Hemos estado en Berlín este verano, pasando calor -milagro-, y leyendo una guía de viaje que después de cada explicación terminaba con la misma frase: pero ya no queda nada de esto o de aquello o lo de más allá.
Berlín no existe, parece.
Berlín es un maremoto de historia que sólo queda en el aire, y en esa hilera de dos adoquines que te recuerdan por dónde iba el muro que separó las ruinas de la segunda guerra mundial en dos ciudades, durante 28 años. Berlín es la historia de Europa del siglo XX concentrada en aceras y calles y barrios. Aquí está todo, para quien quiera leerlo. Hay más, claro, mucho, pero son notas al pie.
Me gusta la ciudad, pero no tiene nada. O casi nada de lo que tuvo. Berlín es una ciudad con las heridas de un trauma todavía abiertas, por todos los rincones, en todos los solares que aún quedan por levantar. Postdamer Platz, una mítica plaza del Berlín actual, fue un descampado durante más de 40 años. Primero barrida por las bombas y después por esa tierra de nadie que se creó entre el muro y la nada comunista, llena de minas, diseñada para poder apuntar a campo abierto a los que querían dejar atrás la utopía roja desde las torretas de vigilancia.
Berlín es el ejemplo de que la vida, por poca que quede, siempre termina por abrirse camino y resurgir. Por eso es una ciudad vital, no porque la vida se vea multiplicada como en un hormiguero.
Berlin es la ciudad de las batallas, de las guerras. Una guerra continua de 1939 a 1989. 50 años con los tanques en la calle. Literal. Hay fotos. Como esa de tanques soviéticos contra tanques americanos en mitad de Friedrichstraße, una de las calles más comerciales hoy, y ayer, cuando fue partida en dos, creando el surrealismo urbanístico, con puestos fronterizos donde tendría que haber sólo pasos de cebra..
Guerras, todo el santo día. Primero la guerra de todos contra los nazis, destructiva, guerra total, no dejando más pared que los restos de menos de medio metro de lo que antes fue un edificio, para dar paso, sin tregua, a una guerra del mundo libre contra los soviéticos, fría, pero tensa como la cuerda de un arco apuntando. Y se apuntaron mucho sí, a la cabeza, pero afortunadamente sólo se dispararon con pellizcos. Los bloques no son personas, por eso no se destripan sin más. A eso lo llamaron política de la bofetada estoica, que no es otra cosa que lo que hacen Bugs Bunny y el pato Lucas: tú me das, yo me jodo; yo te doy, tú te jodes... pero sin arrancarnos la cabeza que no merece la pena perder los dos. Un intercambio de sopapos con pausas, para que no parezca una pelea.
Guerras, guerras... el mundo es una guerra, el mundo siempre está en guerra, y todas son la misma, desde la primera, pero al menos esta ciudad parece que las ha terminado, por fin, con sus vencedores claro. ¿La prueba?, el podium: en la plaza de París, situada en el espacio que está delante de la Puerta de Brandeburgo y que perteneció al sector Este, hoy es donde están dos de las embajadas de los países que ganaron, tomando posesión, conquistando, por fin, la ciudad entera: yanquis y gabachos. La inglesa, a pocos metros de las otras, se decidió tras la caída del Muro por un simbolismo más intelectual, más fino, más rebuscado. Está en la calle en la que se levantaba la Cancillería desde donde Hitler daba las órdenes contra Churchill. Ah, la Rusa es la mayor de todas, está en la avenida Unter der Linden, pero eso no tiene mérito... Todo eso era suyo desde 1945.

