Una
calle, dos personas, tres sucursales de banco y un cuarto oscuro lleno
de trastos inservibles. Eso es lo que se ve desde el patio de butacas.
Parpadeas y el decorado cambia. Vuelves a parpadear y se reemplazan sólo
la mitad de las piezas, las de color más claro, dejando casi a oscuras
el espacio escénico. Esto es la vida. Ahora hay que llenarla de personas
que hacen sentimientos sobre las tablas para conseguir cosas: un
trabajo, dos puestas de sol hasta que vuelve el amanecer, por duplicado;
tres copas de ginebra, un cuarto de libra con queso acompañado de un
quinto de cerveza congelada.
Y
sí, los sentimientos se hacen, todo se hace, y se deshace todo. Hacemos
tiempo, deshacemos días. Hacemos y deshacemos alegrías y penas. Miro el
programa de mano y me deshago en halagos. Está en blanco. Como en
blanco está mi cabeza ahora mismo, desubicada, desorientada. Delante un
color de luz como apagado, pese a que lo enreda todo. Detrás más butaca y
un pasillo que corta en dos, en tres, en cuatro, como ríos en patio. La
vida son los ríos que van a parar al escenario, que es el morir. Miro
el programa y ya no está en blanco, sino que la tinta está corrida, como
si hubiera llovido mucho. Pondrá algo, estoy convencido, cuando se
seque.
Por
la puerta va entrando gente con la entrada en su mano buscando su
asiento. Es su sitio, se dicen. No, no, por favor, es el suyo, siéntese
usted. No por favor, siéntese usted primero en mi sitio. Se lo suplico,
siéntese usted en el mío. Al final alguno opta por sentarse en el suelo
para no molestar, sin darse cuenta de que la molestia es mayor, porque
entorpece el discurrir tranquilo de personas que necesitan cederse el
paso. Yo mastico los recuerdos que sé que voy a tener. Todo esto no lo
he vivido, estoy seguro, pero sé qué va a pasar. Cuando todas las
personas estén sentadas, entrarán esos que están saliendo en estos
momentos sobre el escenario y mientras se despliegan, cubriéndolo todo,
irán señalando hacia los que les vemos, con el dedo índice, como en
estos momentos me está apuntando el que va vestido con unos pantalones
vaqueros y una camisa de rayas azules y blancas. Pasados unos segundos
en los que caminarán los que nos miran, el más viejo acompañado de la
más joven, se pondrán en el centro, al borde, sobre nuestras cabezas,
con los puños cerrados, esperando a que se haga el silencio como en
estos momentos se está produciendo. Hincharán los pulmones, porque lo
estoy viendo ya, en sus pechos que se expanden y dirán...
-Por favor, vayan saliendo. Tenemos que cerrar ya.
El conserje abre las puertas, enciende las luces del teatro y reclama su derecho a cenar antes de las ocho.
-Mañana pueden ustedes continuar con sus juegos.
Qué
raro. Eso no es lo que tiene que pasar, pienso, y me voy caminando por
la acera, mientras se van apagando las luces de la fachada a mi espalda.
Juan Gris - El hombre en el Café






