sábado, 23 de febrero de 2013

Platea

Una calle, dos personas, tres sucursales de banco y un cuarto oscuro lleno de trastos inservibles. Eso es lo que se ve desde el patio de butacas. Parpadeas y el decorado cambia. Vuelves a parpadear y se reemplazan sólo la mitad de las piezas, las de color más claro, dejando casi a oscuras el espacio escénico. Esto es la vida. Ahora hay que llenarla de personas que hacen sentimientos sobre las tablas para conseguir cosas: un trabajo, dos puestas de sol hasta que vuelve el amanecer, por duplicado; tres copas de ginebra, un cuarto de libra con queso acompañado de un quinto de cerveza congelada.

Y sí, los sentimientos se hacen, todo se hace, y se deshace todo. Hacemos tiempo, deshacemos días. Hacemos y deshacemos alegrías y penas. Miro el programa de mano y me deshago en halagos. Está en blanco. Como en blanco está mi cabeza ahora mismo, desubicada, desorientada. Delante un color de luz como apagado, pese a que lo enreda todo. Detrás más butaca y un pasillo que corta en dos, en tres, en cuatro, como ríos en patio. La vida son los ríos que van a parar al escenario, que es el morir. Miro el programa y ya no está en blanco, sino que la tinta está corrida, como si hubiera llovido mucho. Pondrá algo, estoy convencido, cuando se seque.

Por la puerta va entrando gente con la entrada en su mano buscando su asiento. Es su sitio, se dicen. No, no, por favor, es el suyo, siéntese usted. No por favor, siéntese usted primero en mi sitio. Se lo suplico, siéntese usted en el mío. Al final alguno opta por sentarse en el suelo para no molestar, sin darse cuenta de que la molestia es mayor, porque entorpece el discurrir tranquilo de personas que necesitan cederse el paso. Yo mastico los recuerdos que sé que voy a tener. Todo esto no lo he vivido, estoy seguro, pero sé qué va a pasar. Cuando todas las personas estén sentadas, entrarán esos que están saliendo en estos momentos sobre el escenario y mientras se despliegan, cubriéndolo todo, irán señalando hacia los que les vemos, con el dedo índice, como en estos momentos me está apuntando el que va vestido con unos pantalones vaqueros y una camisa de rayas azules y blancas. Pasados unos segundos en los que caminarán los que nos miran, el más viejo acompañado de la más joven, se pondrán en el centro, al borde, sobre nuestras cabezas, con los puños cerrados, esperando a que se haga el silencio como en estos momentos se está produciendo. Hincharán los pulmones, porque lo estoy viendo ya, en sus pechos que se expanden y dirán...

-Por favor, vayan saliendo. Tenemos que cerrar ya.

El conserje abre las puertas, enciende las luces del teatro y reclama su derecho a cenar antes de las ocho.

-Mañana pueden ustedes continuar con sus juegos.

Qué raro. Eso no es lo que tiene que pasar, pienso, y me voy caminando por la acera, mientras se van apagando las luces de la fachada a mi espalda.

 Juan Gris - El hombre en el Café

viernes, 25 de enero de 2013

Pacto anticorrupción

Decía Napoleón que si quieres que algo sea hecho, nombra un responsable, pero que si quieres que algo se demore eternamente, nombra una comisión. En España lo eternizamos todo con la mística del pacto.

Reunión de pastores, oveja muerta. Y así estamos, ése es el nivel de la política española. Las ideas que se manejan entre los políticos están todas en el refranero; fuera, nada, el silencio. Los pastores son los políticos y las ovejas los de siempre, los que pagamos impuestos. El presidente Rajoy pide un pacto contra la corrupción a todos los partidos, como si significara algo positivo. El mensaje es como que te den de sopapos y luego te restrieguen la cara contra el barro y que te cobren por ello: necesitamos ponernos de acuerdo para no robar más. ¿De verdad esperan que confiemos en ellos cuando nos tratan como a menores de edad? Yo no necesito que me pastoreen.

