jueves, 10 de noviembre de 2011

La soledad clama

Estaba solo, circulaba solo, miraba al suelo. Se podría decir de él que era ella, por ejemplo, o que tenía una mirada que en realidad era un no mirar a nada, o que se buscaba en los bolsillos cinco duros para una bolsa de pipas que no podría ni comer ni comprar porque ya con los duros no se compra nada. Él andaba, como un péndulo, con los bolsillos llenos de dedos, con los dedos llenos de uñas que arañan el muslo atravesando el forro, para sentir que aún seguía vivo. Andar es también sentirse vivo, además de que duele menos, pero tenia rabia y no quería oír más opciones. La rabia se muerde. La rabia es tan explosiva que cuando cesa sólo deja en el alma melancolía. La rabia no se puede mantener en el punto álgido mucho tiempo, por eso no suele servir para nada. Él no lo sabe porque cuando se dé cuenta ya estará deprimido, como un cesto de ropa sucia.

No sabe cómo ha llegado hasta ahí, apretando sus dedos contra su muslo, caminando sin rumbo, respirando bruma, constatando que todo se desploma porque no hay nadie que sostenga nada. Si aún tuviera enemigos, piensa, pero es tan insignificante que nadie quiere serlo de él. Le despidió ayer una persona que ni le conoce. Incluso le deseó buena suerte cuando le cerraba la puerta de la oficina a la espalda, con palmadita en el hombro incluida.
Buena suerte, ya verás cómo es para bien, le dijo, y cerró la puerta suave como lo hacen los santos laicos. Un súbito santo laico. Un hombre comprometido con el hombre. Un mentiroso y un farsante. Podría odiarle, pero el odiado santo laico nunca se daría por aludido: ni espera que alguien le odie ni llegado el caso, le importa. Comería feliz su paella de los domingos creyendo que todo es perfecto. Él es un triunfador y nadie va a apartarlo de su camino de éxito porque para eso se inventó pisar cabezas, apuñalar, conspirar, traicionar. No se puede triunfar de otro modo porque si titubeas en despeñar al de al lado otro te lanzará abismo abajo a ti, por dudar.
Quien le ha despedido apadrina niños en países lejanos y deja monedas de cobre en los platos de los pobres que piden por las aceras. Le admiran las madres y los abuelos por ello. Él no quiere monedas que no entren en los parquímetros. Eso es todo.

Nuestro él, que quizá sea ella, no tiene admiradores ni detractores. No tiene nada. Está solo y camina. La sensación de desamparo, de agonía social, de absoluta inestabilidad vital le están haciendo que se maree. En el muslo tiene sangre, seguro. Y ya se ha roto tres uñas de apretarse tanto. El dolor le mantiene alerta. Lo necesita para no desorientarse y dejarse arrastrar por la riada tumbado en el césped.

Todo el mundo es bueno te dicen, todos somos seres maravillosos. Todos somos comprensibles y solidarios. Mienten. Por eso nos equivocamos cuando al despertar, salimos por primera vez a las calles. La calle está llena de violencia, de rencillas, de malos modos. Todos somos unos completos mentirosos. En las aceras no hay nadie de fiar. Dentro de cada uno de nosotros hay unos ojos que se guardarán en el bolsillo interior cuando pasemos al lado de un problema que no queramos ayudar. Eso en el más benévolo de los casos, cuando no somos nosotros los causantes del cuerpo que se desangra en esa esquina tan transitada.

Te voy a ayudar, dicen que dicen... pero nunca nadie ayuda a nada. No esperes nada de nadie. El mundo está hecho para otros, para los que no necesitan auxilio. Eso es verdad, ¿pero dónde están los desamparados como yo? Tenemos que ser legión, ejercito entero. Si nos encontráramos y nos uniéramos, los bancos de los parques dejarían de ser un cementerio.

Edvuard Munch - El grito

jueves, 3 de noviembre de 2011

Siempre es primavera en los párrafos

Mientras iba hacia el supermercado ya de noche, con mi bolsa de tela y mi lista en papel reciclado, me he visto envuelto por lo que es noviembre: el viento. El viento que agita las copas de los árboles que están con las hojas como yo con el pelo, a un tris de irse todo al cuerno y esparcirse por el suelo, haciendo de la tristeza y del otoño un lugar aún más negro. ¿Por favor, alguien podría devolvernos al horario de verano? No al verano, sólo a su horario, que llegados este punto de oscuridad, con una hora más de luz por la tarde nos conformamos.

Hojas secas por el suelo, eso es lo que pasa cuando no pasa nada. Hojas secas por el suelo y un viento extraño. Ráfagas de algo que no llega a ser tibio pero que se le acerca. Este otoño es un meandro de luz oscura y aliento de estómago en digestión pesada. No termina de romper con lo viejo para unirse a lo nuevo.

Como no es una buena época para casi nada pero la vida no se detiene, sino todo lo contrario, se acelera aún más, he decido escribir, darle fuerte, por todos los lados que se dejen meter mano las letras, hasta intentar depurar un estilo farragoso que me acompaña desde las clases de B.U.P., cuando componía párrafos que eran un incordio para casi todos menos para mí, que los consideraba sublimes. Hoy me siento más escritor, cuando renuncio a todos los estilos posibles me siento más escritor, eso es. Si por mi fuera me haría líquido. Dedos líquidos, movimientos líquidos, letras, palabras, frases líquidas. Escribir es una renuncia a la genialidad, sólo así uno es capaz de moldear algo que merezca la pena. Olvídate de casi todo, no adjetives, no intentes darle un giro mágico a una frase... no. Olvídate de todo... el casi lo pondrás por mera inercia. Será lo único que te pertenezca. Fluye, continúa el camino y cuenta historias que puedan gustarle a la gente. Olvídate de ser un literato y conseguirás ser un humilde escritor, que no es poco... que tanto es. Ser un humilde escritor es una meta, y hacia ella he decido apuntar el morro y los ojos.

Quizás haya dejado ser joven porque ya me he puesto del lado de los que decían, y yo no me creía, que escribir no es un arte casi nunca, y menos cuando estás metido en ello, sino un trabajo de pequeño alfarero sin ínfulas que hace jarritas de vino. Aquí el asa. Aquí el pliegue del morro para que no se derrame sobre la mesa. Aquí mi más humilde de todas las frases. Y en eso andamos, despojando de las copas de todos los párrafos todo lo superfluo, dejando caer a hojarasca, volviéndonos calvos del susto. Ya no hay artificio... o no debería de haberlo. Más que desnudarse, es desaparecer, o encaminarse hacia la desaparición, ir hasta ese punto en el que van saltando las tejas de la casa y ya no cubren nada pero todavía no eres capaz de salir corriendo porque te crees a salvo. A ese punto aspiro.

El supermercado estaba medio vacío. Me he olvidado la mitad de las cosas que llevaba en la lista y he traído otras que no estaban apuntadas. Da igual, seguirá allí mañana. Espero... Me duele la garganta y tengo la voz nasal. Estoy congestionado, estoy completamente hervido. Quizás haya rejuvenecido años en este cuarto de hora, dos pasos de cebra más allá del portal de casa. La música suena, mi escena se desarrolla tranquila, revolviéndome el pelo como la brisa de costa.

 Gustav Klimt - El árbol de la vida