viernes, 13 de mayo de 2016

A la mañana siguiente

Al fondo sentado, un espejismo que es como un aceite indecente saliendo de una cara barata. O como un baño de sal quemada en una sartén en la que no puedes hacer tortillas porque se pegan. Te pega eso. Eso te golpea.

Al fondo era un corcho roto en un vino picado, una copa de vidrio gordo con mal vino, que igual da. Unas ganas de perder infinitas. Una cerveza con ganas de beberse lejos y que no dice nada. Al final no vino nadie y los que había desfilaron, nadando río abajo.

Unas zapatillas de felpa de andar por casa con costra de arrastrarlas sin causa. Azules o rojas con un agujero en el dedo gordo. Si todo se rompe por el mismo lado será cuestión de dejar de andar y ponerse a rodar: el vídeo de una foto a un neumático. ¿Un agujero negro será la salvación?

Me quito las gafas y no veo, me las pongo y no enfoco. Respiro en modo manual porque tengo que respirar tres veces para tener la sensación de que respiro algo.

Todo esto cabría en un libro pero quedará en papel mojado.

Miro fuera y donde tendría que estar mi reflejo está la lluvia contra la luz de una farola sola. Llueve. Y yo pensando en renunciar como si fuera a importarle a alguien. Y yo contándolo, como si fuera a exportarle a alguien.


miércoles, 9 de marzo de 2016

Dolor de muelas

Vuelve el dolor como vuelve el miedo tras un ataque de pánico. Vuelve la lluvia. Así llevamos dos días. Me tomo una aspirina cuando no puedo más y me calmo un rato, sale el sol, ilumina todo el sistema la luz que se multiplica contra los mil charcos. El oído me deja de doler y la boca se calma. La muela del juicio da una tregua y disfrutas de la paz en la encía. No sabes si dormir para descansar o aprovechar el momento para disfrutar de la calma, al sol. Luego poco a poco se va cubriendo el cielo de nubes y ya sabes que la guerra se reiniciará pronto. Tienes miedo al miedo como el que sentías y te mataba antes del miedo de un ataque de ansiedad. ¿Cuántos tipos de miedo hay? Pero hoy estás con el dolor, no puedes racionalizarlo todo. Un sutil pinchazo imperceptible en el oído desencadena la tragedia. Ya es cuestión de tiempo que termines doblado de nuevo, entre un aguacero espantoso en la calle, tirado en el sofá. La encía que se había descomprimido vuelve a coger calor y se expande otra vez. Otro pinchazo más fuerte y otro más y otro cada vez con intervalos más cortos. El oído cobra vida y deja de oír para inventarse sonidos. El miedo, la tormenta, la muela impertinente ya están aquí, todos juntos. El dolor me cubre. El dolor me entorna los ojos de una forma antiestética. El dolor me desfigura la cara.

¿Cómo definir el dolor? Es como la desesperación y el desasosiego que te entra en la mente y se manifiesta en las vísceras cuando sabes que hagas lo que hagas no volverás a un lugar porque ya no existe ni volverás a tener un trabajo, ese trabajo, justo aquel que más te gustaba, porque te han echado y de allí de donde te largan rara vez acabas volviendo. Da igual lo que hagas, es un proceso ajeno a ti. El dolor es frustrante porque el dolor no es tuyo, tú eres de él. El dolor te arrastra donde quiere. Solo puedes convivir abstrayéndote, pero requiere de tanta concentración que es casi imposible conseguirlo. Me resulta tan extraño que alguien pueda encontrar placer en mitad del sufrimiento. El desconsuelo produce más dolor y solo se calma cuando asumes la derrota y te dejas llevar, a la deriva, aunque sea contra un muro de hormigón. El dolor deja de importar cuando asumes que ya siempre va a estar ahí. Ya soy esclavo de este dolor... y descansas. 

Fuera sigue lloviendo. Desde hace casi una semana todo son ríos y charcos y barro y frío y sensación de estar siempre la piel y el pelo húmedo, al borde de la putrefacción. Olor y tacto como el que producía el agua que se filtraba por la puerta de aquel frigorífico antiguo que tuve y que cerraba mal, en la madera de conglomerado del mueble en el que estaba encastrado. No puedo ir a ningún lado a olvidarme de que me duele tanto la muela, la encía, la boca, el oído, la garganta, el cuello, el cuerpo entero. A lo máximo que aspiro es a ir al supermercado en coche, para no mojarme, para sentirme vivo entre los fiambres y los zumos detox. 

