lunes, 1 de agosto de 2011

Helado de verano

Mientras va cayendo lentamente otro día en el estercolero del horizonte, y la noche tampoco se decide a llegar porque en verano todo es lento y tedioso, como las chicharras que cantan para joderte la siesta, escucho música. Saltando, como quien recolecta agujas de pino. Con espasmos, sin dejar llegar a las canciones ni siquiera a la mitad. Mis discos usados se van convirtiendo en clásicos a los que se les reverencia como si se hubieran caído del cielo, como si no fueran humanos, como si no se hubieran puesto nunca a la venta, como si hubieran surgido como las setas, blop, en los museos de cada cual. Qué cosas...

Vendrán los críos a descubrírtelos, porque yo lo hice.

-¿Conoces este disco? Es buenísimo.

No hace falta la respuesta, pensarás, para qué decir nada si nadie escarmienta en cabeza ajena. Algunos incluso los vi nacer, podría decirle, ganaría puntos, interés, después de haberlos esperado sin noticias durante bastante tiempo. Internet no existía. Había silencios. Hoy todo esta lleno, también de ruidos. Eso los críos no lo saben. Yo a veces tampoco lo recuerdo. Pasábamos meses sin noticias de algo, alguien... Y de repente se llenaban las radios con una canción, la nueva, sin avisar. El disco se pone a la venta el próximo mes... y cada día ibas a buscarlo, hasta que lo encontrabas, pasadas dos semanas, o tres, u otro mes.

Todo era un poco así, a otro ritmo, y vivíamos. Se podía vivir. Nos lo pasábamos bien.

Antes sólo teníamos un teléfono por casa, y todo el verano para decidir si llamábamos a la chica que sólo tenía otro teléfono delante del que esperaba una llamada... de otro. Así suele funcionar el mundo. Una extraña sucesión de ruedas dentadas, encajadas a complejos engranajes, que iban moviéndolo todo cuando alguien accionaba un resorte. Había que estar atento porque los movimientos eran bruscos, pero muy rápidos. Aunque la mayoría del tiempo todo estaba como muerto. La adolescencia era mucho más estática de lo que nos pareció. Los teléfonos estaban colgados en las paredes, como cuadros, y no era de ninguno de nosotros. ¿A qué hora la pillaré en casa? Todo era planificar, hasta que daba tono la línea. Dos tonos... ya suena al otro lado, aún puedo colgar, como ya lo hice hace tres días. Tres tonos... ¿y si no hay nadie? Cuatro, cinco... seis.

-¿Quién es?
-Hola. ¿Está ella?
-No, no está. ¿De parte de quién?
-Yo.

Había tanto tiempo detenido entre tomar la decisión de buscar el teléfono, ensayar la llamada, llamar y colgar, completamente cansado, harto. Vivíamos de imaginarnos la vida más que de vivirla. Ella no va a devolver nunca la llamada por eso lo vuelvo a intentar.

-Hola. ¿Estás?
-Sí, pero he quedado.
-Ya. ¿Y mañana?
-También.
-Bueno, pues hasta el verano que viene.
-Adiós.

Y nos volvíamos a ver las caras en el colegio, pongamos último curso de B.U.P., y volvíamos a despreciarnos en los mismos bares en los que nos buscábamos siempre. Alguien accionará la palanca que agite la realidad a mi espalda. Ya veremos cómo nos adaptamos a la sacudida... hay que seguir viviendo. No quedaba otra. No queda otra.

Julio ya no es lo que era. Ha hecho frío. Nosotros ya no somos tampoco lo que éramos. Nada es igual desde que existen los mensajes de texto al móvil y terminan todo por la vía rápida. Los mensajes son como lanzar una granada de mano, parapetándose en la trinchera, de espaldas, esperando a que reviente la carga en forma de bip-bip en su pantalla: Kedamos? No,ya h kedado. Adiós. KTDN.

Han cambiado la épica por lo práctico. Los críos siempre terminan por ganarnos por la mano, salvo que con tanto dinamismo, el suelo se les ondule y no consigan dar ni un paso tampoco. Pero ellos también tendrán que explicarse su mundo cuando se lo hayan arrebatado los siguientes. A ellos también les llegarán las rebajas del verano, y los saldos.

 Roy Lichtenstein - Ohhh... Alright

2 comentarios:

  1. Me da miedo pensar que el mundo haya caído en la entropía.

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  2. Ni caso. El mundo está hoy a todos los niveles mejor que hace 50 años. En todos.

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