domingo, 28 de agosto de 2011

Nueva York

¿Cómo escribir de Nueva York? Hasta ahora la única forma que se me había ocurrido es no haciéndolo. Nueva York es más rápido que las frases y se me iba a escapar antes de terminar el párrafo. Cualquier proyecto iba a ser frustrante y por eso ni lo había intentado. Pero hoy me ha animado mi amigo el náuGrafo a que lo haga y me he puesto a darle vueltas al asunto. Competir con Nueva York es de locos, por eso voy a dejarme vencer sin tan siquiera combatir. Como es imposible condensarlo todo en un comentario, inauguro una carpeta que iré llenando a golpe de postal cuando lleguen, sin forzarlas, sin hacer nada para que afloren. Que ellas decidan. A ver qué sale, o a ver qué llega, y en qué orden.

Hace 4 años pasamos 8 días en Manhattan y ya empiezo a tener más que nítidos recuerdos, recuerdos de sensaciones, destellos, momentos, pinceladas, gustos, olores, tactos de paredes y de papeles. La memoria cuando reposa y filtra es más sugestiva, más humana, muchísimo más literaria que el reportaje, que no es lo que pretendo. Yo no quiero enseñar Nueva York porque en poco más de una semana no te da tiempo a ser guía de nada. Yo quiero pasear por el Nueva York que me he ido formando antes, durante y después de mi visita, porque me gusta hacerlo. Nada más.

¿Qué es Nueva York?

A saber, pero lo primero con lo que te encuentras es con un lugar familiar, un lugar vivido sin haberlo visitado. Con el jet lag parece incluso un sueño. Lo que te queda claro conforme avanzas desde el aeropuerto JFK al centro, en esos taxis de suspensión blandísima es que Nueva York no es una sorpresa. El skyline lo tienes más visto que tus dedos mientras escribes en un teclado. No es por ahí por donde te va a cautivar, no, pero enseguida empiezas a meterte en el personaje. Vas mirando por la ventanilla y te dan ganas de apoyar la cabeza en ella y crear una historia, la tuya, para ocultarla en un plano secuencia eterno con una palabra fin en blanco, The End mejor, mientras anochece, por ejemplo. Normal. Cúlpenle al cine, o denle las gracias, a ese entretenimiento del demonio que nos ha prestado la mayoría de los recuerdos que no son nuestros y la mayoría de nuestros lugares preferidos sin haber estado nunca en ellos. Somos lo que no somos. Primera sentencia.

Ahí va, no me puedo resistir, la segunda: Nueva York, por lo tanto, es el cine. Todo.

Pasear por sus calles es ir saltando de una comedia a un drama, de una década a otra, de una película de suspense a un musical, sin tener que cambiarte en todo el periplo de acera. Sin el cine, Nueva York carecería de épica. Son todas esas historias inventadas las que le prestan a la ciudad su mitología. El cine hace real a Nueva York, por encima de todas las demás cosas que le hayan pasado. Salvo el 11-S claro, que por la teatralidad de la puesta en escena de la tragedia, por su fantasmagórica fotografía, por su guión macabro sí que marcó su historia. Absolutamente. Pero si no se hubiera parecido el atentado terrorista a una película, estoy convencido de que con el mismo número de asesinados, no hubiera tenido ni la mitad de impacto en la historia de la ciudad.

En fin... conjeturas. Lo que sí que vimos es el impresionante ruido del agujero de la zona cero renaciendo, pasando de fosa a cimiento. Por ahí palpitaba Nueva York, bombeando vida hacia todas las calles. Eso me pareció. Y mientras las cámaras de los turistas miraban hacia abajo, el cemento fluyó como la savia de un árbol, y las tarjetas de memoria mutaron en el celuloide de los antiguos carretes de fotos que pasaron a ser los nervios que lo accionan todo, cada edificio, cada boca de riego, cada semáforo, con cada clic, disparo a disparo. 

Hacía sol, había luz, mucha. Era por la tarde en aquel solar más pequeño que por la televisión en el que estábamos midiendo las distancias a ojo, guiñando uno, con los brazos abiertos, intentando encajar todo lo que también habíamos vivido allí en nuestra tarde, en su mañana, después de comer mientras desayunaban hacía 5 años y medio, el 11 de septiembre de 2001.

