martes, 15 de julio de 2014

Vivir en verano

Hay sitios a los que vas y de los que no vuelves nunca porque te quedas para siempre. Hay horas que pasan tan rápido que parece que te han quitado minutos. Hay trayectos en coche que son como quedarse quieto, mirando un paisaje con curvas blancas, perfectas, por una carretera negra, abotonada, por la que circular sólo guiado por los sentidos. Respirar y oler, mirarlo todo, sentirlo, abrir los labios para comerte el sabor de la mañana, de la tarde, del encuentro e incluso de la despedida. Cuando aún no habías comenzado imaginabas que vivir era algo de todo esto. Vivir es vivir y vivir será luego escribir que has vivido. Vivir y poco más es justificar la vida. 

Mientras tanto descubres lugares en sus piernas con los que soñaban tus manos, y al revés, y sientes que todo merece la pena porque sus ojos sonríen antes que tus labios, ocupados en quedarse boquiabiertos. Todo es diferente cuando no lo escribes desde la imaginación, porque todo es mejor cuando lo recuerdas. Quizás por eso, cuando creces, dejas de leer tantas novelas y te quedas enganchado a las biografías. Entre imaginar una vida y poder vivirla no hay duda, la vida te tira hacia ella, aunque por el camino te pinches con las hierbas y después la melancolía de la ausencia te arañe. 

Llegar a lugares, recorrerlos, disfrutarlos, entrar en todos sus templos. La ciudad para ti, desde la mañana. Palmo a palmo, hacer que todo cobre sentido en ella, lo que sabías, lo que intuías, lo que conocías sólo por las fotos. Hacer que todos los engranajes encajen donde querías que encajaran, hacer que la visita sea lo más divertida posible. Casi surrealista. Hacer del verano una patria donde todo es posible. Hacer que la belleza sea el lugar al que volver una y otra vez. Por eso viajo después del viaje por los mapas, con un dedo, recorriendo las calles, los recodos, los dobladillos que ahora sabes que dan al amanecer rojizo. Tras esa loma con espinas está el viento que susurra y trae una brisa húmeda irresistible. Te deja un sabor a salitre en los labios, que saboreas muchos días después de haber dejado el mar que has conocido y del que ya no quieres irte nunca. 

Vivir era esto o quizás esto en realidad sólo haya sido comenzar a vivir. Y todo siempre en verano, como el color encendido de tus manos, como las ganas de volver a recorrerlo todo de nuevo antes de cambiar de estación.

Roy Lichtenstein - Girl with ball

martes, 8 de abril de 2014

Yo de Marte de toda la vida

Cada vez que veo las fotografías que manda el robot Curiosity desde Marte siempre me hago la misma pregunta. ¿Si el ser humano colonizara ese planeta, cuánto tardaría en surgir nacionalistas marcianos?

Miro los paisajes y sólo veo un territorio rocoso e inhóspito, pero sé que en cuanto hubiera un ser humano en su superficie, el germen de “lo nuestro” estaría sembrado. Sólo sería cuestión de tiempo que una comunidad se pusiera a llorar contemplando el paisaje, orgullosa de pertenecer a ese secarral y no a otro lado. “Yo soy muy de aquí”, dirían, y “esta inmensa llanura llena de rocas rojas y polvo se merece ser para decidir”. 

Así trascurrirían años, hasta que una guerra descolonizadora les separara de la Tierra. “No necesitamos ese planeta azul y verde”, “quieren socavar nuestra identidad roja, nuestro polvoriento desierto”. “Quieren que seamos lo que nunca hemos sido, amantes del agua y las verduras verdes”. Y se crearán comparsas que canten las loas de Marte en todas las bodas, reafirmándose marcianos con cada gorgorito, dándose palmadas para sacudirse la tierra que todo lo cubre los unos a los otros. Y alguien lo verá. Un visionario. Ya está. Ése será el gesto: palmearse los hombros para retirarse los unos a los otros el polvo marciano. El comienzo, el clan, la satisfacción de pertenecer a un grupo con unas formas de hacer ancestrales. Soy de Marte y tú no. Y surgirán bailes folclóricos, levantando la pierna y agarrándose del pulgar del pie opuesto, girando. La menor gravedad de la atmósfera marciana hará el resto. Un giro como no se ha visto en toda la galaxia. Un giro sobre el que levantar un imperio. Sacudirse los hombros y agarrarse el pulgar del pie. Lo tenemos. No somos terrícolas, somos marcianos y merecemos un futuro mejor, gobernarnos a nosotros mismos agarrándonos de las orejas como símbolo de libertad. ¡Oreja y libertad! 

