domingo, 24 de julio de 2011

Berlín

Hemos estado en Berlín este verano, pasando calor -milagro-, y leyendo una guía de viaje que después de cada explicación terminaba con la misma frase: pero ya no queda nada de esto o de aquello o lo de más allá.

Berlín no existe, parece.

Berlín es un maremoto de historia que sólo queda en el aire, y en esa hilera de dos adoquines que te recuerdan por dónde iba el muro que separó las ruinas de la segunda guerra mundial en dos ciudades, durante 28 años. Berlín es la historia de Europa del siglo XX concentrada en aceras y calles y barrios. Aquí está todo, para quien quiera leerlo. Hay más, claro, mucho, pero son notas al pie.

Me gusta la ciudad, pero no tiene nada. O casi nada de lo que tuvo. Berlín es una ciudad con las heridas de un trauma todavía abiertas, por todos los rincones, en todos los solares que aún quedan por levantar. Postdamer Platz, una mítica plaza del Berlín actual, fue un descampado durante más de 40 años. Primero barrida por las bombas y después por esa tierra de nadie que se creó entre el muro y la nada comunista, llena de minas, diseñada para poder apuntar a campo abierto a los que querían dejar atrás la utopía roja desde las torretas de vigilancia.

Berlín es el ejemplo de que la vida, por poca que quede, siempre termina por abrirse camino y resurgir. Por eso es una ciudad vital, no porque la vida se vea multiplicada como en un hormiguero.

Berlin es la ciudad de las batallas, de las guerras. Una guerra continua de 1939 a 1989. 50 años con los tanques en la calle. Literal. Hay fotos. Como esa de tanques soviéticos contra tanques americanos en mitad de Friedrichstraße, una de las calles más comerciales hoy, y ayer, cuando fue partida en dos, creando el surrealismo urbanístico, con puestos fronterizos donde tendría que haber sólo pasos de cebra..

Guerras, todo el santo día. Primero la guerra de todos contra los nazis, destructiva, guerra total, no dejando más pared que los restos de menos de medio metro de lo que antes fue un edificio, para dar paso, sin tregua, a una guerra del mundo libre contra los soviéticos, fría, pero tensa como la cuerda de un arco apuntando. Y se apuntaron mucho sí, a la cabeza, pero afortunadamente sólo se dispararon con pellizcos. Los bloques no son personas, por eso no se destripan sin más. A eso lo llamaron política de la bofetada estoica, que no es otra cosa que lo que hacen Bugs Bunny y el pato Lucas: tú me das, yo me jodo; yo te doy, tú te jodes... pero sin arrancarnos la cabeza que no merece la pena perder los dos. Un intercambio de sopapos con pausas, para que no parezca una pelea.

Guerras, guerras... el mundo es una guerra, el mundo siempre está en guerra, y todas son la misma, desde la primera, pero al menos esta ciudad parece que las ha terminado, por fin, con sus vencedores claro. ¿La prueba?, el podium: en la plaza de París, situada en el espacio que está delante de la Puerta de Brandeburgo y que perteneció al sector Este, hoy es donde están dos de las embajadas de los países que ganaron, tomando posesión, conquistando, por fin, la ciudad entera: yanquis y gabachos. La inglesa, a pocos metros de las otras, se decidió tras la caída del Muro por un simbolismo más intelectual, más fino, más rebuscado. Está en la calle en la que se levantaba la Cancillería desde donde Hitler daba las órdenes contra Churchill. Ah, la Rusa es la mayor de todas, está en la avenida Unter der Linden, pero eso no tiene mérito... Todo eso era suyo desde 1945.

Por cierto, Hugo Boss fue el diseñador de los trajes negros de la SS, por si alguien piensa que la historia es algo que le pilla lejos.

miércoles, 13 de julio de 2011

La Fiesta

Una mañana que parecen cuatro años. Los días de San Fermín son así: se doblan y se estiran y se contraen. Por la tarde todo ha transcurrido a otro ritmo, en tres horas sólo han pasado quince minutos. No hay nada que hacer y se espera la noche, que llegará cuando quiera, y sólo por tener un objetivo, un punto de referencia irreal pero de referencia. El ruido se hace fuerte cuando otros días se volvía débil, hasta quedarse dormido, y anochece cuando amanece, o al revés. San Fermín, la tierra de nunca jamás en la que la gente piensa que es lo que, como mucho, sólo recuerda haber sido.

¿Qué somos en San Fermín? Un comer cuando no toca hacerlo y un beber continuo, sin sed pero sediento. Un síndrome de abstinencia acotado a nueve noches. Música y dolor de piernas de estar de pie siglos, como un guerrero de terracota de Xian mientras el tiempo le fue enterrando. Aunque la verdad, a veces dudo si existimos, sobre todo al despertarme cuando nunca ha tocado hacerlo durante el año, cuando los días duran días. Son las cinco de la tarde y desayuno... por ejemplo. ¿Y cómo se puede mantener la cordura colectiva en semejante cocido? Sólo después de correr el encierro, o verlo correr, único acontecimiento con horario fijo, cosa que hace que el momento más real de las fiestas sea a la vez el de mayor sinsentido de ellas. Quizás sea eso, o sólo la explicación más literaria que he conseguido encontrar.

Lo que me queda claro, después de ver lo que reconozco como su decadencia, es que a estas fiestas no les quedan muchos años. Están muriendo, o en el mejor de los casos transformándose, por lo que si a alguien le interesa saber qué son, ya puede darse prisa en venir a Pamplona.