Creo que mañana me acercaré a que me rajen la encía y me saquen lo que sea. Ojalá fuera todo tan fácil como dejarse torturar por un dentista para que pasen las calamidades.

Edvard Munch - El grito

martes, 8 de marzo de 2016

Revueltas

Doy vueltas lentas alrededor de mis cosas que he ido soltando y que orbitan, rodeándome a su propia velocidad. Doy vueltas intentando que se me peguen de nuevo a la estructura los despojos. Doy vueltas para recomponerme con mis trozos. 

Doy vueltas mientras me pongo unos calcetines con un agujero en el pulgar. Doy vueltas cuando me paro y nada ha ocurrido y me quito las zapatillas y el agujero ya alcanza dos dedos más. Doy vueltas a las cosas y antes de que las solucione se deshilachan. Doy vueltas complejas como un simple. 

Doy vueltas a las exposiciones de fotografías y a las librerías y a tus espinales para que no se te alisen. Doy vueltas a los pozos y a los patios de casas traseras de la parte vieja. Doy vueltas con la lengua a la muela que me duele. El estomago da vueltas por mí y por ti. Te da vueltas. Te doy vueltas para que te vuelvas. 

Doy vueltas a un CD de los Rolling Stones antes de meterlo en la radio del coche. A Mick Jagger nunca le pasa nada malo. Quiero sonreír como Keith Richards pasados los 65 años. Doy vueltas con el coche antes de aparcar. 

Si estoy quieto me revuelvo, como cuando estoy sentado en el patio del Palacio del Condestable y el Wi-Fi no quiere sacarme de allí, dejándome colgado.



lunes, 9 de noviembre de 2015

¿Qué día es un domingo por la tarde?

Sigo pateando las hojas hacia adelante como cuanto era un crío. Luego las piso y me entretengo en descubrir a qué suenan. Patatas sabor jamón, por ejemplo. Otras suenan a barquillo y otras al clac de un cura rompiendo una hostia. El otoño antes era también mal tiempo. Hoy hace calor, pero me pongo la cazadora solo por inercia. El calendario pesa más que la temperatura que me ha dicho que hace la aplicación del teléfono.

¿Cuantas historias podemos inventarnos? Ademas del abrigo he sacado un libro de Vila Matas. Me acompaña y lo leo mientras camino. Vila Matas es un escritor de citas, miles. ¿Cuántas serán verdad? ¿Es importante que sean verdad? Leo que habla de que va paseando por Praga, camino de un café. Él lleva los brazos agarrados en la espalda, yo los llevo delante, sujetando su libro que voy leyendo. Él dice que anda deprisa y yo voy lento, para intentar no tropezar. Él habla de unos cuantos escritores que vivían en varios edificios por los que va pasando y yo me lo creo, porque ni conozco los autores de los que habla ni sé cómo es Praga, porque nunca he estado allí. Me da igual que no exista nada de lo que me dice, la ciudad que me cuenta me atrae, incluso me refresca el frío que dice que le envuelve. ¿Yo podría decir algo así? Aquí, en ese segundo piso de la avenida de Bayona vivió el poeta Juan Codés. A Codés podría hacerlo hasta pintor o conductor de autobús o maquinista de tren de vía estrecha o basurero. 

