miércoles, 26 de octubre de 2011

Tarde de otoño, pronto de invierno

La tristeza es, cuando se derrama un vaso sobre una mesa, el punto más alejado al que llega el agua en su carrera. La fina capa de líquido que todo lo cubre es la melancolía. La mesa sobre la que estoy escribiendo aún está intacta y no hay resto de lluvia en el otoño en el que vivimos. La melancolía de la tristeza del cambio de horario de invierno,
con los labios agrietados,
con los párpados hinchados,
con los dedos sin uñas de arañar
amaneceres...ceres. Oh, diosa Ceres:
campos sembrados de rasgos,
regados de grotescas gotas.

Una hora después... en el reverso de la hoja.

La tristeza es ver el mar desde abajo. El cielo es la marea gris de una tormenta que se forja en la superficie. El oleaje de las nubes cargadas de agua dulce, que romperán más allá de las montañas que cierran por el sur la ciudad. La costa es un lugar casi mítico, que desde esta llanura abisal no se divisa. La tristeza es saber que el mar llega hasta donde nosotros no podemos subir... por eso aquí sembramos melancólicas imágenes: a veces pienso que somos un banco de peces bajo un mar que sólo filtra agua cuando le apetece, con relámpagos de los que podrían
parecer un latigazo en la entraña.
Las gotas que llueven convierten
en negro el gris del asfalto...
y ha empezado a llover
y se ha oscurecido de blanco la tarde.
El fondo está revuelto
y remolinos desaguan hacia arriba.
Llegaremos a la noche calados
y ascendidos al infierno.

  Edvard Munch - Madonna

martes, 18 de octubre de 2011

Fuera de juego

Una hoja y un lápiz para un niño es igual que un balón y una pared. Pinto con rojo el margen en el folio y con tiza marco la portería en el muro. Y ahí paso las horas, pegando una y otra vez las palabras contra el ladrillo. Devolviendo una a una las comas a los pies que chutan contra lo que imaginas que es una meta, sin portero. Un disparo con efecto y una metáfora efectista, con rosca, se fusionan en el sonido que se produce justo cuando se crean. La literatura y el fútbol se juntan en las onomatopeyas. Pero de eso sólo te das cuenta cuando ya es tarde, ahora eres un crío que quiere ir pasando el tiempo, entretenido. El entretenimiento tiene algo de repetitivo, por eso quizás guste. Horas y horas ensayando el rito: apuntar, correr, disparar, hasta borrar a balonazos las líneas.

Luego creces y te dejan entrar en el pequeño campo de futbito, con porterías pintadas de rojo y blanco. Cambias el lápiz por el boli, te enfrentas por fin al vacío. De la solidez del muro al aire envolviendo tres palos estrechos, cuadrados. El balón va y vuelve. La hoja igual, de izquierda a derecha, de arriba abajo. Las palabras forman frases... que son todas las estelas de cualquier trayectoria que seas capaz de imprimir a un balón.

¿Te has puesto delante de una portería de fútbol, de las grandes, alguna vez, con un balón? La magia de las porterías no están en los postes redondos y blancos sino en las redes, por eso si no las tienen nunca quieres marcar, sólo pegarle al palo para que vuelva. La pelota vuelve, como los antiguos carros de las máquinas de escribir. Cling... y vuelta a empezar la crónica desde el punto de penalti. Otra vez... Repite. Tarde mustia y viento fresco de otoño caído en desgracia. Terreno de juego embarrado. Terreno completamente descascarillado y marrón. El público está esperando leer el partido. El arbitro mete un pitido y a rodar... capítulo primero.

De niño, no había cosa más aburrida que traspasar la nada y mandar el balón lejísimos, terminando siempre bajo un coche, que había que ir a buscarlo para empezar de nuevo. Un gol inútil, como cuando mandas un tocho de hojas a una editorial y te devuelven un par de palabras por correo electrónico: no interesa. O ni eso, como cuando el balón se queda en un tejado, para siempre. Por eso no merece la pena.

Las porterías sólo tenían redes cuando el partido era de verdad, y entonces sí, querías meter todos los balones. A pares o de tres en tres: un hat-trick, que se deslizara por el papel de un periódico antiguo... tres. Tres goles como tres soles, en mitad de un campo en el que no se ven ni las líneas del barro, para escuchar ese sonido que hace el balón rodando por la cuerda que era como hoy oler un libro y hojearlo cerca de la oreja.