Sin el cine Nueva York no sería. Sí, conforme lo voy escribiendo me va pareciendo mejor la tesis. Por eso me gustó que una tarde que nos sentamos en Little Italy a tomarnos un tartufo rodeados de personajes que hemos visto mil veces, mafiosos en chándal con cadenas de oro y anillos grandes, montaron un rodaje en gran parte de Mulberry Street. Un rodaje con focos, cámaras, grúas, directores, ayudantes, micrófonos. Un rodaje de verdad, con todas sus mentiras, con todas las coreografías de figurantes estudiadas al milímetro: ese plegando el periódico, la otra mirando dentro del bolso, aquel grupo despidiéndose y disolviéndose. Corten, y vuelta al comienzo. Acción: la puerta del bar que se cierra, el coche que frena en un paso de cebra para que pase un niño, el portero automático que abre un portal para que entre un mensajero con su carga... Incluso vimos cómo se hace que nieve cuando no nieva. Sí, en la peli nos nevó, copos calientes. Dos días después en la callé también, pero aquello era hielo puro.

Nunca supimos qué película era, pero el despliegue fue brutal. Quizás una superproducción o quizá sólo fuera una de serie B. Da igual, Nueva York es así. Con su historia, con la construcción de sus recuerdos, que se moldean con cada estreno futuro que será visto en todo el mundo, no repara en gastos. Nueva York se alimenta de todos nosotros, y lo sabe, por eso nos mima. Me hubiera quedado en aquella acera toda la noche, viendo una y otra vez cómo se rueda de verdad. Era más real la escena que los polizones boquiabiertos que estábamos viéndola. En Nueva York la realidad va por libre, como yo, por eso me cae tan bien esa ciudad.

To be continued… o no.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Gota a gota

No pestañeo, estoy quieto frente a la pantalla. Sólo muevo los dedos y los ojos, del teclado a las palabras. Me concentro. No quiero ni que mi respiración me nueva el pecho, ni notar el aire inflamado del aliento entre mis labios. El calor es la noche, y el día. Es insoportable. Tengo la boca seca y entreabierta. Y de repente ocurre. Una inflamación, un brote, una pompa, una gota de sudor que surge y que se intenta aferrarse al poro, hasta que desciende desde el nacimiento del pelo, en una frente cada vez más ancha, pasando por la sien, la mejilla, para perderse cuello abajo, camino del hombro, brazo, mano... que casi ni puede palpar. No recuerdo haberme fijado en ese primer momento de una primera gota nunca. Luego vienen más, claro, y lo pringan todo.

El tiempo pasa en centímetros.

La nuca se queda fría, la espalda humedece la ropa, el abdomen se moja, la nariz se convierte en un acantilado. Plas... otra gota. Siento que me derrito, que me licuo, que podré pasar por debajo de las puertas y hacer obleas circulares en las páginas de los libros. Si no lo detengo terminaré siendo un charco bajo una silla. El líquido de mis dedos cortocircuitará el ordenador. Nada quedará de mí...

La reacción ya es peligrosa. Me llueven los párpados... se me erosiona el paladar, la lengua es un camino áspero hacia la nada. Todo se va fuera, arrasando el interior. Empiezo a marearme sobre las palabras. Acorto las frases porque hay que pararlo... como sea. Sólo se me ocurre ir a la ducha, a combatir el fuego con fuego, el agua con agua. Todo es tenebroso, y el el desagüe es una amenaza. No hay otra salida, hay que arriesgarse. Acciono la palanca, ya viene, el silbido del viento por las cañerías, el viento por los agujeros, el frío viento en chorro, el agua, de nuevo, liberadora, solidificadora... me comprime, por fin.

La calma tras la ansiedad, los dedos vuelven a los párrafos de la hoja en blanco. En cuanto nos despistamos, nuestro cuerpo conspira contra nosotros. 

 Salvador Dalí - Galatea de las esferas

lunes, 22 de agosto de 2011

Balconing

Son las siete de la tarde y hace una temperatura de 38 ºC en Pamplona según la aplicación meteorológica de Yahoo (Yahoo no es reconocida como palabra válida en el Word del señor Bill Gates. Bill Gates tampoco. Algo es algo). Esto es un infierno. Hay calor hasta en el calor, y el único ventilador que tengo es el del portátil que zumba como si no fuera a haber un mañana. A lo mejor nos torramos y realmente no hay mañana. Esperaremos, como en el café de Rick, en Casablanca.

