miércoles, 7 de septiembre de 2011

Las páginas amarillas

Portada

El otro día, por la mañana, cuando la gente de bien coge los autobuses para ganarse el pan, o el pin de empleado del mes, pom-pom-pom, llamaron a la puerta.

-¿Quién es?
-Las páginas amarillas.

Coño, pensé, por fin un audio-libro aunque tenga problemas de hígado. ¿Y me lo regalan sólo por tener una línea con Telefónica, que jamás utilizo para llamar por ella? Qué suerte. Pero no. Era demasiado pedir.

-Vengo a dejárselas- tuvo que añadir.

Fin del misterio. Como para solicitarles un teléfono pijo, aunque fuera amarillo, volví a pensar, por segunda vez esa mañana. Por mucho que les amenace con irme a otra compañía me parece que me van a mandar a recoger espárragos trigueros. En móvil no gasto mucho. Me ahorraré el tono. El amarillo es un color desagradable, incluso para un teléfono pijo. El paso del tiempo es amarillo y la mancha de la nicotina de fumar como un condenado, esperando, también. Molière murió de amarillo, dicen, y por eso es mejor decirle mierda muchas veces a un actor que una sola amarillo. Vamos, para simplificarlo: el amarillo es un auténtico marrón.

Lléveselas lejos, contesté, cúrenles la cirrosis o la hepatitis, no creo que las necesite teniendo internet. Pero me las dejaron en el felpudo, como los bebés abandonados de las películas de sobremesa. Jodido chantaje emocional, así no hay quien las tire al contenedor de papel, dije, y ahí están, en la mesa del salón, junto con la páginas blancas, haciéndose compañía y cosquillas con los pelos de la barba. Unas sobre otras. 

Prólogo uno

¿Qué una guía no tiene sentimientos? No lo sé, en realidad yo tampoco tengo felpudo, ni llamó nadie por la mañana al timbre. Las habían apoyado en la puerta de casa y cayeron hacia adentro cuando salí a comprar el pan que tampoco compro nunca. La realidad es una anarquía con el mecanismo de un reloj de piedra. La realidad es un criterio de arbitro casero que compensa un penalti con un fuera de juego inexistente. La realidad es un profesor que nos tiene manía: ¿por qué en esta pregunta me ha puesto un cero coma cuarenta y siete sobre uno, si yo creo que sería más justo un cero coma sesenta y dos?

Magritte - La réponse imprevue

Prólogo dos

Ya está, somos una incongruencia, y decidí empezar a escribir la novela de la incongruencia. Así de sencillo. En pijama, con el café con leche en la mano, con el albornoz anudado fuerte. Y entonces me puse a buscar incongruencias, para darle vida al muermo. Comencé a seguir la senda de baldosas páginas-amarillas, a ver dónde acababa. Quizás hasta pueda comprarme, por fin, un albornoz. Debo de ser el único que no se ha atrevido a robar ninguno de los hoteles en los que había. Pasa la hoja, venga.

Capítulo uno punto cero

Si supiera gritar susurraría. Si supiera poner caretos me gustaría ser modelo de Adidas aún que sea más de Nike (de pequeño era de Rebook pero ya no se ni si existe la marca de la banderita inglesa). Si supiera beber whisky a palo seco me haría abstemio. Si supiera escribir me amputaría los dedos para quedarme mudo. Si supiera qué quiero ser, pediría la jubilación anticipada... o mejor, la incapacidad permanente. Tengo algunas intuiciones, pero poca cosa: como nunca pude ser futbolista me conformaría con ser balón (pelota me es imposible) y como jamás seré alto me conformo con tener un poco de vértigo, por sentir las cumbres de cerca, con su brisa y todo, y sus nubes. El símbolo musical que más me gusta es el rectángulo del silencio. La frase que más me impacta es la que lleva un punto y coma. Dejé de fumar cuando conseguí aprender a liar mis propios cigarros. Me pierdo en la línea recta, y haciendo eses siempre he conseguido volver a casa. Si fuera una tanguista de Buenos Aires podría por fin rascarme las puntas de los pies dejándome arrastrar por el fango.

De pequeño aprendí a hacer aviones de papel arrancando hojas de la guía de teléfonos.