Yo sólo metí un gol en mi vida, por eso no me cuesta recordarlo. Sólo recuerdas lo extraordinario. Aquel gol fue extraordinario. Camiseta roja, número dos en la espalda, defensa derecho... recibo el balón en campo de batalla enemigo de un saque de banda, miro, sé que tengo que centrar, al área, a la maraña del área, y lo hago, con el interior de mi pie derecho... la parábola se independiza del escritor de pie torcido que la había ideado y se complica tanto que termina por pasar por encima del portero y se cuela por su escuadra izquierda... Gol. Gol... ha sido gol. Golazo. Me hubiera quedado a vivir en aquel final de la trama que lo tenía todo... subido a hombros, jaleado, aplaudido, muerto de la vergüenza porque todos creían que había tirado y yo sabía que quería ponerla lo mejor que sabía para que otro rematara de cabeza, de pie, de culo... eso ya no era cosa mía. Yo no había querido marcar, yo era un defensa que soñaba con evitar un gol contrario, correr por la banda y meter pases de la muerte lo más cerca del margen superior de la hoja que traza el final del juego, el final del libro, el final de todo.

Ahí empezaron los cuadernos cuadriculados, para expiar culpas que sólo yo sabía. Escribir era el tercer tiempo. La gloria personal es una cosa completamente inútil, devastadora. El éxito es una casualidad donde la gente te abraza y te besa porque acertaste equivocándote. Algo así quiero creer que escribí primero, aunque lo dudo.

Todos los partidos acaban. Luego te duchas y a casa, cargando la bolsa de lona azul con unas botas negras con tacos de aluminio desgastados y un libro con las esquinas sin banderines, melladas y húmedas, otro rectángulo con las gradas ya sin gente, a medio gas los focos, que leería en el autobús, pensando en la cena, completamente de noche ya.

Es lo más cerca que he estado de la mitología. La mitología de las historias de dioses y héroes con botas de cuero marrón rígido hasta la llaga y tacos de madera transversales a la planta del pie, en blanco y negro, con camisetas de cordones en el cuello. Los árbitros llevaban chaquetas negras, como las de los trajes.

Hace poco vi el viejo campo desde el coche. El que yo recuerdo era de tierra. Una tierra muy clara donde las líneas eran surcos, para que se notaran. Ahora está plantado con césped y las líneas son blancas, se ven muy bien desde la cuesta que baja a Burlada. No sé nada de los que eran de mi equipo.

domingo, 16 de octubre de 2011

Involución

No es fácil circular por una comunidad en la que el más mediocre se cree el mejor de todos. Cuando empiezan en el portal creen que están predestinados a ir subiendo. La meta es el ático. Ático que todos creen merecer, ciegamente. Un derecho dicen, aunque se queden en el orgullo del mando medio déspota, del redactor de cuarta al servicio del régimen, del infeliz que mira con los ojos del fanatismo hacia adelante, hacia arriba. Se sienten fuertes y laboralmente invencibles. Son peligrosos. Lo que no saben es que ellos también fracasan, pero hasta que se dan cuenta de los kilos de basura sobre los que están sentados, hacen rodar cabezas a destajo a su alrededor. Y eso los más escrupulosos, porque los menos, los que son capaces de escupir a su madre antes de reconocer su modo de vida, esos no terminan jamás de seccionar cuellos ajenos. Así se hace la realidad, de pequeñas miserias que forman un muñeco de diez brazos y cuarenta piernas de las que nadie consigue salir sin rasguños.

Comparar mis opiniones con tus certezas siempre termina por llevarte a insultarme. De eso están hechos, de despojos, de cloaca, de miseria. Nada original, siempre ha sido así. Es la vida: un lugar repleto de hijos de puta por el que circular es parecido a pisar el suelo de un matadero. O te atraviesan a conciencia o te caes resbalando con la sangre que lo pringa todo. Nadie se hace responsable, ni se cree el asesino, eso también es una constante en todo este tinglado extraño que para nada sirve. Todos se piensan victimas de un sistema que alimentan y lubrican. Ese es el truco para que no se sientan ridículos cuando acuden a las manifestaciones con las que quieren cambiar la comunidad.