Hace tiempo que le doy vueltas a la idea de que el pacto es una milonga, porque si se consigue pactar algo es porque no hacía falta perder tanto tiempo. ¿Alguien puede reunirse para pactar que robar es malo, de verdad? Sospecho que los pactos sólo sirven para esconder alguna circunstancia más que realzar otras. Siendo muy benévolo, quizás para dejar patente su incapacidad para revertir la situación generalizada de mangoneo; y malévolo, para seguir mangando como hasta ahora, pero tranquilizando a la ciudadanía haciéndola creer que son honrados como píos beatos. Con lo fácil que es cumplir la ley, o ser castigado por incumplirla, la de circunloquios en los que se entretienen nuestros gobernantes. Al final, sospecho que  lo que intentan es darle vueltas a un tema para que se pudra y se olvide o llegado el caso, si la cosa se pone muy fea, ponerse dignos, posando de perfil para la historia, o para las monedas, mientras recitan a los clásicos, por ejemplo a El Gatopardo: cambiarlo todo para que todo siga igual.

Soy muy pesimista, para qué negarlo: olvídense de que la corrupción desaparezca, sólo vamos a conseguir que sea más difícil enterarnos de ella. Vamos a perfeccionarla, como el dopaje, vereis. Al tiempo. Es nuestra maldición. Más que a un médico que nos cure necesitamos urgentemente a un exorcista que nos saque los demonios que nos llevan.


lunes, 10 de diciembre de 2012

Artículos indeterminados

No hay como refugiarse a escribir donde nadie te va leer para sacarlo todo fuera, aireando las ideas, hasta que alguien repara en que lo tienes todo esparcido, secándose al sol, sin molestar a nadie, para darse por aludido y mentarte hasta los castigos que sufrió en el parvulario. Déjeme andar por aquí a mi bola y si se le ocurre meter leña con que si yo tal o cual o es que parezco una u otra cosa, ahórreselo. Pasando.Váyase a sus asuntos juez decano, o jueza, y dispense en otro lado sus bulas de bola de carne intragable. Aquí estamos a otra cosa. Aquí estamos para jugar con las servilletas y meterle fuego a las cartas. Del menú lo queremos todo. Por orden alfabético no vamos a perdonar ni el I.V.A. no incluido con el que finaliza la lista. Café y puro. Puro desbarre. Y al abordaje de conversaciones sin sentido, sesudas diatribas vacías de datos. A esto jugamos porque nos divierte.

Desde que los nuevos periodistas piensan que la objetividad es la estadística, leer la prensa se ha vuelto un auténtico coñazo. Luego pasa lo que pasa (y que nadie cuenta), que ni son matemáticos y ni mucho menos escritores. Artículos estadísticos, columnas de letras bajo foto sonriente. A eso se limitan. Pobre y puro iluso, ¿no se dan cuenta que es una pérdida de tiempo existiendo las hojas de cálculo desde hace tantos años?

El problema de periodismo -alguien sentencia levantando el vaso que suena como un carillón helado- es que no hay quien lea nada interesante desde que la opinión está bajo sospecha. Opine, hombre, no tenga miedo, que de información estamos saturados. Suéltese un poco el maldito chaleco que le aprieta demasiado en los riñones cuando escribe.

Todos asintieron, claro, cómo no iban a estar de acuerdo con algo tan sensato como una borrachera con opiniones y amigos. ¿No serás tú de los cansinos que todo quieren que brille como si fuera bueno? Aunque si te acercas y miras las palabras con las que componen sus frases, no encuentras más que errores. Matemático, como sus artículos. Nadie es perfecto, aunque ellos te lo exijan a ti. Así está el asunto.

Suena una música, o un portazo que se repite con un eco perpetuo o el ruido de una ventana mal cerrada que va y viene. Quizás sea solo un acúfeno extraño o un efecto secundario de haber leído tanta morralla. Por algún lado tienen que salir los desechos, por donde tendría que entrar la voz. Al final cada uno se despide de la tertulia y vuelve solo a casa, dándole vueltas a qué poner por escrito en el rincón mal iluminado en el que te obligan a escribir con tranquilidad, pasando inadvertido. 