Con el calor no apetece ni echar la siesta, así que me pongo a leer la prensa. Otra forma de pasar calor, bochornoso en este caso, al ver cómo la humanidad no es que merezca morir... es que se suicida ella sola. Así, sin más. En lo que va de verano 3 chalados (chalado tampoco es una palabra que le guste al Word) de la Europa civilizada se han matado por saltar de los balcones de los hoteles para ver si llegaban a hacer la bomba en la piscina. Chof-chof-chof... Y hay diez heridos más, de regaliz. Casi-chof.

Balconing lo llaman, así, como con una dignidad sobrevenida que no se la cree ni los que saltan haciendo la carpa desde sus alturas. Requete-Chof. Seguro que hay gente que le echa la culpa a cualquier cosa, por ejemplo, a que no tenían verjas del suelo al techo como las jaulas de los monos,  menos a los atontados (atontado sí que es del agrado de Microsoft, tiene que haber alguna cuestión sociológica en todo esto que se me escapa; por cierto, Microsoft sí que le gusta al programita, normal). Vaya, la realidad supera a mi escasa imaginación. He seguido leyendo la noticia en El País y efectivamente, la culpa es que la barandilla está ahí y no en el techo, o casi. España es un país peligroso porque tiene barandillas donde han estado toda la vida. Estamos locos, definitivamente. Un balcón abierto es una provocación, claro. Intolerable además, como todas las provocaciones. Parecemos críos o parecemos adultos que queremos que nos traten como a críos.

Provocación intolerable. Démosle vueltas al tema, por seguir haciendo nada que aún queda tarde para pasarla escondido en la bañera.

Provocación intolerable es toda una unidad, como pechos turgentes. Provocaciones turgentes mola más... en el medio (no de comunicación, sino en la mitad) está la virtud y en el vino, la verdad. En Latín suena mejor pero con este calor no me salen las florituras y no voy a buscarlo en Google (jodido Gates... tampoco Google). Intolerables pechos suena raro... no sé. Ah, y las predicciones meteorológicas no son nada halagüeñas, siempre. Hoy en concreto anuncian que el calor no va a remitir (porque el calor remite, o no remite, es otra unidad inmutable), hasta dentro de unos días. En fin, seguiremos sudando tinta china, desde la trinchera, leyendo la prensa como se debe de leer de lejos que salpica. Sal-pica. Curiosa palabra también. En fin... me voy a tomar un refrigerio y a ver si se me ocurre algo de lo que escribir.

Roy Lichtenstein - Sun rays

jueves, 11 de agosto de 2011

S.P.Q.R.

Mis llegadas a Roma han sido de madrugada: alegres, en blanco, tibias ráfagas de viento que traen la voz de los calaveras cantado tarantelas bajo las ventanas, con su eco amplificado por las callejas y por lo silenciosas que son las ciudades, incluidas las italianas, cuando es de noche. Ésta es mi Roma, en la que todo es renacentista y estival, aunque esté ruinoso y llueva. Qué mas da. A Roma se va para quedarse para siempre aunque te vayas a los pocos días.

La última vez, recuerdo, dejamos las maletas sin deshacer sobre la silla del salón-dormitorio-cocina del piso perfecto, y nos pusimos a escuchar la ciudad en mitad de la noche. Todo suena diferente. Las cisternas de los baños, los grifos que gotean, hasta el chirrido de las bisagras mal engrasadas. Y el cielo es de un color negro azulado sobre la Via Cavour, en la que estábamos tomando conciencia: a un lado Santa María la Mayor, al otro el Coliseo, en medio la Iglesia donde está el Moisés de Miguel Ángel. Todo está más cerca que en las fotografía de los libros, separadas las hojas no por distancias sino por años. Recuerdo que todo eso se colaba por la ventana entre medios sueños y el duermevela del cansancio y el calor. Ese calor que es como una plaga viscosa, miel hirviendo, en el mes de julio romano porque algo de ello fui apuntando en el reverso del billete de avión que me había traído hasta allí. ¿Cuánto tiempo tienes que estar en una ciudad para pasar del asombro a la comprensión? No sé... pero en ésta, mucho. Tienes estratos para aburrirte.

