lunes, 13 de junio de 2011

Bruxismo

El día empieza con un cansancio que ayer no tenía: una cuesta, cuesta arriba, una cuesta de escaleras serpenteantes que ascienden entre un mal rato de cielo medio oscuro, me duele la cabeza, y un mar de acuarela, revuelta, con regadera, de crío, agua, pincel gordo y pared blanca: charcos, como globos de agua explotados contra la acera. ¿Ha llovido o han limpiado? Y sólo es por la mañana, miedo da la tarde que se nos viene, como el brazo de un pesado conocido que te tritura tras la nuca los hombros. Un mar sin puerto ni puertas... flotando como un corcho perdido del envoltorio blanco de algún aparato tecnológico que no sabemos usar, para eso sirvo hoy que hay una fiesta excesiva de color y dedos de prestidigitadores garabateando frente a tus ojos para sacarte el dinero, como si lo tuvieras. Una fiesta estridente de dimes y diretes en las que todos mienten. Las sonrisas sólo son abismos tapados con una losa que si se pisa se rompe. De ti sólo quedará el hueco, y el grito ahogado por otras carcajadas. Qué felices somos fingiendo, dirán. Mirad, mirad cómo nos reímos para que penséis lo felices que somos. Ja-ja-ja... Fingimos que no nos gusta comer gratis, ni beber, pero comemos y bebemos como si lo estuviéramos buscando siempre.

Sigo en mi mañana, aturdido, con las articulaciones dadas de sí, como la rosca de la tapa del vinagre, por ejemplo. Una mañana de azul y resaca, saca, sácamela de aquí que ayer no me tomé mas que una infusión de sabor chicle ácido, ¿es posible las resacas preventivas, penitencias rezadas de pecados aún no cometidos? Un saco de huesos con zapatillas arrastrando pies por el suelo de madera... La fiesta ha terminado sin haber empezado aún: un seco saludo en un suelo húmedo lleno de vasos, texturas colgadas de la suela derecha de la zapatilla, el pie izquierdo descalzo porque este dolor sólo puede ser el de un cristal pisado que atraviesa todo lo irreal que tiene una huella. La mitad de la mirada en un sueño -aún duermo, en la cama tibia de primavera con un ojo abierto-, la otra en un rincón de noche, cerrado el párpado opuesto, junto a los calcetines que no sé dónde cayeron ayer cuando me los quité envuelta en silencios y estruendos. La vida... coño, la vida es eso, y todo revuelto y sin que tengas sed beber y sin que tengas meta caminar, aunque sea en círculos, y la tristeza y la alegría y la miseria y la seria portera de un edificio al que nunca te dejan entrar, el serio rastro marcado de las ruedas de un carro o de un botijo con ejes o una bicicleta camino del viento que sopla allí, donde terminan los castillos, donde empiezan los acantilados, donde se asoman los suicidas y los afortunados. ¿Has estado en el baluarte del Redín cuando amanece, cuando atardece, cuando no eres capaz de saber si amanece o atardece? Eso es la vida, supongo, no saber exactamente nada, pese a tenerlo todo envolviéndote. ¿Es levante o poniente esta luz extraña que se respira como si fuera la niñez? Vuelve a casa luego, y échate la siesta, que así nunca te equivocas.

Ya es tarde o se ha hecho tarde, y camino. Delante de mí tengo una calle mirando una frase. ¿Por qué la gente necesita colgar pancartas de lado a lado de las fachadas? La vanidad, supongo, de creer que con una oración, sin punto, puedes controlarlo todo y a todos. Mendrugos totalitarios... no pienso pararme como ellos, vecinos y vencidos, a leerla, me ato al mástil y me sello con cera los oídos. Voy por libre, como siempre, camino de una noche sin sueño y una tarde destartalada como las ventanas de una casa dejada de lado, a desmano, chocando las maderas contra los muros hasta que se desquician. Ya podía haber mar bajo todas las alturas... y mareas, y no charcos de agua sucia que reflejen la podredumbre de una ciudad que se hace con desechos...

Y para combatirlo monto el tenderete, en la misma plaza, en las mismas calles, en el espacio que dejan sus ideologías: un cuadro puesto en su caballete con una pluma de tinta invisible, al fondo el horizonte de una tarde de despedidas. La página más hermosa es la que nunca será manchada con trazo alguno, párrafo sobre párrafo oculto, dibujar con el dedo o con la mirada, sin más. No dejar nada a nadie nunca. Dejarlo eternamente en blanco.

Adiós, me voy. A mi espalda la fiesta... la fiesta y la fe, o algo así. Son sólo la huella de las sombras de un fanatismo que desciende por las escaleras de la historia y que van haciendo de pasado, de futuro, de presente, de un presente regalado a los que sólo saben llamar a un teléfono que comunica, esperan, a que vuelva a dar señal, por fin... ya, pero luego a veces nadie lo descuelga, como yo... que dejo todo detrás y me voy alejando, despacio, sin pasión alguna, sin ninguna gana de mirar ni de participar en nada. No merece la pena darle gusto a nadie por conseguir nada, ni necesito el calor de un grupo que no conozco para no pasar frío.

Para vivir necesito pocas cosas y para desahogarme soledad. Pongo una canción y le doy a las teclas hasta que se quedan las yemas blancas de apretar tanto. No sé gritar de otra forma más que con los dedos. Mi indignación está en mis manos.

Vincent Van Gogh - Terraza del café por la noche

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