Codés se dejó influir por las hojas que iba recogiendo con la barredora que manejaba por las aceras. En otoño escribía menos, porque esperaba al invierno para volcar en los cuadernos lo que iba escuchando en los crujidos. Leo y escribo mientras leo. ¿Vila Matas no escribirá mientras pasea en su libro? Él llega al café Kubista y yo a la plaza del Castillo. Él se sienta mirando a una calle que no consigo memorizar para escribirla aquí. Yo me dejo caer en un banco de espaldas a la avenida Carlos III. El cielo está morado. No hay nubes. La temperatura no baja. Me sigue sobrando el abrigo. Es irreal mi tarde. Es irreal mi domingo. Suena hacia el Hotel La Perla una música como de cuerda, como cuando Sarasate daba un concierto desde uno de sus balcones a los garrulos de sus vecinos cada San Fermín. Pero no son violines. Suenan graves. Violoncelos, contrabajos... Voy a acercarme a ver si es verdad lo que me cuento. Quizás sólo sea un concierto que quiero que exista. Un balón de baloncesto me pasa a un palmo de mi cara y pega en el respaldo marrón del banco. Dos crías histéricas se ríen como energúmenas. Su padre, un gordo de barriga con piernas muy finas les ríe la gracia. Sigo con el libro y Vila Matas confiesa que se inventa citas cuando no las encuentra y las necesita. Yo me cambio de banco porque mis incomodidades no me las invento, sino que son reales. El balón viene de nuevo. Esta vez manso hasta mis pies, como pidiendo perdón o clemencia o ayuda. Le doy un taconazo y se va por mi espalda. Me voy a por unas castañas. ¿Será importante para el lector saber si me las compré? ¿Y para mí como escritor? Doce castañas en un cucurucho de papel en el que voy metiendo las cáscaras conforme saco para comerme las castañas. Las hojas del otoño al pisarlas suenan a un cucurucho de papel lleno de cáscaras que aprietas con la mano para saber si te has dejado alguna sin comer. Me he acercado a ver de donde salía la música y el cuarteto de cuerda es en realidad un tipo tocando la guitarra española frente a la calle Chapitela. El tipo toca bien. O al menos toca rápido. Un guiri borracho le graba con el móvil a medio metro de su cara. No entiendo por qué le graba la cara y no sus manos. El guitarrista permanente impertérrito. Su cara es como de posar para un escultor. En ese vídeo nadie podrá decir que toca un instrumento. 17 °C. 19:05. Podría escribir este mismo artículo con sus variantes cada domingo. La repetición como forma de llegar al arte. ¿Cuantos domingos llevo escribiendo aquí? Ojalá pueda volver a sentarme unas cuantas veces más buscando las semejanzas de cada tarde. Las castañas estaban buenas. También estaba bueno el chocolate calentito que no me he tomado. Las terrazas están llenas. ¿A dónde irá toda esta gente cuando llegue el invierno y se hiele la plaza?

Gustav Klimt - El árbol de la vida

martes, 5 de mayo de 2015

La escritura y los escritores

Internet primero me enseñó que lo que yo creía que era escribir bien solo era una acumulación de figuras barrocas que no interesaban a nadie. Lo cambié, claro. Asumí mi condición de mortal y dejé de querer ser, o creerme, un genio. Dejé incluso de querer ser, o creerme, un escritor. Dejar de ser cosas se me da muy bien, hoy estoy enfrascado en dejar de ser de mi ciudad, por ejemplo.

Empecé a escribir frases que hasta yo era capaz de entender, simplificarlo todo con la idea de que hasta el más necio pudiera entenderme, pero los lectores tampoco llegaron. El necio era yo, claro, ¿quién quiere leerme a mí? Eso para un escritor que viene de una época donde lo que importaba era que te leyeran para poder vivir de vender libros era una tiranía. Una angustia. Una absoluta mierda. Sin lectores no hay forma de que te publiquen y, si no te publican, tu ego te aprisiona la garganta y mueres. ¿Sabéis la angustia que se siente cuando uno es joven y tiene sueños y se cree capaz de cumplirlos y, si no se cumplen, es porque alguien conspira contra ti, en la sombra? La juventud es una auténtica paranoia, una manía persecutoria desde que amanece. Conforme avanzas en la vida todo te la va soplando más y vas reconociendo que los sueños que tenías eran una auténtica mierda. Afortunadamente no los lograré jamás. El vacío de cumplir un sueño es dramático, pero el vacío de cumplir un sueño inútil es dramático y estúpido. Tanto tiempo perdido pudiendo haber estado tirado en un sofá.

