viernes, 23 de diciembre de 2011

Letras a bajo interés

A veces escribir es sacarte muelas de dos en dos sin anestesia pero otras es deslizarse por una pendiente helada. A veces escribir es salir corriendo de una página jodidamente opresiva, pero otras es circular por la ciudad que más te gusta y que sólo existe porque la has creado con tus palabras: a la derecha tienes dos semáforos que se van a poner verde ya... y ya, continúa hasta que llegues a una esquina con una café abierto con luces amarillas.

A veces escribir es pegarse de cabezazos contra la pared hasta abrir un boquete y otras mirar la nevera para descubrir que aún queda el helado que dejaste a medias hace una semana. A veces escribir es romper, borrar, tachar con las dos manos y otras leer con los ojos, con los dedos, con las orejas. A veces escribir, a veces escribirte... otras sólo pensar en escribir, en escribirte. Escribir es saber que quizás habría que dejarlo en blanco. Todos lo intentamos y cuanto más leo, más me doy cuenta de que casi nadie lo consigue. Escribir es lo contrario a alardear de escribir. Escribir en nada se parece a los fuegos artificiales, por ejemplo. Escribir no es una traca. Escribir se parece a las acanaladuras de las baldosas de las aceras cuando hay lluvia, cuando una máquina barredora riega por donde va pasando, cuando se te cae y se te rompe la botella agua con gas que acabas de comprar en el supermercado.

Las metáforas sólo sirven para alejarnos de la escritura. Cuanto más escribe, mejor lo hace porque apenas se le ve. Va reptando por una hoja, como un gusano, para intentar conseguir sólo una cosa: que nadie repare en él. La genialidad sólo le interesa a nuestras abuelas porque sólo a ellas también les interesaría de nosotros hasta la lista de la compra: yogures con tropiezos y paté de cerdo en paquetes de tres latas. Vete andando, no corras. Vete escribiendo despacio, como se bebe un vino, como se mira un horizonte, como se lee una carta de despedida. Es la única forma de conseguir algo. No eres bueno, créeme, casi nadie lo es, y la inspiración no es llenarlo todo de volutas y de chorreras y de guirnaldas. La inspiración es meter la tijera a un texto que se te ha ido, como siempre, de las manos.

Escribir es dejarse la pompa en la pastilla de jabón manoseada de un lavado de estación de autobuses. Escribir no puede ser nunca darle en la cabeza al lector con un párrafo incomprensible. Escribir es otra cosa. Escribir es más la mano que pide limosna que la limosna recibida. No copies, no trates de imitar, no plagies ni los espacios. Escribir es leer lo que nadie ha escrito. ¿Eso es bueno? No, nadie lo garantiza. Cuando escribes desde la humildad, lo único que consigues es espacio, verdes campas, acantilados con horizontes que de lo lejos que están ni los imaginas. Ahí es donde empiezas a ser original. ¿Pero eres bueno? No, nadie lo garantiza. Para escribir hace falta haber leído mucho, pero en cuanto te pones a juntar letras tiene que dar la sensación de que no se parece a nadie, a nada, a nunca. Para escribir tienes que olvidar lo que has leído. Sopla, deja que se escapen las virutas, la esencia quedará, déjala que actúe sin que te des cuenta. Siéntete tan frágil como cuando mandas un mensaje tan sencillo que te desborda la espera de la respuesta: Hola. ¿Estás sola? ¿Te apetece quedar esta noche?

Escribir es querer construir una frase estrecha y peatonal. Escribir es poner una coma o un punto. Escribir es callarse. Escribir es el eco cuando callas. Escribir es dejar la mayoría de los huecos vacíos para que los rellene quien nos lea. Escribir es lo contrario a un triunfo. Escribir es la vida, chavalotes, con sus viernes noche, sus domingos por la tarde y sus lunes antes de desayunar. He visto la luz porque me han enseñado a ver la luz. Por mí mismo nunca hubiera conseguido escribir esto.

Théo Van Rysselberghe - Belgian writer Emile Verhaeren

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