martes, 18 de octubre de 2011

Fuera de juego

Una hoja y un lápiz para un niño es igual que un balón y una pared. Pinto con rojo el margen en el folio y con tiza marco la portería en el muro. Y ahí paso las horas, pegando una y otra vez las palabras contra el ladrillo. Devolviendo una a una las comas a los pies que chutan contra lo que imaginas que es una meta, sin portero. Un disparo con efecto y una metáfora efectista, con rosca, se fusionan en el sonido que se produce justo cuando se crean. La literatura y el fútbol se juntan en las onomatopeyas. Pero de eso sólo te das cuenta cuando ya es tarde, ahora eres un crío que quiere ir pasando el tiempo, entretenido. El entretenimiento tiene algo de repetitivo, por eso quizás guste. Horas y horas ensayando el rito: apuntar, correr, disparar, hasta borrar a balonazos las líneas.

Luego creces y te dejan entrar en el pequeño campo de futbito, con porterías pintadas de rojo y blanco. Cambias el lápiz por el boli, te enfrentas por fin al vacío. De la solidez del muro al aire envolviendo tres palos estrechos, cuadrados. El balón va y vuelve. La hoja igual, de izquierda a derecha, de arriba abajo. Las palabras forman frases... que son todas las estelas de cualquier trayectoria que seas capaz de imprimir a un balón.

¿Te has puesto delante de una portería de fútbol, de las grandes, alguna vez, con un balón? La magia de las porterías no están en los postes redondos y blancos sino en las redes, por eso si no las tienen nunca quieres marcar, sólo pegarle al palo para que vuelva. La pelota vuelve, como los antiguos carros de las máquinas de escribir. Cling... y vuelta a empezar la crónica desde el punto de penalti. Otra vez... Repite. Tarde mustia y viento fresco de otoño caído en desgracia. Terreno de juego embarrado. Terreno completamente descascarillado y marrón. El público está esperando leer el partido. El arbitro mete un pitido y a rodar... capítulo primero.

De niño, no había cosa más aburrida que traspasar la nada y mandar el balón lejísimos, terminando siempre bajo un coche, que había que ir a buscarlo para empezar de nuevo. Un gol inútil, como cuando mandas un tocho de hojas a una editorial y te devuelven un par de palabras por correo electrónico: no interesa. O ni eso, como cuando el balón se queda en un tejado, para siempre. Por eso no merece la pena.

Las porterías sólo tenían redes cuando el partido era de verdad, y entonces sí, querías meter todos los balones. A pares o de tres en tres: un hat-trick, que se deslizara por el papel de un periódico antiguo... tres. Tres goles como tres soles, en mitad de un campo en el que no se ven ni las líneas del barro, para escuchar ese sonido que hace el balón rodando por la cuerda que era como hoy oler un libro y hojearlo cerca de la oreja.

Yo sólo metí un gol en mi vida, por eso no me cuesta recordarlo. Sólo recuerdas lo extraordinario. Aquel gol fue extraordinario. Camiseta roja, número dos en la espalda, defensa derecho... recibo el balón en campo de batalla enemigo de un saque de banda, miro, sé que tengo que centrar, al área, a la maraña del área, y lo hago, con el interior de mi pie derecho... la parábola se independiza del escritor de pie torcido que la había ideado y se complica tanto que termina por pasar por encima del portero y se cuela por su escuadra izquierda... Gol. Gol... ha sido gol. Golazo. Me hubiera quedado a vivir en aquel final de la trama que lo tenía todo... subido a hombros, jaleado, aplaudido, muerto de la vergüenza porque todos creían que había tirado y yo sabía que quería ponerla lo mejor que sabía para que otro rematara de cabeza, de pie, de culo... eso ya no era cosa mía. Yo no había querido marcar, yo era un defensa que soñaba con evitar un gol contrario, correr por la banda y meter pases de la muerte lo más cerca del margen superior de la hoja que traza el final del juego, el final del libro, el final de todo.

