domingo, 5 de febrero de 2012

Pista de despegue

No hay como que te caiga una nevada encima o su sucedáneo, un frío con temperaturas máximas bajo cero, para que enclaustrado, mirando por la ventana, sólo sueñes con las ciudades que más te gustan, escapando de ahí, del hoy, del ahora, como alma que lleva el diablo. Pirarte lejos, al París de la parada de metro de Odeón, o a la Roma de la Vía Cavour con el coliseo al fondo o al Londres de los pubs que rodean el Museo Británico o al Nueva York del Madison Square Garden o al Santiago de Chile de la calle Huérfanos, la de las librerías, o al Dublín de la Oficina de Correos de Michael Collins en O'Connell Street, o, qué más... al Helsinki del estadio de las Olimpiadas del 52. Ciudades lejanas que se ven desde un salón que da a una calle de Pamplona que tiene un supermercado, un paso de cebra en dos alturas, una especie de entrante que es un aparcamiento de muchos coches, cuando hay coches y no sólo huecos y líneas borrosas, vacías, dejando el suelo al aire con  todos los desconchados desnudos sobre el asfalto.

Edvard Munch - Snow landscape from Kragerø, 1912

Cuando no puedo moverme mucho, por la razón que sea, añoro las salas de espera de los aeropuertos, y cuando estoy en ellas, lugares completamente adimensionales y atemporales, desearía que se pasara el trance cuanto antes. Nunca me he sentido más irreal que en un aeropuerto haciendo una escala. Munich... creo que fue uno de los últimos, aunque en realidad podría haber sido el inexistente de Cuenca o el aeropuerto fantasma de Castellón. Munich... ¿He estado en Munich? Como mucho en su aeropuerto, podría decir, si es que su aeropuerto es un lugar real, que a veces lo dudo. En esas situaciones me gusta pegar la cara contra los cristales, como los niños en las jugueterías repletas de objetos de Navidad, y mirar despegar y aterrizar aviones, adjudicándoles orígenes míticos y destinos completamente surrealistas: éste es un avión fenicio que vuela a la revolución francesa, por ejemplo, que los pordioseros se han quedado sin mano de obra para alimentar a todo trapo la guillotina de la Plaza de la Concordia (manda huevos con el nombre. Concorde... como el avión).

Concorde. Muerto el avión se jodió el transporte supersónico. Lo vi dos veces, en el aeropuerto parisino Charles de Gaulle, haciendo bonito, quieto, de exposición, ya jubilado, mientras mi avión rodaba tranquilo tras el aterrizaje, camino del muelle de descarga y en Heathrow, la primera vez que fui a Londres, enano, como si se pudiera pisar, casi ridículo, hasta que te enteras de que a pleno pulmón era capaz de ir más rápido que la bala disparada por un fusil: Mach 2, que en cristiano y siendo generoso, es dos veces la velocidad del sonido, unos dos mil doscientos kilómetros por hora más o menos.

El Concorde es el sueño de los niños de nuestra generación: Londres – Nueva York en tres horas y media. Éramos la generación de la velocidad, cada vez más, hasta que se estrelló y nos tuvimos que conformar con los cacharros panzudos y lentos de la americana Boeing y de la europea Airbus. Transportes de ganado para turisteo de chanclas. No es que importe mucho ya, porque todo ha cambiado, pero, como le dije a un policía que me paró para multarme por sobrepasar el limite de velocidad rebasado por mucho, no es que me guste llegar antes a los sitios, que me da igual, lo que me mola es llegar a ellos rápido, que es una cosa completamente distinta. Eran otros tiempos. Otra educación y otras fantasías. Otras convicciones también. El progreso, el futuro llegado el caso, para nosotros iba a ras de mar y levantaba estelas de agua cuando pasaba. Fuimos la generación de las centellas. Por eso, el Concorde rompió todos los récords, como el de cruzar el Océano Atlántico en menos de tres horas a 18.000 metros de altura. El Concorde lo rasgaba todo, como la vez que escuché el estallido de un caza rompiendo la barrera del sonido, contra la noche en un a terraza que miraba al mar, mientras fumaba y miraba las luces estroboscopias de aviones que iban hacia Barcelona. Me gustó escuchar semejante bombazo porque lo reconocí al instante. No me era ajeno. Mi mundo era así. Hoy la velocidad está mal vista, como tantas otras cosas que han sido nuestros referentes. Nuestras normas. Nuestras límites civilizados que no había que traspasar. Salvando las distancias es como con las alcoholemias actuales. Cuando yo me saqué el carné de conducir podías circular con una tasa de 0,7. Hoy con esa misma cantidad eres detenido y juzgado por peligroso borracho al volante. ¿Qué hago con aquella noche que recuerdo en la que di casi 0,7 y me fui a casa como un buen ciudadano? No sé... hoy hubiera sido señalado por la calle, como un asesino en potencia. A la mierda con el presente y el pasado porque no hay forma de juntarlos jamás. Volvamos a los sueños...

Las hileras de asientos de una terminal medio vacía es como una biblioteca a la que se le han quitado los libros, pienso. Miro por la ventana de casa y las marcas de rodadura en la nieve las imagino de viajes que han partido, rumbo a las ciudades que añoramos y que no podemos visitar tan a menudo como queremos. Hace frío, mucho, un frío de cojones a las dos de esta madrugada, y tomo conciencia gélida, de que nos hacemos mayores más rápido de lo que pensamos. El tiempo es un deshielo. Mírate al espejo y déjate de chorradas ya. Ya no es tiempo de aplazar despegues. Yo quiero viajar más, mucho más, completamente más. Entrando en pista...

4 comentarios:

  1. Me gusta la frase de "la velocidad está mal vista", y me gusta que esté mal vista.

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  2. "Las hileras de asientos de una terminal medio vacía es como una biblioteca a la que se le han quitado los libros". Cierto. Qué sensación tan rara. Es un lugar que genera inquietud. Observas a los compañeros de viaje empezando filas para sentarse en el mismo avión que tú, la mayoría de veces con un asiento asignado. Raro.

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  3. Nos inquieta lo vacío que tendría que estar lleno o lo lleno que tendría que estar vacío, lo sielncioso que tendría que estar ruidoso y lo ruidoso que tendría que estar silencioso. Y así con todo. Si en una biblioteca escucháramos una conversación en un tono normal, pensaríamos que algo grave pasa, creo, y quizás saldríamos con prisas, por si acaso.

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