Internet también me enseñó que la libertad de poder publicar lo que te diera la gana, sin un editor que te censure o un público que se decepcione, no tiene precio. Publicar lo que te salga de las pelotas con solo darle a un botón es lo más parecido que conozco a tomarte un ansiolítico. Que alguien lo lee, estupendo. Que nadie lo lee, qué más da. Escribimos para no estarnos quietos, no para que nos quieran. Escribimos porque necesitamos escribir, necesitamos sacar frases como otros se suenan los mocos o se retuercen los dedos para que suenen. Antes sí, antes escribías porque tu ego te lo ordenaba. Quiero ser escritor y quien no me adore por ello es un cretino. La vida es ir despojándose de chorradas hasta que te despojas de la última, que es la propia consciencia.

Liberado de la presión estilística y de la presión egocéntrica, ya solo queda liberarse de la presión del público. Una vez que te sientes completamente fuera de todo control es cuando quizás (quizás) alguna de las páginas que te dé por lanzar a la red tenga destinatario y sepa qué hacer con lo que has parido. Tú, en realidad, no tienes ni puñetera idea de para qué sirven. Escribir es un puto impulso compulsivo, incontrolable. Escribir es como un pastelero que saca y saca tartas sin control y las deja sobre el mostrador para que se las lleve la gente sin preguntar. Coja, rápido, que vienen más y necesito espacio. El público les importa a los verdaderos escritores un pimiento.

Lo malo es que hay que seguir pagando facturas y todos aspiran a poder vivir de lo que les gusta o de lo único que saben hacer: juntar párrafos. ¿Y si consiguiéramos cambiar el paradigma y a partir de ahora se les pagara a los escritores no por obra producida sino por todo lo que ellos quieran producir y, como en una barra libre, tú vayas leyendo lo que te apetezca? En Granada no puedes elegir la tapa, sólo la bebida (llamémoslo escritor), y los bares están llenos. El negocio funciona. Apadrine a un escritor por un precio menor durante, no sé, un año, un trimestre, cuatro semanas... y deje que suelte el texto que le salga de las narices. Tú eliges la bebida y él te pone la tapa literaria. Ganaríamos todos, comeríamos todos, nos pondríamos hasta el culo de beber juntos. O yo qué sé...

Tyson Cosby - Adam and Eve return

domingo, 28 de diciembre de 2014

Rick en Casablanca

Soy yo. Sobre mí la música del bar lleno con luz rara. Al fondo estás tú. Él. Nada impide que nos miremos con desprecio, en silencio y con el local vacío. En realidad a mí me das igual. Nunca hemos hablado, ni lo haremos, pero nos retamos, continuamente. Es gracioso mirarte por encima del borde del gintonic mientras pienso que hace años me hubiera encendido un cigarro pidiéndote fuego. ¿Tienes fuego o nos matamos con esta mirada que choca con saña contra la tuya? A nadie le importa, y tú y yo en mitad de un bar donde no se ve nada por los destellos de las luces, jugando a las películas de vaqueros. Un duelo estúpido. Un tiroteo incruento. Ridículo. Las películas sólo quedan bien en las películas y los disparos fuera del cine son detonaciones casi inaudibles. 

Dejo de mirarte, creo. Es aburrido hasta retarse. Es una horterada. Sonrío con la mitad de la boca dentro del vaso antes de meterle un trago largo. Suenan los hielos. Se nos ha pasado la edad para la épica, ahora se ve tanto la tramoya chabacana que mejor quedarse quieto y sonreír, con el ácido aprendido, contra el limón del gintonic. Sonrío encorvado hacia el suelo, apoyado en la pared, con un pie en ella. Qué ridículo todo. Nos creemos tan importantes como para pelearnos. Espero que las luces del local cambien de posición y me oculten, haciendo de mí una silueta sin rostro enseñando lo justo para que nadie tropiece. Tintinean los hielos cuando muevo el vaso, por hacer algo, por hacer sonar la campanilla de leproso. 

La noche ya ni huele, apesta a sudor y a la cloaca que son los baños de todos los garitos. La noche sin tabaco se ha hecho más real, ha envejecido y está cruda. Te abstraes hasta de la podredumbre. De vez en cuando hay un sonido que te gusta, una canción perfecta, pero ya estás mayor para el teatro. En otro tiempo hubiera levantado el vaso para brindar al aire, ahora cierro los ojos y escucho, atravesado. La música como momento íntimo. La música da más calor que nunca y no tienes la necesidad de compartirlo con desconocidos. Piensas en alguien, quieres hasta verla bajar por las escaleras, quitándose los guantes y el gorro, mirando la pleamar de cabezas, esperando que te busque. Tú no me verás, como aquella vez que pasaste de largo en la estación cuando te bajaste del tren y yo te miraba divertido, sin avisarte, esperando a que te giraras. 