Crearán instituciones, funcionarios. Diseñarán banderas y sonarán himnos. Desfilarán los niños vestidos de rojo “polvocolorado”. Marte para los marcianos… y todo será amor y alegría. Por fin somos nosotros. Por fin lo hemos conseguido. Hasta que la sombra del eclipse terrícola les vuelva a envenenar el ánimo. Ya no tenemos enemigo exterior, así que hay que comenzar a odiar al vecino. Mi cañón del colorado marciano es infinitamente más digno que tu cráter de meteorito místico. La comunidad se dividirá en dos grupos antitéticos: los que comienzan a sacudirse los hombros por el derecho y los que comienzan a sacudirse el polvo por el izquierdo. Desembocará semejante afrenta en una guerra civil salvaje. Te odiamos, no podemos soportar que tu gesto sea diferente a nuestro gesto. Y se torturarán y se someterán y se matarán para imponerse al otro. Y después se volverán a matar disgregados en más facciones. La muerte humana como hecho diferencial humano.

Ése es el futuro de la humanidad en cualquier lugar del Universo. Muerte y gestos y bailes… hasta que dejemos todos de dar el coñazo con identidades o seamos todos tunos, claro.

Fotograma de "Mars Attacks!" (Tim Burton, 1996)

miércoles, 19 de marzo de 2014

El testigo

Si le hubieran preguntado habría contestado que creía que tenía sueño. Luego, al tiempo, se enteró de que otro pasajero había dicho que pensaba que estaba borracho. Un tercer testigo, médico, que le localizó por Twitter, le dijo que creía que ya estaba muerto cuando salió del autobús por la puerta delantera, empujando a la gente que entraba. De aquel viajero que tenía delante, apoyada la cabeza en la ventana, no queda nada más que una esquela en un periódico de provincias. Lo sabe porque un anónimo se la mandó por correo electrónico.

Pasó el tiempo y ya ninguno de los que vieron al muerto por última vez estaba en la misma ciudad. Lo recordaba bien, pero cuando vino un periodista a su casa para preguntarle por el caso de la mujer que desapareció en un taxi, dudó. Él juraría que el pasajero era hombre y estaba seguro de que se había bajado de un autobús urbano de Pamplona.

Se bajó por la parte delantera, le dijo al plumilla, empujando a todos los que subían. Un niño se cayó al suelo y una abuela le arreó un bastonazo, pero no se inmutó, dando tumbos por la acera se perdió entre las calles peatonales de la ciudad. "¿Está usted seguro?" le preguntó aquel cronista que había venido de fuera para escribir un reportaje. "El conductor no se acuerda y nosotros sabemos que era una mujer porque tenemos una fuente en el gobierno y otra en la oposición". "Yo no miento", le contestó. Y el corresponsal se fue indignado porque el relato del testigo no coincidía con lo que él quiere contar. "Le conviene no seguir manteniendo esa incongruencia" le avisó el periodista, y cerró la puerta violentamente para encaminarse a la redacción del periódico para publicar el artículo que ya tenía escrito. 

Al tiempo, varias televisiones empezaron a calumniarle. Primero en programas sensacionalistas y más tarde en todas las ediciones de sus informativos. "Miente", decían todos, y no sólo miente, sino que lo hace seguramente por algo muy grave. Le comenzaron a mirar por la calle, disimuladamente al principio y después a la cara. Más tarde le señalaron y después empezaron a insultarle. Cuando llamó a la policía pidiendo protección acabó detenido, como sospechoso y, para cuando quiso darse cuenta, un juez le había condenado a cadena perpetua por el asesinato de una persona a la que sólo había visto con sueño dando cabezadas en un autobús.

René Magritte - Decalcomania

viernes, 28 de febrero de 2014

El minuto después de despertarte de la siesta

Retomar obsesiones, o quizás sólo sean rutinas. Volver a coger la bici después de dos o tres meses parado. Volver al circuito. Reencontrarte con la fatiga, con la velocidad que se mantiene en el tiempo, con la agonía en algunas cuestas, con las ganas de parar y no hacerlo nunca. Volver a un paisaje que reconoces pero que en tan poco tiempo ya ha cambiado. Detalles. Un camino que no estaba, una señal, una fuente nueva u otra que no tiene ya agua cuando intentas llenar el botellín. La vida va y si no vas con ella luego no hay manera de volverse a subir. Te quedas mirando los comercios buscando a los antiguos dueños, que ya dejaron de regentarlos hace tres o cuatro traspasos. La vida es un cambio inmenso suma de sutiles transformaciones individuales. La vida es un detalle detrás de otro.

Los referentes, piensas, entonces te das cuenta de qué son. Ya no haces equilibrios sobre el abismo, sino que necesitas agarrarte a certezas que te hagan saber quién eres. Retrocedes en los gustos musicales, vas buscando de dónde vienes, y tanto lo buscas que te agarras a canciones de un tiempo que tampoco viviste. Vivir en el pasado porque es el lugar donde las circunstancias ya no cambian. Pero no es tu pasado. Realmente tampoco es el pasado de nadie. Es un lugar moldeado según tus preferencias y que nadie puede tocarlo. No va a cambiar si tú no lo quieres. Un lugar en el que la panadería de la esquina nunca cambia a mercería y muchísimo menos a frutería. 