Ahí empezaron los cuadernos cuadriculados, para expiar culpas que sólo yo sabía. Escribir era el tercer tiempo. La gloria personal es una cosa completamente inútil, devastadora. El éxito es una casualidad donde la gente te abraza y te besa porque acertaste equivocándote. Algo así quiero creer que escribí primero, aunque lo dudo.

Todos los partidos acaban. Luego te duchas y a casa, cargando la bolsa de lona azul con unas botas negras con tacos de aluminio desgastados y un libro con las esquinas sin banderines, melladas y húmedas, otro rectángulo con las gradas ya sin gente, a medio gas los focos, que leería en el autobús, pensando en la cena, completamente de noche ya.

Es lo más cerca que he estado de la mitología. La mitología de las historias de dioses y héroes con botas de cuero marrón rígido hasta la llaga y tacos de madera transversales a la planta del pie, en blanco y negro, con camisetas de cordones en el cuello. Los árbitros llevaban chaquetas negras, como las de los trajes.

Hace poco vi el viejo campo desde el coche. El que yo recuerdo era de tierra. Una tierra muy clara donde las líneas eran surcos, para que se notaran. Ahora está plantado con césped y las líneas son blancas, se ven muy bien desde la cuesta que baja a Burlada. No sé nada de los que eran de mi equipo.

6 comentarios:

  1. No recuerdo haber marcado ningún gol en mi vida. Recuerdo ahora que, joer, hace mucho, solíamos ir al frontón del Tenis a echar unos partidillos: Sancho (siempre fumando), Lezana, Eugenio, mi hermano Juan, y más gente porque conseguíamos ser al menos cuatro contra cuatro. ¿Tú y Peio? La memoria deportiva se me esfuma.

    Digo yo que algún gol marcaría, pero como tú, de chiripa, al estilo osasunista. Sobre un terreno de juego siempre me he sentido un infiltrado, un espía en un congreso de antiespionaje, un sospechoso, un estorbo, un hombre-objeto pero de los molestos. Un tipo raro que cuando tenía el balón lo primero que quería era pasárselo a otro, quitárselo de encima, en vez de gozar con él, lucirse, y retenerlo el máximo tiempo posible, en busca de ese gol que es el orgasmo del fútbol.

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  2. Yo jugaba en aquellos partidos en el Tenis. Nos colamos por la puerta trasera durante dos años, o más, hasta que nos pillaron y se jodió el partidillo. Nos juntábamos diez mínimo y son unos de los mejores recuerdos que tengo. Me lo pasaba muy bien.

    Yo dentro de un campo me he sentido no tan raro como tú pero sí como alguien que no conseguía que la jugada que tenía en la cabeza, perfecta, se desarrollara con la misma precisión cuando llegaba la orden a mis pies. Frustrante y frustrado.

    El fútbol me hizo apreciar la física de las trayectorias, la balística. No me hubiera importado nada ser físico. Matemáticas y física no se me daban del todo mal. Lástima que mi desamor con las ciencias naturales y la química me apartaran de ese camino.

    Ahora me gustan más las historias de fútbol que el propio fútbol. Algo así como las pelis de poker, que mola más las historias de las partidas que las partidas en sí.

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  3. Eugenio, Ancín, los Laporte, Lezana...qué miedo de equipo jajaja

    Yo siempre fui un patoso del fútbol...lo "mío" era el baloncesto, pero midiendo 1'83 y jugando de alero, poco futuro tenía. Y encima la mano derecha la tenía de adorno (siempre he sido un zurdo cerrado...)

    Deberías volver a juntaros estas navidades en el mismo frontón para echar otro partidillo...

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  4. El equipo era memorable... jajaja. Qué banda de torcidos, y reorcidos!!

    Bufff... Ya no tengo cuerpo para trepar por tapias para colarnos dentro del Tenis que si no... Jejeje...

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  5. Ese de Houllebecq que lees es el primero de este escrito que no me ha gustado, tan poco que me ha despistado del post.

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  6. El de Houellebecq aún no lo he termiando. Ya te diré.

    El próximo Dublineses de Vila-Matas, que lo empecé hace tiempo y lo dejé. Creo que ya toca. A ver si con ese acierto más y te interfiere menos jeje.

    Saludos y gracias por al visita!!

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