Ah, por cierto, qué bonito es ser libre para escribir y para que te critiquen sin que nadie pueda taparte la boca. 
Tyson Cosby - Accusations

martes, 27 de noviembre de 2012

Acera fría

No hay mucho a lo que mirar. La tarde es casi de nieve y la radio está aburrida. El libro está medio abierto, en la silla, al lado un vaso de Coca-cola Zero sin cafeína y al otro una bolsa de gominolas compradas a peso. Hace frío por todos los lados y es un poco triste. Las aceras y los aparcamientos de la calle están cubiertos por hojas crujientes.

El otoño de repente se ha ido lejos. Parapetarse es la nueva estación. Parapetarse tras algo denso: una cristalera, un muro, dentro de un coche. Parapetarse tras algo intenso: un café, un libro, una libreta abierta en la que seguir anotando el mundo. Parapetarse tras algo que pienso: una conversación, una carcajada o un beso. Parapetarse y dormir caliente. Fuera el invierno al que no dejaremos entrar así vuelque las hojas del calendario que hace tope en la puerta. Pasar el tiempo es como fregar los cacharros. Pasar el tiempo se tiene que hacer con bayeta y poco tacto porque el recuerdo es un polvo de motas de polvo que se revuelven.. El pasado es el recuerdo. El pasado es un pesado recuerdo de polvos de motas y de más polvos. El tiempo suena a verde, en las agujas de los relojes que se quedan en las mesillas de habitaciones oscuras, brillando cuando ya nada de ahí importa. El tiempo es azul cuando todo se queda muerto, hasta los segunderos. Recordar es darle cuerda a todo en el sentido opuesto y conseguir que gire.

Si te fijas bien, entornando los ojos para evitar las agresiones, sólo consigues distinguir colores y mal tiempo. Colores sucios en realidad, y despeinados. El año llegado aquí es un ir pasando aceras y pasos de cebra y paseos mojados y huecos secos donde antes hubo un coche. El cuadrado que queda ahí debajo parece un huerto donde poner a germinar otras ciudades con las que repoblar el mundo. Injertar ciudades en otras ciudades, replantar ciudades. Con eso sueño cuando al horizonte le da por apagar el día a las cinco de la tarde. Luz de ciudad en invierno. Avenidas y vida. Vida... en invierno como salgas fuera de las calles, pereces. La luz de las ciudades es lo único que nos mantiene a algunos vivos cuando fuera aprieta el temporal. 

Pasado mañana, año nuevo. La velocidad de crucero de la vida es un trallazo de trueno. Un rechinar de dientes y unas ganas locas de ser el primero que consiga ralentizarlo todo. Ni te esfuerces. No te detengas creyendo que puedes detenerlo todo. Vive, no te queda otra.

Antonio López - Madrid desde Torres Blancas

sábado, 24 de noviembre de 2012

El parque de atracciones

Es una escombrera, su mirada, y su forma de mover los brazos al hablar, una pala mecánica de demoler edificios. Es un tipo extraño, pero no porque no supiera utilizar el GPS, simplemente porque no tenía destino al que ir. Gritaba, parecía que le gritaba a alguien. 

Yo le miraba desde el banco de un parque, justo un segundo después de que sonara mi móvil, anunciándome otro mensaje. Antes teníamos cucuruchos de castañas, ahora buscamos calor en un trasto que vibra pero que no funciona. Ni me inmuto. Hay días que se te cae el frío encima y no te lo quitas ni prendiendo fuego a la mitad del mobiliario urbano que te rodea. 