Caminamos por la Via del Corso, por la tarde, a mitad de la tarde, la mañana más bien, no recuerdo exactamente porque al viajar sin agenda nunca queda claro el momento, lo concreto, la aguja del segundero... desde la plaza de Venecia, una Venecia seca y en obras, famosa por los balcones que se ven siempre desde abajo en las grabaciones en las que Mussolini cruzaba los brazos y afirmaba con el mentón, hasta la Plaza del Popolo. A la izquierda, la Plaza Navona, que tiene esa forma alargada porque conserva el trazado de un antiguo circo, a dos o tres metros bajo donde hoy me comía un helado que se derretía antes de llevarlo a la boca. Recuerdo otra vez, bajo el sol insoportable de agosto, en un presente donde se acaba el tiempo más rápido que en los recuerdos vivido y por vivir. Roma eterna.

Las pisadas del silencio en la jungla de los adoquines y los bordillos del precipicio de la historia. Eso también lo apunté, detrás de un billete de metro, mientras esperaba a ver cómo amanecía en un Palatino desierto, con el Coliseo, apuntalado con esa franja imponente de hormigón oblicua vacío para mi. Quise imaginar el ruido de las lonas con las que cubrían el edificio para dar sombra a los 50.000 que entraban dentro. El edificio tendría que sonar como un barco con todas las velas desplegadas. Luego amaneció sin avisar. El sol barrió el suelo de mármol del foro y llega hasta el monumento a Víctor Manuel II. Roma es blanca y negra, mármol y humo de vespas y coches que derrapan.

Después te vas cansando y te quedas confuso. El arte te deja apabullado y plazas y más plazas desfilan ante ti. La plaza de Bernini que es un bosque de columnas que se alinean si miras desde los focos de la elipse que son las fuentes. La plaza del capitolio que está sobre una escalera dormida y una estrella curvada de Miguel Ángel. La plaza de España que es el mejor sitio para aprender a contar en Italiano contigo. Dame la mano y sube otro escalón. Sígueme... quindici, y así hasta el 135. Roma son plazas más que calles, y si quieres afinar aún más, Roma son las fuentes de las plazas más que las calles. Las calles sólo sirven para unir unas fuentes con otras.

Y cuando ya no puedas más, échale valor y espera a que todo termine. Si no has visto cómo atardece el sol en Roma, sobre los tejados con antenas, la cúpula de San Pedro, las colinas con palacios y campanarios coronas o púas o espinos de las siete colinas, espejismo de cuadros del Cinquecento, nunca sabrás ni qué es una frase dejada a medias, a medio construir o derruir, ni cómo se fotografía un contraluz.

viernes, 5 de agosto de 2011

La era Aquarius

Ya me ha pasado hoy dos veces. Leo hasta siempre donde en realidad pone hasta septiembre. Será que en septiembre se termina el mundo o que pienso que de aquí a nada todos estaremos en el siempre, que debe de ser como los cursis llaman a la nada. Siempre tuyo... nada. Muerto. ¿Será poner fin al verano y todos a criar malvas o cardos borriqueros, o sauces llorones o sandías sin pepitas? El verano da para pensar en lo trascendente. Tiempo de reflexión, tiempo de crecimiento personal...a base de cervezas y guarrerías varias, preferentemente sacadas del cerdo y a lonchas.

La vida... ah, la vida y sus circunstancias. Milongas. La vida no tiene circunstancias... lo que tienes es prisa, porque se pasa tan rápido que más vale que no pienses mucho, que para cuando te decidas ya será tarde. Semáforo rojo. STOP. Titular de periódico si fuéramos tituladores de periódico: La vida se baja de tu vida por la puerta de atrás para liarse con un domador de leones eternos, por ejemplo, o con un hinchador profesional de colchonetas playeras del más allá. Cómo molaría hacer titulares así. ¿Alguien conoce a alguien que conozca a alguien que a su vez necesite a un titulador o titulista? He aquí señor tu titulista o titulero, oh.