 Me levanto de la siesta con sabor a galletas y fuera llueve. Pamplona es un afuera en el que siempre llueve. Miro las redes sociales y sé que ahí tampoco existe nada. Podría desaparecer sin dejar más rastro que una línea inconclusa. Contar cosas, a eso hay que dedicarse. Contar cosas una y otra vez, donde sea, sin esperar nada de las cosas contadas. Dejarlas escritas en todos los medios que podamos. Contar el mal rato de no recibir ni un correo, contar la sensación de fracaso que lo rodea todo. Contar cómo te quedaste primero al margen del pasado, luego del presente y ya hasta del futuro. Contar que los vencedores se quieren apropiar hasta de la dignidad de nuestra derrota.

Pablo Picasso - Le Rêve

jueves, 30 de enero de 2014

El silencio es un lugar

Tengo tal saturación de palabras que ya sólo quiero silencio. Comunicarme mediante el silencio, clamar, sostener una nota imposible en silencio. Tengo tal necesidad de frenar los dedos sobre el teclado que me he propuesto escribir sólo con el índice de la mano izquierda, para obligarme a ir muy lento y así meter el menor ruido posible. Escribir es ruidoso. Lo escrito mete ruido. Las conversaciones son sordas. 

Vivimos en un continuo contarnos cosas que no comunican nada. Nos soltamos frases como quien suelta propaganda en los buzones y después a esperar, mirando si alguno de los mensajes obtiene una reacción a vuelta de correo. La comunicación hoy es más un canal de venta que una empresa común. Yo me muestro para venderme, y tú se supone que tienes que comprarme, o no. Lo que ocurre es que en este mercadillo hay más vendedores que compradores. Prácticamente nunca se materializa la venta y a veces se puede confundir el no, que realmente nadie te lo ha dado, con la ausencia de comprador. Nadie me compra, piensas, pero es que a veces no hay nadie que compre entre todo este gentío. Al otro lado del escaparate está vacío, pero no lo podemos saber porque son pocos los que se puedan acercar al cristal. 

El cristal tiene vaho. Habría que limpiarlo y acercarse con las dos manos en la cara, para evitar que la luz de la estancia te deslumbre, y comprobarlo. Es complicado hacerlo. Fuera sólo está el tiempo, cochambroso, de un par de personas que pasan y de una oscuridad que oculta una calle mal barrida. Fuera sólo está la realidad. La realidad no es una fiesta. La realidad es vulgar. 

Hasta que un día sales, o subes por las escaleras de la estancia donde todos están reunidos bulliciosamente y vas perdiendo el griterío con cada escalón que pisas. Hasta que aprecias el silencio, después de haber comprobado la inutilidad de todas las palabras. Hasta que necesitas el silencio, para que este dolor que tengo en la espalda de soportar tanto frenesí desaparezca. Y asumas que era demasiada actividad para no conseguir nada. Demasiado gasto de energía en una obra que no tenía una rentabilidad concreta. Demasiado disperso el fogonazo para acertar en el punto deseado. 

El silencio conectará con otro silencio y nos lo callaremos todo, y nos reconoceremos mirándonos y seremos legión y lo enmudeceremos todo. 

Siento que soy dueño de mis silencios y allí, donde todo está callado ya, voy a montar mi discurso, con el que empezar de nuevo.

Edward Hopper - Morning sun

sábado, 12 de octubre de 2013

Periódico puro

Un trueno, un silencio y un relámpago y un silencio más profundo y un estruendo en mitad del salón. Mirar fuera, por la ventana desde donde has estado cenando y charlando y tomando una copa y otra más y saber que tienes que volver a casa andando bajo esa amenaza, es una sensación poco confortable. La calle es un lugar incómodo, ondulado y en espiral, por el que caminar no es sencillo. A veces te cambian hasta las aceras que pensabas que conocías y te pierdes en tus propios espacios. Las ciudades cambian tan rápido que no puedes ni vivir tranquilo durante la cena. "Ya nos veremos" dices, pero piensas que quizás sea la última vez. Sales a la intemperie como quien se acerca al abismo donde abajo está el mar desquiciado que pega contra las rocas. Antes había mapas pero el presente es más torpe, a estas horas, sólo guardamos en los bolsillos teléfonos apagados, sin batería. Llamarías a un taxi, pero han quitado todas las cabinas. La noche es un ir improvisando derrotas y cruzas en diagonal por un paso de cebra medio borrado, dejando atrás la seguridad de las carcajadas con los amigos.