El tipo extraño seguía intentando explicarle a alguien algo. Era todo muy normal, nadie le prestaba atención porque tenía la mano en la oreja, como sujetando algo, como si él también tuviera una conversación a distancia. Yo le miraba, le seguía mirando, porque conocía el truco pensando que alguien más se daría cuenta. Pero me evadí sin encontrar a nadie. Me había dado por pensar en cómo se viviría con frío perpetuo en las uñas, pero llevaba guantes y lo que realmente tenía que hacer era discurrir cómo usar la pantalla táctil del teléfono sin sacármelos. El mensaje seguía sin ser leído. De vez en cuando volvía a dar señales de vida, volviendo a vibrar. Tiene un mensaje sin leer. Y a mí que coño me importa. Sacó el bolígrafo, la libreta y fue anotando frases que describían al vociferante individuo que tenía enfrente. La tecnología no cura las ganas de calentarse las manos mientras piensas, mientras observas, mientras te quedas en la parte oscura del bar, contra la pared, recortado, bebiendo de una copa de vino, una cerveza de botellín, ayer fumando un cigarro y llenándolo todo de humo, analizando el teatro del absurdo que se desarrolla ante él. 

La vida se mueve. A la izquierda hay una calle por la que aún pasan coches, a la derecha un café con una terraza vacía y muchas mesas dentro, codo con codo y jaleo. Mucho. Hay calor y bruma de leche hirviendo, espuma blanca que te la cobrarán. No está mal, pero dentro hay que posar demasiado para que dejen de mirarte como a un bicho raro, por eso hoy decide no entrar y seguir pasando frío, escuchando el sonido que hace al pisar fuerte el individuo que grita como si fuera a talar árbol con las uñas, contra el viento, dándole la espalda y enseñando un abrigo caro, sucio y en un par de puntos desgarrado. Nada serio, nada de broma, nada de nada. Los aullidos son terribles. 

 La gente le rodea, pero sigue sin asustarse pese a que los gritos aumentan y los aspavientos ya son cuchillas de guillotina sin guillotina. Cortan todo, de cuajo. Yo lo miro, y anoto, le dejo desquiciarse para llevármelo completo en mis líneas azules sangre, rojo vida, muerte negro, en la libreta llena de garabatos y diagramas y códigos postales con direcciones a las que ya nunca mandaré una carta. Las direcciones ya no existen físicamente. Quiero a ese tipo para mi novela y me lo llevo. 

El individuo baja la mano, el tono y los gritos se vuelven susurros. La ciudad se le aleja con espanto, entre gritos, asustada de ver a un tipo con las manos por los muslos hablándole al silencio. Guardo mi libreta, enciendo un cigarro (porque en mis piezas fumaré siempre), me levanto, lo miro todo por última vez, indiferente mientras me subo los cuellos del abrigo. Me abro un libro y me alejo leyendo, dándole la espalda a tanta violencia. La sociedad es tan violenta que se cree perfecta. Ése es su error. A algunos nos importa una mierda. Fin de la conversación 

 Roy Lichtenstein - "Pistol" & "Half face with collar"

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Horario de invierno

Gris. Toda la tarde gris. Gris olvido. Un gris de viernes que anuncia que mañana cambian la hora, de noche, cuando nadie se entere, robándonos luz de tarde de aquí a que el mundo se arregle solo y nos la vuelva a poner, a todo gas, a partir de diciembre. A pequeñas dosis, para que no nos atragantemos con el estropicio que nos hacen los políticos con esas decisiones. Horario de invierno le llaman, porque nos mete el invierno a presión una hora antes cada día. Horario de invierno en el que en vez de haber más sol, hay menos. Nunca entendí esa obsesión de echar negro al negro. ¿A quién beneficia tanta oscuridad?

Nunca sabemos realmente nada, pero todo se oscurece, carcomido por el tiempo que siempre es polución. Es aquí, donde se me enciende la chispa y empiezo a fantasear con llegar a ser un escritor de éxito para poder viajar y desaparecer de tanto humo o con tanto humo. El paso del tiempo lo contamina todo, y yo empiezo a estar pringado hasta las orejas. Hasta aquí es lo que guardé por si me hacía falta este texto para otro día y lo podía reciclar como hacen las madres con la croquetas. No tiene pinta, pero me da pena tirarlo, y como no soy nadie, me lo puedo permitir. Sigo. Qué más da. ¿Y qué pinto yo aquí? Pintar, nada, pero he vuelto a andar en bicicleta, por si sirve de algo. Ahora esparzo arte, en pegotes, como un Barceló gangoso con su cúpula en Suiza de doce millones de euros el emplasto. Pedaleo sobre el barro y siembro mi creación hasta quedarme satisfecho y exhausto, contemplando mi obra en mi cara frente al espejo, en mi camiseta que pienso vender muy cara. Llevo un mes pedaleando después de muchos años sin hacerlo y me siento un artista.