Me apetece un vino... no sé si descorchar la botella o irme a que me sirvan una copa a un bar. En eso pensaba, mientras llegaba a casa por el lado de la sombra de la acera. Cascaba el sol que daba gusto, por cierto. También pensaba en que me gustaría ponerme gorra, aunque quizás ya sea tarde para eso, y que todavía no tengo edad para usar sombrero blanco. Un gran problema el de llevar la cocorota al aire con estos tres pelos negros que dan más calor que un horno de quemar huesos de aceituna, que los hay, para hacer, yo qué sé... pan, por ejemplo. Los treintañeros somos el grupo social que tiene más peligro de pillar una insolación, y los que por lo tanto más chorradas se nos ocurren a las seis de la tarde de un paseo asfixiante. Dale. Sigue. Que te entretienes. ¿Si con los huesos de aceituna se calientan algunos hornos para cocer pan... se podrá hacer lo mismo con las cáscaras de pipas que vete a saber tú quien pela cuando te las venden limpias?

Da igual, que le prendan fuego al fuego. Un poco más de calor ya da lo mismo, a lo que yo quiero ir es a lo otro, al alimento más sospechoso que conozco: las pipas peladas.

¡Pipas peladas oiga, tenemos pi-pas pe-la-das! Sí señora, ésas que son como grasientillas.

Una bolsa de pipas peladas acojona más que un plato de pez globo. Ambas cosas se basan en la confianza de quien te lo prepara. El pez globo tiene un depósito tóxico que como el cocinero de turno, o “tulno”, no lo extirpe bien y te lo zampes, a la nada de la que hablábamos al principio que te vas. Angelitos “neglos” y al cielo de Machín. Con las pipas peladas ocurre lo mismo. ¿Alguien ha visto una máquina para pelar pipas? Nadie... nunca... jamás, pues yo sí, la boca de un chino. No se me ocurre algo más preciso.

Qué repelús, lo sé, por eso mejor no seguir indagando en la mecánica del asunto o en la cadena de pelaje, o como se diga, y confiar en que el chino al menos se haya lavado los dientes antes de comenzar su jornada laboral. ¿Qué soy un exagerado? Dos cosas te voy a decir para zanjar el tema: nadie ha conocido una máquina pelapipas nunca y las pipas con la mano no se pueden pelar, que no son cacahuetes. Cada uno que saque sus conclusiones. Ahí lo dejo. Sigamos.

Es verano, sí... qué bonito, precioso, con sus olitas que rompen en la orilla donde doña Petra hincha el pecho palomo para gritarle al niño que no se meta para lo hondo, con sus pescaditos fritos que tienen ese olor tan penetrante como el rebuzno de un burro muerto, con sus chancletitas con pelos en los dedos gordos de gordos con pelos en los dedos... Ay. Si es que me dejo llevar y se me saltan las lágrimas de lo entrañable y digna de abrazo que es la humanidad que me rodea. Si es que la gente es maravillosa, joder, qué pena que casi siempre se me olvide, y tan es así, fíjate tú, si tú, que has llegado hasta aquí amado y noble lector altruista, que se me ha nublado aún más las entendederas y no sabía cómo terminar este escrito de lo ñoño que me he puesto. Menudo bloqueo me ha dado, la virgen.

He empezado a leer la prensa para buscar inspiración. Y todo se ha puesto de nuevo en marcha. El mundo gira en el sentido adecuado. Qué paz y tranquilidad darse cuenta de que nada de lo que conocemos se deteriora. Y entonces ha sucedido, aquí está, lo encontré, esto lo resume todo, me he dicho. Qué suerte tengo, me he vuelto a encontrar con un hasta septiembre, vaya, otro más, el tercero y sin que fuera esto lo que quería. Las casualidades no existen, o sí: un tío de diecisiete años se pone a excavar en la playa un túnel de más de dos metros de profundidad, se le derrumba la obra, lo sepulta y han tardado en sacarlo más de media hora, inconsciente, medio muerto. Vamos, que no ha dicho un hasta siempre porque era agosto, mes de los chiringuitos, los días de asueto y de las lorzas sueltas y de la búsqueda incesante de una nominación para los premios Darwin 2012 en su categoría “autoselección”. La vida es bella e imperfectamente perfecta.

Para qué cojones le darán tiempo libre a la peña... si no saben qué hacer con él. Jodido mundo... y lo peor es que no tenemos recambio. Con este hay que tirar, no queda otra, hasta el infinito, o hasta el verano que viene, que para el caso puede que sea lo mismo.

