantábrico a diario. Quizás el Cantábrico y el Mediterráneo sean en verdad el mismo mar visto a diferentes horas del día o de la noche, con una cantidad de alcohol en la marea variable. El mar del Norte es otra cosa: tiene humo de hielo congelándose.Y aunque te parezca blanco color bruma de niebla es vapor de putrefactos, caldera a presión de muchas atmósferas, negra como negro es el calor de su superficie.

 Edvard Munch - El grito

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