miércoles, 26 de octubre de 2011

Tarde de otoño, pronto de invierno

La tristeza es, cuando se derrama un vaso sobre una mesa, el punto más alejado al que llega el agua en su carrera. La fina capa de líquido que todo lo cubre es la melancolía. La mesa sobre la que estoy escribiendo aún está intacta y no hay resto de lluvia en el otoño en el que vivimos. La melancolía de la tristeza del cambio de horario de invierno,
con los labios agrietados,
con los párpados hinchados,
con los dedos sin uñas de arañar
amaneceres...ceres. Oh, diosa Ceres:
campos sembrados de rasgos,
regados de grotescas gotas.

Una hora después... en el reverso de la hoja.

La tristeza es ver el mar desde abajo. El cielo es la marea gris de una tormenta que se forja en la superficie. El oleaje de las nubes cargadas de agua dulce, que romperán más allá de las montañas que cierran por el sur la ciudad. La costa es un lugar casi mítico, que desde esta llanura abisal no se divisa. La tristeza es saber que el mar llega hasta donde nosotros no podemos subir... por eso aquí sembramos melancólicas imágenes: a veces pienso que somos un banco de peces bajo un mar que sólo filtra agua cuando le apetece, con relámpagos de los que podrían
parecer un latigazo en la entraña.
Las gotas que llueven convierten
en negro el gris del asfalto...
y ha empezado a llover
y se ha oscurecido de blanco la tarde.
El fondo está revuelto
y remolinos desaguan hacia arriba.
Llegaremos a la noche calados
y ascendidos al infierno.

  Edvard Munch - Madonna

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