El deporte te convierte en un degenerado, pero un degenerado tranquilo, sin pretensiones, sin molestar a nadie más allá de esas cuadrillas de señoras que se empeñan en taponar los caminos yendo todas agarradicas del brazo. Una manifestación continua del “no pasarán”, y claro, no pasamos... hasta que pasamos y se indignan. Las señoras se indignan mucho onomatopéyicamente. Dicen muchas cosas, pero sin palabras. Ni me molesto en darme la vuelta porque ya se lo que me voy a encontrar. Lo tengo más visto que el tebeo. Al principio me giraba e intentaba explicarme: si vamos todos por la derecha podemos convivir peatones y ciclistas ,y ciclistas y peatones que nos vienen de frente, pero me llamaron facha y ya no quise esforzarme más en argumentar, que cansa y no esta el resuello para alardes. Me exilié interiormente, -¿qué otra cosa podía hacer?-, metiendo la cabeza en el manillar, pasando de todo y dándole al pedal para olvidarme del mundo de una forma muy de piquete sindical: a toda hostia. Unos 35 kilómetros, por todo el parque fluvial antaño llamado río, a secas. Me voy a pasear por las orillas del río, decían. Ahora no, ahora es parque fluvial, que discurre a veces por una orilla y a veces te cambian a la otra, según les da. Por el centro sólo van las piraguas.

Vas pasando pueblos porque llegas a unas piedras que tienen un escudo tallado subrayado con un nombre, como si eso fuera importante para ti, y cada vez ves menos porque no hay nada que ver. El cansancio convierte todas las curvas del camino en rectas y te vas quedando como dormido hasta que ni sientes ni padeces. La perfección es dejarte guiar por el olfato, abandonarte a los olores: huele a verde, a verde muy verde, a agua rompiendo de salto en salto, a agua estancada en ese recodo remansado, a una fábrica de hacer pan también huele, a otra de hacer licores, a electricidad, a rocas antiguas, huele a puentes góticos, románicos, pasarelas con cuerdas, edificios escondidos, chimeneas de leña. Incluso huele a atardecer, a atardecer empedrado de rojo y blanco y gris y medio negro. Sé dónde estoy, metro a metro porque el recorrido huele siempre a lo mismo. Hasta que llegas al final y te das media vuelta porque ya no merece la pena irse más lejos. Más allá no hay nada, y avanzas por donde has venido. Casi no se ve ya nada. Es casi de noche. El mismo camino es siempre otro camino. 

 Claude Monet - Puente japonés

jueves, 11 de octubre de 2012

PTV

Dos días mirando por el ojo de una cerradura que da a una Pamplona oscura y con lluvia de otoño, desde mi balcón de la parte vieja. Mi porción de realidad, en una especie de mesa de disección sin grandes focos, para meterle mano con poca asepsia y sin criterio alguno. Pamplona la tengo tan vista ya, que me aburre. Paso de formalismos científicos. No tengo guantes y nadie se va a enterar de que le meto la mano en las tripas. Aquí nadie se da por enterado de nada, aunque le lleves por toda la calle Estafeta metiéndole el dedo en el ojo o con la mano apretándole los cojones. O eso dicen: “No, no tenía ni idea. Ni me había enterado, oye”.

No se ve mucho desde esta cristalera porque en esta ciudad no nos desnudamos ni cuando nos quedamos en pelotas. Hay que imaginarlo casi todo. Somos recatados hasta para odiarnos. La escena es la de siempre, ahora en color, antaño en un sepia mancha de café sobre fondo blanco. Es lo único que ha cambiado. Dos personas que se cruzan, se saludan con una especie de sonrisa -mueca que nadie asociaría a nada amable- y cuando se alejan espalda contra espalda, se acercan al oído de sus acompañantes y dicen, a la vez, cada uno en su púlpito: “éste es un gilipollas de cuidado”. Y continúan su paseo como si nunca pasara nada.