 Andy Warhol - The sun

lunes, 1 de agosto de 2011

Helado de verano

Mientras va cayendo lentamente otro día en el estercolero del horizonte, y la noche tampoco se decide a llegar porque en verano todo es lento y tedioso, como las chicharras que cantan para joderte la siesta, escucho música. Saltando, como quien recolecta agujas de pino. Con espasmos, sin dejar llegar a las canciones ni siquiera a la mitad. Mis discos usados se van convirtiendo en clásicos a los que se les reverencia como si se hubieran caído del cielo, como si no fueran humanos, como si no se hubieran puesto nunca a la venta, como si hubieran surgido como las setas, blop, en los museos de cada cual. Qué cosas...

Vendrán los críos a descubrírtelos, porque yo lo hice.

-¿Conoces este disco? Es buenísimo.

No hace falta la respuesta, pensarás, para qué decir nada si nadie escarmienta en cabeza ajena. Algunos incluso los vi nacer, podría decirle, ganaría puntos, interés, después de haberlos esperado sin noticias durante bastante tiempo. Internet no existía. Había silencios. Hoy todo esta lleno, también de ruidos. Eso los críos no lo saben. Yo a veces tampoco lo recuerdo. Pasábamos meses sin noticias de algo, alguien... Y de repente se llenaban las radios con una canción, la nueva, sin avisar. El disco se pone a la venta el próximo mes... y cada día ibas a buscarlo, hasta que lo encontrabas, pasadas dos semanas, o tres, u otro mes.

Todo era un poco así, a otro ritmo, y vivíamos. Se podía vivir. Nos lo pasábamos bien.

Antes sólo teníamos un teléfono por casa, y todo el verano para decidir si llamábamos a la chica que sólo tenía otro teléfono delante del que esperaba una llamada... de otro. Así suele funcionar el mundo. Una extraña sucesión de ruedas dentadas, encajadas a complejos engranajes, que iban moviéndolo todo cuando alguien accionaba un resorte. Había que estar atento porque los movimientos eran bruscos, pero muy rápidos. Aunque la mayoría del tiempo todo estaba como muerto. La adolescencia era mucho más estática de lo que nos pareció. Los teléfonos estaban colgados en las paredes, como cuadros, y no era de ninguno de nosotros. ¿A qué hora la pillaré en casa? Todo era planificar, hasta que daba tono la línea. Dos tonos... ya suena al otro lado, aún puedo colgar, como ya lo hice hace tres días. Tres tonos... ¿y si no hay nadie? Cuatro, cinco... seis.

-¿Quién es?
-Hola. ¿Está ella?
-No, no está. ¿De parte de quién?
-Yo.

Había tanto tiempo detenido entre tomar la decisión de buscar el teléfono, ensayar la llamada, llamar y colgar, completamente cansado, harto. Vivíamos de imaginarnos la vida más que de vivirla. Ella no va a devolver nunca la llamada por eso lo vuelvo a intentar.

-Hola. ¿Estás?
-Sí, pero he quedado.
-Ya. ¿Y mañana?
-También.
-Bueno, pues hasta el verano que viene.
-Adiós.

Y nos volvíamos a ver las caras en el colegio, pongamos último curso de B.U.P., y volvíamos a despreciarnos en los mismos bares en los que nos buscábamos siempre. Alguien accionará la palanca que agite la realidad a mi espalda. Ya veremos cómo nos adaptamos a la sacudida... hay que seguir viviendo. No quedaba otra. No queda otra.

Julio ya no es lo que era. Ha hecho frío. Nosotros ya no somos tampoco lo que éramos. Nada es igual desde que existen los mensajes de texto al móvil y terminan todo por la vía rápida. Los mensajes son como lanzar una granada de mano, parapetándose en la trinchera, de espaldas, esperando a que reviente la carga en forma de bip-bip en su pantalla: Kedamos? No,ya h kedado. Adiós. KTDN.

Han cambiado la épica por lo práctico. Los críos siempre terminan por ganarnos por la mano, salvo que con tanto dinamismo, el suelo se les ondule y no consigan dar ni un paso tampoco. Pero ellos también tendrán que explicarse su mundo cuando se lo hayan arrebatado los siguientes. A ellos también les llegarán las rebajas del verano, y los saldos.

 Roy Lichtenstein - Ohhh... Alright