Cuando ya no tienes estómago para indignarte porque hasta la palabra te la han robado te acodas en la barandilla y los miras, allí, todos juntos, haciendo como que hacen algo porque repiten frases como yo puedo repetir estribillos de canciones de madrugada, o conjuros de un libro de magia de niños; con la ficción de la amistad como elemento aglutinador; con la ficción de estar haciendo historia, como si la historia fuera algo que se hace y no sucede, sin más; con la ficción de que lo etéreo puede remplazar siempre a lo concreto.

Quiero un mundo mejor - repite quien diez minutos antes se ha enzarzado en una pelea con su vecino porque no comparte ni su creencia ciega ni sus ritos ni su forma de imponer una comunión verdadera de ruedas de molino picapedrero a la fuerza. El vecino es callado y tiene miedo, y siempre va solo, por eso sufre tanta violencia. Quiero un mundo mejor lo quieras tú o no, y si hace falta, mi mundo mejor pasará como un rodillo de amasar asfalto sobre tu cuerpo insolidario, vecino de los cojones. Listo, que eres un listo. Os vamos a encontrar a todos. Entérate. Atente a las consecuencias. La disidencia la vas a pagar, te la voy a hacer pagar, como te la he cobrado antes en el sistema al que me opongo por salvaje e inhumano. Así son, así es, así ha sido siempre. Ellos siempre están en el lado del bien, de la verdad; la ética les asiste dicen, para poderte hacer pedazos siempre. Hagan lo que hagan siempre es lo correcto ¿Qué salida le queda al vecino que está solo? ¿La de ocultarse, una vez más, perdiendo libertad con cada ocurrencia que le escupen como solución universal? Sí, siempre ha sido así. No es casualidad que Chaves Nogales haya estado olvidado, a conciencia, con saña, durante casi 70 años. Estamos llenos de trincheras con generales y peones necesarios, carne de cañón, que a fuerza de enfrentarse se parecen como dos gotas de agua.

Con cada revolución que intentáis montar siempre involucionamos los mismos, los que no lo tenemos claro, los que cuestionamos la simpleza del pensamiento a golpe de slogan, los que no creemos que las cosas se solucionen ocupando espacios con la mística infantil de creer que con ese gesto tan rutinario e inútil algo va a ser mejor. Con tanta revolución lo único que se consigue es paralizar la evolución, dejándolo todo en el punto en el que mejor manejáis la realidad, en el de hacernos creer que lo habéis cambiado todo para que nada cambie en realidad. Y así seguir ganando, como hasta ahora. Siempre ganáis.

No, a mi no me tienes de tu lado, ni mucho menos me representas para gritar en mi nombre. Yo sí que quiero una sociedad de ciudadanos mejor, para no tener que perder siempre. El vecino que está solo se abre camino entre la masa y llega a su casa. Cierra la puerta, la atranca y espera leyendo un libro, la marabunta cada vez se escucha más cerca, está sentenciado... una vez más.

 René Magritte - La Memoria

viernes, 14 de octubre de 2011

Una crítica sui géneris

La mañana es roja. El cuarto desde donde escribo azul. El techo blanco... el suelo es de un marrón parecido al de la tierra. La tarde es mitad amarilla mitad verde. Tengo una bebida color limón en mi vaso... Bebo. Brindo contra la oscuridad. Estoy rodeado de gente a la que no conozco, hablan, pasean, me buscan entre las habitaciones de mi casa para preguntarme. No hay respuestas. Yo no las tengo. Mi vida ha ido sucediendo sin mí. Todos la miran como si fuera algo envidiable.

Voy a la cocina. Desmoldo el cuenco de espaguetis en el colador puesto en la fregadera. Como solo. Me sabe a mediodía el pastel con el que espero desayunar mañana y que alguien tendría que traer. Aquí sólo sabemos recoger las sobras y dejar las bandejas vacías en la puerta, para que alguien que no vemos se las lleve. Nunca hay nadie. Las naranjas del zumo que están en el frutero tienen un tono de somnolencia digna de una paleta de pintor del no, de la nada, del vacío. Al amanecer le faltan todos los colores. Al atardecer le sobran todos los matices. Al atardecer se alimentan de tristeza todos los tonos. El café también, pasadas las tres de la tarde está hervido. Hay cerveza en la nevera y gafas de sol sobre la mesa del salón.

Una ducha y a trabajar de resaca. No es opinable. Es lo que hay. Es lo que alguien ha decidido que haya. Abajo espera un coche con chófer. Fotos y rueda de prensa. Mañana viaje a Milán.