En realidad nunca pasa nada, y supongo que por eso se siguen saludando con muecas que arrugan los contornos de los ojos y tensan las mandíbulas. ¿Para qué vas a montar un pollo por algo que tú también practicas, a conciencia y con un disimulo, conforme cumples años, cada vez menor?

 Pamplona y sus levantamientos de cejas y los labios prietos que se tensan: “bien, habrá que decir” escucho a otro, y dos señoras que van con carros de tela por los que asoman ramas y rabos de verdura lo miran como diciéndole: “calla, que lo sabemos todo de ti”. Y lo saben, no me cabe duda. Estoy convencido. De ti y de toda tu familia, habida y por haber lo saben. En Pamplona todo el mundo lo sabe todo de todo el mundo. Menos el interesado, que piensa que lo tiene todo en secreto. La ciudad de los visillos tiene ojos hasta para mirar a los ojos que miran. Luego pasa lo que pasa, que con tanto saberlo y juzgar y ser juzgado, la vida transcurre por debajo de la vida, y si aún no nos hemos mordido los ojos completamente, ha sido porque todos ocultan vida a esa vida formal, a esa vida políticamente correcta, con la que paseamos por las plazas y que enseñamos al mundo creando la ficción de que esta mentira es la verdad.

Aquí no se libra ni Dios, vengas del barrio que vengas, sudes la ideología que sudes, siempre es la misma forma de actuar. Todos la aceptan, y por eso sólo hay cuchicheos y zancadillas sibilinas. Rara vez hostias como panes. “Éste es un gilipollas de cuidado” como mucho, y así vamos haciendo vecindad, y así vamos cohesionando calles y así vamos jodiendo la marrana como siempre, con formalidad, como siempre se ha hecho, como manda la tradición hasta que venga la muerte y nos haga de su patria para siempre. La puta tradición y los putos trajes regionales. La boina a rosca, la txapela a martillazos. La historia a guantazos.

Pamplona está tan pesada, tan medida, que quien se quiere desmarcar de tanta milonga lo miran mal desde las dos orillas, y van a por él con la saña ciega de quien piensa que lo que siempre ha sido así por algo será, y que por narices tiene que ser bueno, simplemente por ser viejo. La vieja Iruña.

Hay una tercera Pamplona claro, clandestina, que es una maldita junta de dilatación de ambas placas metálicas, telúricas, estúpidas, a la que nadie hace caso porque no se acaban de creer que exista. Esa Pamplona que camina por su tercera vía, como todos los fracasos, está cansada de tanto favoritismo, de tanto “entre bomberos no nos pisamos la manguera, aunque también seamos pirómanos”, y no piensa perder un segundo de su vida en llorar de emoción por tradiciones de hace dos décadas, y no piensa posicionarse contra nadie porque pasa de todos. A la mierda, que os den. Lo malo es que esa Pamplona es tan íntima que ni sus miembros suelen conocerse, creyendo cada uno que está en completa soledad, haciendo imposible cualquier acción para subvertir el orden establecido y por eso termina casi siempre como termina, asqueada y en el exilio: los más afortunados exterior, pirándose a ver cómo es el mundo; y los menos interior, sufriendo la incomprensión y el desprecio cada vez que deja un currículo en algún posible trabajo, por ejemplo. “En Pamplona no necesitas esas cosas con foto, chaval” dicen. “En Iruña nos conocemos todos, y si no te conocen, malo, porque no eres de Pamplona-Iruña”. Un puto paria. Un ser trasparente.

Hace tiempo que Pamplona me incomoda y si no fuera porque aquí tengo mi infancia y mi equipo de fútbol, las dos únicas cosas que no se eligen en la vida, no me acercaría a esta ciudad como viajero ni harto de clarete. Eso sí, si alguien de aquí tiene el valor de decirme que me vaya, pienso contestarle como se merece y para que me entienda, a la carita, ojo contra ojo y en su propia lengua: “no me sale de los cojones, gilipollas”. 

René Magritte - La réponse imprévue