Pido otra copa con un gesto, tres filas por detrás de la barra. Pedir copas levantando las cejas, eso hemos aprendido con los años, y a distancia. El vaso está frío, como la noche, pero en la noche te puedes poner guantes y para beber no. Me acuerdo de Rick en su café de Casablanca. Yo tampoco bebo con clientes, pero no me quedo en la barra, en la barra terminan por pasar todos, como si fuera un rompeolas, y alguno siempre te salpica. Fuera ha empezado a nevar. Baja la gente con nieve en la cabeza y sacudiéndose los copos del abrigo. Rick tenía una chaqueta blanca impecable. Todos en este bar somos una parodia. El drama es saber que el café de Rick no existe, pero este garito sí.

Fotograma de "Casablanca" (Michael Curtiz, 1942)

martes, 9 de diciembre de 2014

Un final feliz

Hagamos una cosa, tú explícame todas las canciones y yo intentaré descifrarte paisajes y piedras. Es fácil, nos cogemos un coche, metemos lo imprescindible en el maletero, lo llenamos todo de discos y de mapas con los que perdernos y salimos. Por la mañana, con la primera luz, recorriendo carreteras solitarias, cruzando pueblos como quien cruza la tostada del desayuno con la cuchara llena de mermelada. Es fácil. Sólo hace falta lo que nos sobra: ganas de hacerlo. El viaje es sencillo, ir avanzando sin prisa. Detener el coche frente a los edificios para cruzarlos con los dedos leyendo el relieve, arrastrándolos por la piedra, como la cuchara en la tostada, como se cruzan los pueblos al atardecer. El viaje como recorrer con las yemas tu espalda, cruzándola en diagonal o con mil curvas para que termine lo más tarde posible. 

Yo te cuento lo que sé y tú me enseñas todas las canciones que no había escuchado nunca pero que sabías que me gustaban. Siempre sabes las cosas que yo aún no sé que me gustan. Mientras, fuera va moviéndose el mundo, subimos lomas y se ve un campo dorado aún sin cosechar. Oscila. A la derecha un castillo en lo alto de un monte y tú me preguntas qué se ve desde allí, y yo sé que lo que se ve es lo que ya has visto mil veces: el futuro. Más allá se ve un mar de vides que te enseño, con la mano haciéndote visera en la frente para que puedas recorrerlo todo. Allí a lo lejos hay una muralla y lo que parece un monasterio. Vamos, me dices, y cerramos las puertas del coche, aceleramos y detrás se queda una pequeña nube de polvo que en nada volverá al suelo. Nos olvidamos de lo que queríamos ver y charlamos sobre libros y párrafos. Hablamos sobre comas y símbolos de exclamación. Yo conduzco, tú ríes. Delante un desvío que decidimos no tomar. El GPS se reposiciona y continuamos por donde nos parece. Hablamos sobre escribir un libro, una guía de viajes sobre las carreteras que nadie tendría que conocer, para que no se estropearan nunca. Y claro, no lo escribiremos jamás. La carretera es nuestra. El libro también. Y el tiempo. 

Atravesamos la tarde como quien corta la porción exacta de un bizcocho que vamos a merendar. Que no caiga ni una miga para que nadie nos encuentre y nos estropee las vistas.

Allí hubo una batalla, te señalo con el dedo, justo al lado de aquel río que baja como yo bajaría con mis labios por tu cuello. Fue el comienzo de una era y el final de un imperio. Me dices que se parece a una canción que me pondrás en el coche, cuando volvamos a cruzar provincias sin destino. Y seguimos mirando. Hasta que el sol va descendiendo y nos volvemos al coche y tú pones la canción y yo pongo mi mano en tu muslo, con el horizonte rojo y buscamos un hotel donde pasar la noche, de camino hacia ninguna parte.

Hace tiempo que ya hemos llegado al destino, justo en el momento de salir de viaje.

Roy Lichtenstein - Sunrise