La libertad es una cárcel que está en un coche potentísimo color rugido de las entrañas de un volcán, mientras se desplaza por calles, circunvalaciones, carreteras de primer orden, secundarias, caminos de cabras...

Al otro lado de los teléfonos sólo hay voces. A este lado del teléfono no hay nadie, ni siquiera una persona.

En los aeropuertos se pierden vidas y no maletas. Las ciudades son hoteles.

El color de la piscina es transparente, azul trasparente, como trasparente es el mar que hay allí, donde no se ve, tono verde colina de primavera y sol fuerte. Vete y búscalo... a estas alturas. Quizás tengas suerte pero lo dudo.

Otro plano. El humo de un cigarro desde una azotea con toda la ciudad delante, postrada, llana como un raquetazo contra la pared, cuadrícula perfecta, ruido de tráfico, con las luces parpadeantes. L.A. Los Ángeles. Todo se va apagando. Es sombra, ahora. Casi noche. Lo cubre todo un tono gris, como el de las páginas de un libro mojadas por las lágrimas de una tarde de otoño color mañana de invierno nublada, antes de la tormenta perfecta. ¿Qué hago aquí? ¿Qué están haciendo conmigo todos los que están viviendo de mi, por mí, para mí?

¿Esto es lo que ansías? ¿De verdad que es esto lo que quieres? Es la fama idiota, es la fama... nada más. Ni es un lugar ni un estado. Sólo es un desvarío. Tú sabrás.

Entre todas las secuencias también hay alguna canción agradable de los franceses Phoenix. La directora se acaba de casar con el cantante del grupo, por cierto.

Hay más cosas pero no voy a contártelas todas. Eso sólo lo hago con las pelis que me parecen malas.

Anodina, tediosa, aislada, sin noción temporal ni espacial. Así es la última película de Sofia Coppola: Somewhere. Vete a verla pero no me eches la culpa cuando no te guste tanto como a mí. Yo ya te he avisado.

viernes, 7 de octubre de 2011

Las normas y las normenos

Camino... Ando. Me pregunto por cuántas baldosas voy cruzando. Rimas.... acabadas ando, cruzando-ando. Es mediodía.

Tres cafés hasta los topes, como los maleteros de los autobuses, por ejemplo. Tres cafés me he tomado, como tres Coca-colas. Y voy caminando, saltando por entre las ideas más felices que se me van olvidando con cada nuevo impulso. Tendría que tener un secretario hasta en la ducha. Sé que se me ha ocurrido ahí hoy la frase definitiva y no me acuerdo de ella. Y eso que aún no había bebido nada. Ni agua. Da igual, a hacer gárgaras antes de desayuno.

Estamos en la ducha ahora. Sí, estoy recordando. Hoy no canto. Sólo cierro los ojos. Noto el champú en mi mano antes de ser espuma. ¿Dónde muta el fluido azulado que guarda el bote en esta otra cosa como un pompón llena de aire y que es blanca?

Dame otra idea peregrina.

¿El champú anticaspa produce aceleración en las neuronas, como la presencia de cafeína en sangre? Hoy me despierto más con la ducha matutina. ¿Serán intercambiables? Café con leche contra una copa de champú cremoso. Lo dudo. ¿Y por qué? Porque los delanteros meten goles y los defensas los evitan, por mucho que el mundo se vuelva loco y cambien las normas hasta del parchís: come veinte y cuenta uno. El café no tiene nada que ver con el champú, me ponga como me ponga.

Primera reflexión del día.

Hay cosas que las damos por sabidas y cuando tenemos que hablar de ellas como si las supiéramos de siempre, nos entran las dudas. Esto no me pasará nunca a mí con el café y el champú, cuando, por ejemplo, me jodan una siesta, u otra frase magistral que se quedará en el limbo, para hacerme una encuesta telefónica sobre hábitos de consumo. Últimamente me han hecho más de bancos, por cierto, pero con ésas me quedé mudo, porque me preguntaron qué nombre me gustaría más para uno que se estaba fusionando. Banco Jones propuse, pero no creo que me hagan mucho caso. Nadie me hace mucho caso, supongo que será por el acento británico que le doy a las cosas de andar por casa.

