viernes, 14 de octubre de 2011

Una crítica sui géneris

La mañana es roja. El cuarto desde donde escribo azul. El techo blanco... el suelo es de un marrón parecido al de la tierra. La tarde es mitad amarilla mitad verde. Tengo una bebida color limón en mi vaso... Bebo. Brindo contra la oscuridad. Estoy rodeado de gente a la que no conozco, hablan, pasean, me buscan entre las habitaciones de mi casa para preguntarme. No hay respuestas. Yo no las tengo. Mi vida ha ido sucediendo sin mí. Todos la miran como si fuera algo envidiable.

Voy a la cocina. Desmoldo el cuenco de espaguetis en el colador puesto en la fregadera. Como solo. Me sabe a mediodía el pastel con el que espero desayunar mañana y que alguien tendría que traer. Aquí sólo sabemos recoger las sobras y dejar las bandejas vacías en la puerta, para que alguien que no vemos se las lleve. Nunca hay nadie. Las naranjas del zumo que están en el frutero tienen un tono de somnolencia digna de una paleta de pintor del no, de la nada, del vacío. Al amanecer le faltan todos los colores. Al atardecer le sobran todos los matices. Al atardecer se alimentan de tristeza todos los tonos. El café también, pasadas las tres de la tarde está hervido. Hay cerveza en la nevera y gafas de sol sobre la mesa del salón.

Una ducha y a trabajar de resaca. No es opinable. Es lo que hay. Es lo que alguien ha decidido que haya. Abajo espera un coche con chófer. Fotos y rueda de prensa. Mañana viaje a Milán.

La libertad es una cárcel que está en un coche potentísimo color rugido de las entrañas de un volcán, mientras se desplaza por calles, circunvalaciones, carreteras de primer orden, secundarias, caminos de cabras...

Al otro lado de los teléfonos sólo hay voces. A este lado del teléfono no hay nadie, ni siquiera una persona.

En los aeropuertos se pierden vidas y no maletas. Las ciudades son hoteles.

El color de la piscina es transparente, azul trasparente, como trasparente es el mar que hay allí, donde no se ve, tono verde colina de primavera y sol fuerte. Vete y búscalo... a estas alturas. Quizás tengas suerte pero lo dudo.

Otro plano. El humo de un cigarro desde una azotea con toda la ciudad delante, postrada, llana como un raquetazo contra la pared, cuadrícula perfecta, ruido de tráfico, con las luces parpadeantes. L.A. Los Ángeles. Todo se va apagando. Es sombra, ahora. Casi noche. Lo cubre todo un tono gris, como el de las páginas de un libro mojadas por las lágrimas de una tarde de otoño color mañana de invierno nublada, antes de la tormenta perfecta. ¿Qué hago aquí? ¿Qué están haciendo conmigo todos los que están viviendo de mi, por mí, para mí?

¿Esto es lo que ansías? ¿De verdad que es esto lo que quieres? Es la fama idiota, es la fama... nada más. Ni es un lugar ni un estado. Sólo es un desvarío. Tú sabrás.

Entre todas las secuencias también hay alguna canción agradable de los franceses Phoenix. La directora se acaba de casar con el cantante del grupo, por cierto.

Hay más cosas pero no voy a contártelas todas. Eso sólo lo hago con las pelis que me parecen malas.

Anodina, tediosa, aislada, sin noción temporal ni espacial. Así es la última película de Sofia Coppola: Somewhere. Vete a verla pero no me eches la culpa cuando no te guste tanto como a mí. Yo ya te he avisado.

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