domingo, 15 de mayo de 2011

Madrugada

Se hace raro, todo: la noche, el calor que aún arrastra la noche, la luna difuminada por un velo de nubes papel cebolla y sentarse a ver cómo se va clareando y oscureciendo el cielo en un banco al lado de casa.

Fíjate allí... sí, ¿tendría que estar ahí? No lo sé. De todas las estrellas que no se ven me gustaría saber el nombre de aquélla que no sé dónde está. El cielo se araña de vez en cuando y se abre, pero no veo nada. Nunca he sabido cómo se llaman estas cosas ni de qué forma giran, pero quizás tú puedas orientarme. La astronomía de las manchas blancas de polen que van moviéndose por el césped como si reflejaran otra noche en la noche es a lo más que llego. Estornudo, la alergia, y si no fuera por él, porque de alguna forma se la debo, situar ya para siempre la luz entre tres antenas, un alféizar sin afeitar y cuatro ramas de un árbol que ha crecido más de lo razonable, me hubiera levantado y ya estaría en casa, con un Cola Cao o una manzanilla para la digestión.

Descuelgo la cabeza y la bóveda se hace plana, se tiende, como la ropa negra en un día de brisa de mar de madrugada. Sólo puedo señalar con la nariz, a golpes, porque no tengo muchas ganas de más. Mi miopía nunca me ha dejado concentrarme en un punto, se me escapa, y por eso hoy, medio nublado, mientras busco una estrella que tendría que estar ya donde señala la punta de la cornisa del edificio más alto, no la consigo fijar.

Ahora refresca, los bolsillos llegan hasta donde llegan, y no tengo más noticias porque casi no nos tratamos, el tiempo da para lo que da, hasta que te lo quita, como una mala mano de lo que sea... poker o tute subastado. Cierro los ojos, ya no veo nada... completamente resignado a que la noche siga ocultándose. Y viernes, entero ya... tres de la madrugada ¿Y si mirásemos todos a la luna a la vez?¿Y si todos nos buscáramos en el cielo cuando nos hemos perdido?  

-Señor. Oiga señor. Por favor... - mientras me tira de la pernera del pantalón. ¿Me he quedado dormido... aquí? - Oiga señor, ¿me ayuda a cruzar al otro lado de la calle, que me da miedo? -¿Qué hace un niño de unos seis años sólo por la calle a estas horas? ¿Y qué hago yo, y dónde?

Tira de mí hasta que me levanto y le acompaño al paso de cebra que hay justo en la puerta de un hotel de tres estrellas. ¿De verdad que me he quedado dormido? El semáforo se pone en verde y le cojo de la mano hasta que llegamos a la otra acera. El niño se suelta, me da las gracias y arranca a correr con la vitalidad que sólo tienen los críos que aún no saben qué serán de mayor. Cuando ya pensaba que su voz había sido un sueño se paró, se giró de un salto y me gritó:

-¿Cómo quedamos ayer?
-¡Ganó Osasuna!- le digo. Y con los brazo en alto, gritando, eufórico, el niño giró por una esquina hasta que dejé de escuchar el eco de su celebración.

Tres minutos después di media vuelta y emprendí el camino de regreso a casa. Hoy iba a llegar el último de todos...

 Vicent Van Gogh - La noche estrellada sobre el Ródano

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