jueves, 3 de noviembre de 2011

Siempre es primavera en los párrafos

Mientras iba hacia el supermercado ya de noche, con mi bolsa de tela y mi lista en papel reciclado, me he visto envuelto por lo que es noviembre: el viento. El viento que agita las copas de los árboles que están con las hojas como yo con el pelo, a un tris de irse todo al cuerno y esparcirse por el suelo, haciendo de la tristeza y del otoño un lugar aún más negro. ¿Por favor, alguien podría devolvernos al horario de verano? No al verano, sólo a su horario, que llegados este punto de oscuridad, con una hora más de luz por la tarde nos conformamos.

Hojas secas por el suelo, eso es lo que pasa cuando no pasa nada. Hojas secas por el suelo y un viento extraño. Ráfagas de algo que no llega a ser tibio pero que se le acerca. Este otoño es un meandro de luz oscura y aliento de estómago en digestión pesada. No termina de romper con lo viejo para unirse a lo nuevo.

Como no es una buena época para casi nada pero la vida no se detiene, sino todo lo contrario, se acelera aún más, he decido escribir, darle fuerte, por todos los lados que se dejen meter mano las letras, hasta intentar depurar un estilo farragoso que me acompaña desde las clases de B.U.P., cuando componía párrafos que eran un incordio para casi todos menos para mí, que los consideraba sublimes. Hoy me siento más escritor, cuando renuncio a todos los estilos posibles me siento más escritor, eso es. Si por mi fuera me haría líquido. Dedos líquidos, movimientos líquidos, letras, palabras, frases líquidas. Escribir es una renuncia a la genialidad, sólo así uno es capaz de moldear algo que merezca la pena. Olvídate de casi todo, no adjetives, no intentes darle un giro mágico a una frase... no. Olvídate de todo... el casi lo pondrás por mera inercia. Será lo único que te pertenezca. Fluye, continúa el camino y cuenta historias que puedan gustarle a la gente. Olvídate de ser un literato y conseguirás ser un humilde escritor, que no es poco... que tanto es. Ser un humilde escritor es una meta, y hacia ella he decido apuntar el morro y los ojos.

Quizás haya dejado ser joven porque ya me he puesto del lado de los que decían, y yo no me creía, que escribir no es un arte casi nunca, y menos cuando estás metido en ello, sino un trabajo de pequeño alfarero sin ínfulas que hace jarritas de vino. Aquí el asa. Aquí el pliegue del morro para que no se derrame sobre la mesa. Aquí mi más humilde de todas las frases. Y en eso andamos, despojando de las copas de todos los párrafos todo lo superfluo, dejando caer a hojarasca, volviéndonos calvos del susto. Ya no hay artificio... o no debería de haberlo. Más que desnudarse, es desaparecer, o encaminarse hacia la desaparición, ir hasta ese punto en el que van saltando las tejas de la casa y ya no cubren nada pero todavía no eres capaz de salir corriendo porque te crees a salvo. A ese punto aspiro.

El supermercado estaba medio vacío. Me he olvidado la mitad de las cosas que llevaba en la lista y he traído otras que no estaban apuntadas. Da igual, seguirá allí mañana. Espero... Me duele la garganta y tengo la voz nasal. Estoy congestionado, estoy completamente hervido. Quizás haya rejuvenecido años en este cuarto de hora, dos pasos de cebra más allá del portal de casa. La música suena, mi escena se desarrolla tranquila, revolviéndome el pelo como la brisa de costa.

 Gustav Klimt - El árbol de la vida

3 comentarios:

  1. A mí se me está olvidando como se hace, me doy cuenta cuando leo y me parece tan fácil.

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  2. Yo he llegado a la conclusión de que cuantas menos cosas pienso que cuento más cuento. Es algo interesante la escritura, moldearla, domarla y pensar sobre cómo escribes realmente. Me divierte.

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  3. Discrepo, yo personalmente busco el otoño casi invernal de las letras.

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