Si supiera hacer flexiones, me pegaría el día haciendo abdominales (je-je... Mentira). Si consiguiera ver bien de lejos, me seguiría comprando gafas. Si me concedieran una hipoteca, la pagaría al contado. Si me dieran las gracias, yo respondería con por favores. Si venciera... lo habría perdido todo. El caso es llevarme la contraria, que es lo que más me gusta. Si fuera... si fuera. Mejor dentro, que fuera ya empieza el otoño. Y así con todo.

Sigamos escribiendo.

Capítulo dos y medio

El inquilino del sexto bajó por las escaleras esperando un tropiezo para cobrar la indemnización del seguro de la comunidad. Nada. Otro día que conseguía bajar sin romperse la crisma. Es un inútil, pero le saca partido. Si fuera menos nulo, no le gustaría ligar con mujeres guapas. Siempre intenta ligar con ellas porque sólo se siente vivo cuando le llaman aborto. Ellas se lo llaman. El aborto sube entonces a casa en ascensor, para mirarse en el espejo y sonreír.

Si desea saber por qué sonríe pase al capítulo treinta y tres un tercio si no, pase de toda esta movida y llame al 11811 y pregunte por un psicoanalista que nos saque a todos de este delirio por el atajo más barato, si no es mucho pedir.

Capítulo tres y un cuarto

¿Alguien ha pensado alguna vez en la de cosas que no va a ser, que no va a hacer, que no va a tener? Jamás vas a sacar para ganar en Wimbledon. Si te ves vestido de blanco no te asustes, es más sencillo que sea porque estás en Pamplona por San Fermín. Aquí puede que sí rompas un servicio. Por no hacer, no vas ni a pisar su hierba de las pistas. Ni de visita. Nunca vas a ser la reina de Inglaterra para entregar los trofeos a los sudorosos finalistas. Ni vas a poder leer el verso del poema de Kipling, "If", que está escrito en la pared, justo antes de entrar a la pista central: “Si puedes conocer al triunfo y la derrota, y tratar de la misma manera a esos dos impostores”.
¿Para qué quieres ganar? ¿Realmente para qué quieres ganar? ¿Y qué sentido tiene perder? ¿Merece la pena hacerlo? No hay nada más incongruente que el deporte de competición. Lo ideal sería quedarse en medio, sobre la red. En equilibrio.


Capítulo tres y dos cuartos

Nunca vas a descubrir tampoco el secreto del éxito. Me temo que ni en sueños vas a volar en un avión privado con cama, ducha y tripulación que te llame señor en vez de cretino o lo que es aún peor... caballero. Caballo no quiero tener. Gracias. Una cosa menos. Lo del avión sí que me ha dolido más. Me gustan los camarotes por las dudas existenciales que me generan. Por ejemplo, ¿las camas de los aviones tendrán cinturón de seguridad? Las turbulencias creo que no son clasistas, pero tampoco hay que decirlo muy alto, caballero. Sujétese que vienen curvas. "Caballero, perdone, pliegue su mesa y ponga su respaldo en posición vertical, que hemos iniciado las maniobras de aproximación". Deje de llamarme caballero, por favor... me está poniendo muy nervioso. "Lo que quiera, caballero". En cuanto aterrice, pongo una queja. En cuanto aterrice, voy al mostrador y les monto un pollo de padre y muy señor mío. Si tan caballero soy, ¿dónde está el caballo que facturé? ¿Me lo han perdido? Exigiré una indemnización más grande que la que lleva persiguiendo media vida mi vecino del sexto.

Epílogo cuatro coma setenta y seis

Me dieron una copia del pliego en el que tuve que hacer un boceto del caballo que dije que me habían extraviado. Me fui contento a casa y subí por las escaleras para ahorrar electricidad. Todo es absurdo. La vida es una estupidez. La vida es una tremenda, absoluta y completa gilipollez. Pero... por muy forrado que tengas el riñón y el bolsillo de los dineros y de las convicciones, lo único seguro que tienes es que estás vivo. Todo lo demás es mentira, aunque lo puedas tocar.

 Magritte -Ceci n'est pas une pipe

Fin cuatro coma nueve periódico puro.

Contraportada

La vida es una novela y esta novela que os estaban contando, por si alguien no se había dado cuenta, es un cuento.

Todos los novelistas coñazo son unos cuentistas.

19,99 €

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