El agua sigue cayendo y se ha roto la alcachofa porque también sigue subiendo, dejando el techo hecho unos zorros. Unos zorros que se empiezan a desconchar claro, lo normal entre zorros.

Escribe mil veces en el reverso de tu puto margen del puño de la manga, por favor, la que esconde el as con el que no has podido ni empatar. ¿Sería esta la frase que he olvidado hoy? ¿o será esta otra? Chalado, sigue poniendo frases, inconexas como una estrofa pegada a la siguiente de otra canción que no comparte ni nacionalidad ni cronología con el reguero de espuma que se pierde por el desagüe, por entre los pies.

El desayuno ha dado paso a la comida y la comida a la cena, eso ha sido todo hoy.

Tres vinos, y un par de suspiros mientras cuento, otra vez, las baldosas que quedan para llegar a casa. La noche es densa y suave, envolvente, como una manta de pelo ligero, o unos brazos depilados y regordetes. Nada de músculo, la noche se hace desparrame de carne fofa y puntos de estrellas, o eso dicen.... Huele bien, se respira bien, se camina bien, se ve bien esa luna como un mordisco de galleta untada en leche en el cielo.

He llegado a casa, y lo más interesante que puedo contar es que mi cuerpo suda la colonia que me he puesto en cantidades que sobrepasan cualquier intento de mi naturaleza por convertirse en animal, o cosa... Huelo a colonia aún, mucho, mientras me siento frente a la pantalla negra que va encendiéndose mientras todo se apaga. ¿No fumar hace que huelas todo a colonia? Sí, salvo cuando no te la pones de antemano. Mucha gente no se pone colonia y por eso no huele. Mucha gente no se ducha por las mañanas y por eso apesta. Mucha gente aún fuma. Saquen conclusiones.

Necesito música, y comerme un chicle, y soñar con fumarme un cigarro para dejar de oler a colonia... y de soñar con una caja de marquetería repleta de puros. Nunca fumé puros. Añorar cosas que nunca tuviste, ni hiciste ni añoraste hacer o tener. Qué cosas más raras. Por lo que parece la vida va por libre y te adelanta. Tu vida te enseña el culo y se escapa. Ella sabrá... pero sigo sin saber de dónde me ha venido las ganas de fumarme un puro. La vida se ha ido tan lejos que casi mejor esperar a que te doble, como en las carreras, que dejarse el resuello en perseguirla.

Sigo en la noche.

La noche me rejuvenece y me quita todos los miedos. La noche frente a un ordenador que está despertando para que pueda sujetarle del pescuezo en blanco que tiene la página de la noche. El cursor que parpadea, como un guiño de un cómplice canalla... me mola. La noche me hace invencible. La noche me hace. La noche me deja ser.

Ya. Suena la música, estoy soberbiamente sereno entre vinos que me tienen inmerso en un estado de calma chicha. Estoy escribiendo, ¿me lees? ¿Has dormido donde rompen las olas alguna vez? Yo sí... pequeñas, como páginas que se vuelcan una vez leídas, con un dedo. Medianas como el violento pasar de hojas de un libro que quieres y te quiere o que odias y que él te mira con indiferencia. Inmensas como tomos de enciclopedia contra el suelo, desbaratando citas y sentencias, conocimientos inútiles que dejan de atormentarte de una vez por todas.

Ya está bien. Con esas frases me quedo hoy.

Ya-está-bien. El mar se descansa en cada reflujo. Tú tienes que dormir ocho horas para lograrlo dicen. Yo me conformo con seis, o cinco. Hasta aquí hemos llegado. Se acabó por hoy. Voy camino de la cama, rumiando frases, para variar. Rumiando frases incomprensibles a las que buscarles un significado y un sitio en los estantes: conocimientos absolutamente mentirosos, recordando los pasos, las frases pensadas, los peldaños bajados, subidos, los ojos mirados y las bocas que hablaban y que apenas escucho de lejos. La gente habla... lo sé, pero para quién. No lo sé, yo no les hago mucho caso. Yo creo que escribo para nadie porque comprendo que nadie me haga caso a mi por el mismo motivo. Ninguno.

Son las normas... intuyo. No tener muchos motivos y no hacerte mucho caso. Y la hora de volver a ir a dormir. Es la única forma que hay de volver a tomar café, y champú, otro día más.

Ah, también he estado leyendo el último libro de Houellebecq.

 Vicent Van Gogh - Calavera con cigarrillo encendido