Pero no todo es tan inestable. Cuando tomabas el postre, las rotativas comenzaron su lucha contra la desorientación, poniéndolo todo a girar en una órbita conocida. Se convertirán en referencias del caminante como una hoja con las soluciones de la sección de pasatiempos.

Salen los periódicos calientes empaquetados y se distribuyen, o eso dicen. Quizás sea un sueño, y no lo siembren todo antes de que nos echemos a la calle. Quizás las pilas de diarios en las puertas de los kioskos, las panaderías, los comercios de latas de conservas, las librerías que aún venden prensa, no hayan llegado hasta allí sino que brotaron, en lo que dura el trayecto de la madrugada quieta y el quieto amanecer. El despertar y el último trayecto del trasnochador huelen a tinta impresa.

Sin los periódicos, los días no empezarían ni terminarían. Sin los periódicos, las calles se quedarían sin poner, y las seis de las mañana serían siempre las seis de una mañana cerrada para siempre, perdida entre dos luces que no dicen nada porque nada existiría.

Volver a casa un domingo cuando sólo tienes ganas de dormir nunca hubiera sido posible sin las referencias de los fardos a cinco columnas, en cada puerta, bajo aquel porche, en aquella acera como un camino de migas de pan. Te van acompañando de la mano hasta llegar a casa, recoger el periódico del felpudo y dejarlo sobre la mesa de la cocina. Ya estamos de nuevo los dos a salvo, ya podemos soltar el aire retenido, de nuevo en el hogar. Lo abres, buscas la cartelera cinematográfica para ponerle nombre a la noche y te acuestas feliz. Ya han publicado el título de tu periplo.




 Leonora Carrington - El laberinto

sábado, 23 de febrero de 2013

Platea

Una calle, dos personas, tres sucursales de banco y un cuarto oscuro lleno de trastos inservibles. Eso es lo que se ve desde el patio de butacas. Parpadeas y el decorado cambia. Vuelves a parpadear y se reemplazan sólo la mitad de las piezas, las de color más claro, dejando casi a oscuras el espacio escénico. Esto es la vida. Ahora hay que llenarla de personas que hacen sentimientos sobre las tablas para conseguir cosas: un trabajo, dos puestas de sol hasta que vuelve el amanecer, por duplicado; tres copas de ginebra, un cuarto de libra con queso acompañado de un quinto de cerveza congelada.

Y sí, los sentimientos se hacen, todo se hace, y se deshace todo. Hacemos tiempo, deshacemos días. Hacemos y deshacemos alegrías y penas. Miro el programa de mano y me deshago en halagos. Está en blanco. Como en blanco está mi cabeza ahora mismo, desubicada, desorientada. Delante un color de luz como apagado, pese a que lo enreda todo. Detrás más butaca y un pasillo que corta en dos, en tres, en cuatro, como ríos en patio. La vida son los ríos que van a parar al escenario, que es el morir. Miro el programa y ya no está en blanco, sino que la tinta está corrida, como si hubiera llovido mucho. Pondrá algo, estoy convencido, cuando se seque.

Por la puerta va entrando gente con la entrada en su mano buscando su asiento. Es su sitio, se dicen. No, no, por favor, es el suyo, siéntese usted. No por favor, siéntese usted primero en mi sitio. Se lo suplico, siéntese usted en el mío. Al final alguno opta por sentarse en el suelo para no molestar, sin darse cuenta de que la molestia es mayor, porque entorpece el discurrir tranquilo de personas que necesitan cederse el paso. Yo mastico los recuerdos que sé que voy a tener. Todo esto no lo he vivido, estoy seguro, pero sé qué va a pasar. Cuando todas las personas estén sentadas, entrarán esos que están saliendo en estos momentos sobre el escenario y mientras se despliegan, cubriéndolo todo, irán señalando hacia los que les vemos, con el dedo índice, como en estos momentos me está apuntando el que va vestido con unos pantalones vaqueros y una camisa de rayas azules y blancas. Pasados unos segundos en los que caminarán los que nos miran, el más viejo acompañado de la más joven, se pondrán en el centro, al borde, sobre nuestras cabezas, con los puños cerrados, esperando a que se haga el silencio como en estos momentos se está produciendo. Hincharán los pulmones, porque lo estoy viendo ya, en sus pechos que se expanden y dirán...

-Por favor, vayan saliendo. Tenemos que cerrar ya.

El conserje abre las puertas, enciende las luces del teatro y reclama su derecho a cenar antes de las ocho.

-Mañana pueden ustedes continuar con sus juegos.

Qué raro. Eso no es lo que tiene que pasar, pienso, y me voy caminando por la acera, mientras se van apagando las luces de la fachada a mi espalda.

 Juan Gris - El hombre en el Café